Anfitriona de cócteles

A la señora Keiko Fujimori el sillón presidencial le ha quedado grande, quizá tanto o más que a su último predecesor elegido democráticamente, Pedro Castillo. Las últimas encuestas de Ipsos y Datum lo confirman: hay más peruanos que desaprueban la gestión de la presidenta.
Según Ipsos, la aprobación de la mandataria cayó 15 puntos en un mes, de 57% a 42%; y, según Datum, Keiko pasó de 60% a 42%, es decir, 18 puntos menos. Si bien, la encuesta de Ipsos se realizó entre el 3 y 4 de septiembre, la de Datum, donde se registra un mayor descenso, se realizó entre el 11 y 15 de septiembre, es decir después de que Fujimori se reuniera con el sociópata progenocidio Marco Rubio para adherirnos a ese chiste militar bautizado por Donald Trump como El escudo de las Américas.
En ambas encuestas, a Keiko la sostienen Lima y las clases acomodadas urbanas de algunas regiones. De lo contrario, el descalabro habría sido catastrófico.
Ahora que Keiko ha regresado de su viaje a Estados Unidos para participar en sesiones de la Asamblea General de la ONU, en las que, además de reunirse con sus homólogos ultraderechistas, empresarios y algún aspirante a Cerimedo, trató de afianzar el rol de nuestro país en la lucha contra el crimen organizado, ¿cosechará algunos puntos con esto?
Su postura en Nueva York fue la esperada. En su primera intervención ante la ONU, la presidenta destacó “La defensa de los derechos humanos no debe terminar convirtiendo a las víctimas en procesados y a los victimarios en protegidos”. En otro momento de su participación, refiriéndose a las bandas criminales, dijo “Estas organizaciones son grupos terroristas”, y “En esta guerra no hay frente de batalla, ni fronteras definidas”. Y lo más singular, y en modo Rospigliosi: “Vencimos al terrorismo. Lamentablemente después de 34 años, quienes asumieron esa misión siguen siendo juzgados, a pesar de haber demostrado que el debido proceso fue transgredido”.
No sabemos si al mundo, que recuerda bien la historia de su padre, el dictador que fue sentenciado por asesinato y corrupción, le interese mucho las promesas de una nueva adepta cabizbaja al Escudo de las Américas. Dicho sea de paso, en el mismo recinto de la ONU Donald Trump amenazó con usar la fuerza militar en Latinoamérica si veía amenazados “sus intereses”; lo que dejó sin piso a los consecutivos aduladores de la doctrina “Donroe”.
La gran pregunta es si los peruanos percibirán todo este despliegue internacional de sometimiento político como una prueba del compromiso de Keiko con la lucha contra la delincuencia, o si será percibido como una banalidad, como la necesidad de la presidenta de huir del estrés para tomarse unas vacaciones luego de sus dos primeros meses de trabajo.
Los despliegues de estadista internacional le servirán a Keiko, en el mejor de los casos, para reforzar su aprobación en los sectores conservadores que la apoyan incondicionalmente, en este y otros países, pero difícilmente incidirán en la vida del ciudadano promedio, que tiene que vérselas con la delincuencia a diario.
Keiko ha querido complacer al incompasible y errático Trump, mas no a los electores que la tomaron como la única opción ante el candidato de Juntos por el Perú.
A su regreso, a la presidenta no le quedará de otra que seguir distrayendo la atención sobre su descenso en las encuestas, culpando a la oposición de “obstruccionista” y de ocasionar un entrampamiento que daña al país.
Keiko ha demostrado que sabe comunicar, que es como una coach de autoayuda –ella sería una excelente anfitriona de cócteles para empresarios–; el problema es que no tiene logros que comunicar. Entonces ha optado por escuchar a los viejos dinosaurios del fujimorismo, que, fieles a su estilo, le han aconsejado ser más confrontacional con la Cámara de Diputados hasta imponer su infectado paquete de facultades, lo que en la lógica fujimorista –y del Defensor del Pueblo– la haría subir varios puntos de popularidad.










Comentarios