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Bryce Echenique: reírse de lo que queremos transformar




Bryce Echenique me enseñó a leer. “Un mundo para Julius” fue el primer libro que me devoré yo sola. Me lo devoré -y es casi literal- porque el libro terminó destrozado en siete partes cuando tenía apenas 8 años. Siempre hubo algo en la pluma de Bryce que me habló de otra manera. Tal vez su capacidad para narrar el clasismo desde dentro. Tal vez su forma de describir esa pesadísima blanquitud limeña. No sé si consciente o inconscientemente se convirtió en un microscopio de la lucha de clases desde la periferia elegida para no tomar partido, solo describir, pero con sorna, eso sí. Se limitó a ser un lente. Un necesario lente del microscopio social que tanta falta nos hace.


Destrocé el libro de tanto aferrarme a él. Mamá me compró otra edición años después por insistencia propia porque “Un mundo para Julius” lo leí al menos diez veces y en la tercera -hasta ahora lo recuerdo- una maestra de la escuela (tenía yo ya 14 años) me dijo que era un libro no apto para mi edad. Como si yo no fuera capaz de entender lo que me estaba contando: ese sistema de castas que nos define en un Perú cuya crisis también describía Bryce, como espectador. Es verdad que en cada lectura el “mundo” de Julius me descubría algo nuevo, pero también, en cada lectura, la denuncia de ese Perú hipócrita siempre era familiar. Y motivaba a querer hacer algo. Cuando menos hablar de lo que leía. Hoy diría que “actuar” en consecuencia.


Leí demasiados libros de Bryce durante la secundaria y la universidad. Siempre que publicaba uno nuevo, confieso, lo compré y devoré rápidamente. Pero nunca ninguno me habló igual. No sé si por él o por mí. Porque la niña que devoró “Julius” dejó de serlo en algún momento y quería algo todavía más enfurecido, más de denuncia, más guerrero. No me bastaba ya la descripción, aunque siempre fina e irónica, de la atmósfera que nos asfixia. Pero Bryce no era un guerrero, sino un narrador con asiento privilegiado. Y en aquellos 8, 10, 15 ó 17 años me bastó leerle para hacerme las preguntas que tocaba hacerse. Para mirar el cuadro completo. Para husmear en el sistema de castas de ese Julius del Country Club o en ese “huerto de mi amada” cuya historia aplaudí pero cuya pluma no terminó de hablarme. Porque yo también crecí mientras Bryce delineaba contornos de mi ciudad. Y poco a poco me habló menos, pero siempre fue el que me habló primero. Y ese es un gran mérito.


Aprendí con Bryce a entender que los grandes escritores no tenían que serlo siempre. Que las plumas son humanas y nos hablan diferente según el momento. Incluso, nos pueden dejar de hablar. Y por todo esto hoy le agradezco. Por regalarme en palabras la descripción que necesité siendo pequeña para entender de dónde venía el “chola” que me gritaban despectivamente en el cole, pero también por la reparación al aprender a reír al final de un párrafo con una broma tan jodidamente criolla que hasta ahora estoy segura que nadie aquí en España entendería como yo. Bryce tenía algo singular al escribir: la capacidad de conjugar liviandad con sentencia.


Liviano para describir la crueldad de un sistema jerárquico de clases de mierda ridiculizando su médula espinal, y la destreza para con un “eso sí” sentenciar al final de una oración el patetismo de esa blanquitud que cree que un “darling” bien pronunciado, o un mechón de pelo rubio recolocado en el momento preciso, los hace merecedores de algo.


Aprendí con Bryce a burlarme de la ridiculez de ese “white entitlement” y hoy que se ha ido solo queda agradecerle por darme, sin saberlo, una estrategia para enfrentar esa seña de privilegio desde la sonrisa socarrona en cualquier lugar del mundo. Eso también es la lucha de clases. A lo mejor Bryce hubiera preferido un efecto distinto en esta ávida lectora, pero a los grandes escritores se les juzga subjetivamente. Es lo justo con una pluma tan fina como la suya.


Gracias por el retrato de nuestra ridícula Lima, Alfredo. Gracias por enseñarme a reír frente a lo que quiero cambiar.

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