Pensando en el futuro

Cuando miramos el mundo y lo que ocurre a nuestro alrededor, es difícil no preguntarnos cómo será el futuro. Esa pregunta reúne inquietudes diversas: los cambios políticos, sociales, tecnológicos, educativos, económicos y sanitarios, así como las transformaciones que podrían afectar nuestra vida personal y a la humanidad durante las próximas décadas. En este artículo propongo partir de nuestras ideas sobre lo que vendrá, observar cómo ciertos cambios se vuelven cotidianos y volver sobre la pandemia como una experiencia que puso en relación distintas dimensiones de la vida. No se trata de predecir lo que ocurrirá, sino de preguntarnos qué hacemos hoy y qué consecuencias pueden tener nuestras decisiones.
Las herramientas con las que pensamos el futuro pertenecen a nuestro presente. Partimos de los conocimientos que tenemos, de nuestras experiencias y de aquello que hoy nos preocupa. Incluso cuando imaginamos algo radicalmente distinto, recurrimos a palabras, imágenes y categorías que ya conocemos. No podemos situarnos fuera del tiempo y del espacio para observar con certeza lo que aún no existe; ese límite acompaña cualquier reflexión sobre el porvenir.
De ahí nace una tentación frecuente: suponer que el futuro será un presente mejorado. Si hoy contamos con ciertas tecnologías, imaginamos que mañana serán más rápidas y eficaces. El porvenir aparece entonces como una ampliación de nuestras capacidades actuales: más velocidad, información, comodidad y prosperidad. Pero ¿basta con tener más para vivir mejor?
Entre la promesa y la catástrofe
Cuando pensamos en el futuro, a menudo oscilamos entre dos relatos. En uno, los problemas encontrarán solución y la humanidad alcanzará una vida mejor, como si el desarrollo condujera necesariamente a un final feliz. En el otro, los daños se acumularán hasta desembocar en una catástrofe. Entre ambos relatos se mueve nuestra imaginación: entre lo que deseamos y lo que tememos, entre la utopía y la distopía.
La matriz energética actual permite verlo con claridad. Hay quienes advierten que la continuidad del uso de combustibles fósiles deteriorará gravemente las condiciones de vida. Otros confían en que una transformación energética permitirá superar esos daños. El problema surge cuando tratamos la amenaza como un destino inevitable o damos por segura una solución sin preguntarnos qué haría falta para llevarla a cabo.
Una reflexión más atenta nos lleva a preguntar quiénes podrían impulsar esa transición y qué intereses la facilitarían o la dificultarían. También obliga a considerar cómo se distribuirían sus costos y qué ocurriría con quienes dependen de las actividades que se busca transformar. Una solución puede ser técnicamente posible y, aun así, enfrentar obstáculos sociales y políticos. Cuando hablamos de un futuro mejor, conviene preguntarnos: ¿mejor para quién?
Los futuros cotidianos
En 1899, el ilustrador francés Jean-Marc Côté y otros artistas imaginaron cómo sería el año 2000 en una serie de tarjetas vinculadas a la Exposición Universal de París. Según el relato más difundido, las tarjetas de Côté nunca llegaron a repartirse. Décadas después, Isaac Asimov reunió algunas de esas imágenes en el libro Futuredays (Asimov & Côté, 1986). Allí vemos aparatos voladores, un barbero automático y una escuela en la que los libros se introducen en una máquina que transmite sus contenidos, mediante cables, directamente a la cabeza de los alumnos.
Algunas de estas escenas todavía nos hacen sonreír, pero también dejan ver los deseos que las animaban: reducir el esfuerzo del trabajo, aprender con mayor rapidez y disponer de más tiempo libre. Las máquinas que realizaban las tareas domésticas expresaban tanto la confianza en la técnica como el anhelo de aliviar el esfuerzo cotidiano. La posibilidad de que las creaciones humanas llegaran a reemplazar a las personas, en cambio, anticipaba inquietudes sobre el trabajo, el poder y el lugar del ser humano. Esas imágenes hablan del futuro que sus autores imaginaban, pero también del presente que vivían.
La literatura ofrece otras formas de explorar esas inquietudes. En las obras de Julio Verne, la exploración y los avances técnicos abren posibilidades extraordinarias; en las de George Orwell, la vigilancia y el control político configuran un porvenir amenazante. Desde perspectivas distintas, ambos nos invitan a preguntarnos cómo se utilizará el conocimiento y quién decidirá sobre sus usos. Las imágenes y relatos del futuro no son simples curiosidades: conservan preguntas sobre el progreso y el lugar del ser humano que todavía nos conciernen.
En nuestra vida cotidiana, sin embargo, el cambio rara vez llega como lo anunciaban aquellas imágenes. Suele entrar poco a poco: mediante una herramienta que probamos «para ver cómo funciona», una costumbre que apenas se modifica o un trámite que ya no exige salir de casa. Cada paso parece pequeño; solo al comparar nuestra vida con la de hace diez años advertimos cuánto ha cambiado, muchas veces sin que nos lo propusiéramos. Hartmut Rosa (2016) ha descrito cómo la aceleración de la vida moderna dificulta que nos apropiemos de lo que vivimos: todo cambia tan rápido que no alcanzamos a hacerlo nuestro.
Así, el futuro se incorpora gradualmente a nuestras conversaciones, a nuestra manera de estudiar y trabajar, y a gestiones que antes requerían desplazarnos. Lo que ayer nos habría sorprendido termina formando parte del paisaje cotidiano. Al acostumbrarnos a lo nuevo, podemos dejar de preguntarnos qué hemos ganado y qué hemos dejado atrás.
La pandemia como punto de inflexión
En nuestra historia reciente, la pandemia de COVID-19 marcó un punto de inflexión. Hizo visibles fragilidades que quizá permanecían ocultas y modificó nuestras formas de trabajar, estudiar, cuidar y relacionarnos. Las decisiones tomadas para proteger la vida también tuvieron costos y consecuencias que debemos reconocer. Volver sobre esa experiencia nos permite preguntarnos qué aprendimos y qué seguimos postergando. Sus efectos alcanzaron distintas dimensiones de la vida; recorrerlas puede ayudarnos a comprender mejor los desafíos que tenemos por delante.
La interconexión y la humanidad compartida
La primera carretera que la pandemia puso ante nosotros fue la interconexión planetaria. Entonces comprendimos que estamos más interconectados de lo que solemos suponer. El mundo se sintió más pequeño: lo que ocurría lejos podía modificar nuestra vida cotidiana. Esa experiencia nos permitió reconocernos como parte de una misma humanidad y puso de manifiesto una vulnerabilidad compartida. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD, 2020) examinó la crisis a través de sus efectos en la salud, la educación y los ingresos, mostrando que sus consecuencias alcanzaban distintas dimensiones de la vida.
Esa humanidad compartida dio lugar a gestos de solidaridad, pero también dejó al descubierto el egoísmo. Hubo momentos en que cuidar a otros exigió esfuerzo, renuncia y sacrificio; en otros, predominó el interés propio. La pregunta que queda abierta es qué haremos con esa conciencia de interdependencia. Saber que nuestras vidas están vinculadas no basta para construir una respuesta común: necesitamos transformar ese reconocimiento en formas de cooperación que tomen en cuenta nuestras diferencias.
La salud y el cuidado de la vida
La segunda carretera es la salud. La pandemia nos hizo sentir, de manera dolorosamente cercana, cuánto depende nuestra vida de ella y cuán frágiles podemos ser. Cuando gozamos de buena salud, solemos dar por sentado que podremos trabajar, estudiar, abrazar a quienes queremos y cuidar de ellos. Pero una enfermedad, propia o de alguien cercano, puede cambiar profundamente nuestras prioridades. Entonces comprendemos que la salud, física y mental, no se limita a los diagnósticos y tratamientos: sostiene muchas de las cosas que amamos y esperamos de la vida.
Al pensar en el futuro de la salud, me pregunto si hemos aprendido realmente esa lección. ¿Esperaremos otra emergencia para prestarle atención o aprenderemos a cuidarla antes de perderla? Prevenir y garantizar una atención digna exige un compromiso que perdure más allá de la preocupación del momento. Una sociedad revela su calidad humana en la manera en que acompaña a quienes enferman, sobre todo a quienes no pueden pagar, carecen de alguien que los cuide o atraviesan su enfermedad lejos de nuestra mirada.
La educación y la formación del juicio
La tercera carretera es la educación. La pandemia nos llevó a preguntarnos qué sostiene realmente el aprendizaje. Contar con contenidos y medios para comunicarnos es importante, pero no basta: también hacen falta acompañamiento, condiciones adecuadas para estudiar y un vínculo cercano entre docentes y estudiantes. La Comisión Internacional sobre los Futuros de la Educación (2022) propone renovar la educación desde la cooperación y la responsabilidad compartida. Esta perspectiva amplía la mirada más allá de las herramientas y atiende a las relaciones y condiciones que hacen posible aprender.
La pregunta por el futuro educativo no se limita a qué herramientas utilizaremos. También debemos preguntarnos qué personas queremos formar y qué capacidades les permitirán comprender un mundo cambiante. Distinguir una afirmación fundamentada de una opinión, revisar el propio juicio y asumir las consecuencias de las decisiones son aprendizajes que conservan su importancia, cualquiera que sea la tecnología disponible.
La economía y la seguridad material
La cuarta carretera es la economía y nos lleva a preguntarnos de qué depende nuestra seguridad material. Pensemos en un hogar cuyos ingresos dependen del trabajo diario de uno de sus integrantes. Si esa persona deja de trabajar, en poco tiempo podrían faltar recursos para comprar alimentos o pagar el alquiler. La posibilidad de protegerse durante una emergencia también depende de contar con medios para sostener la vida cotidiana en circunstancias difíciles.
Conviene distinguir entre la fragilidad de una actividad, la vulnerabilidad de un hogar y las limitaciones del sistema económico. Son realidades distintas, aunque pueden entrelazarse. El informe del PNUD (2020) aborda la pandemia como una crisis del desarrollo humano, cuyos efectos fueron más allá del ámbito sanitario. Esa mirada nos lleva a preguntar qué formas de organización económica permiten sostener la vida durante una crisis y cómo se distribuyen sus cargas. Una economía puede ser productiva y, aun así, ofrecer poca protección a quienes tienen menos recursos para afrontar una interrupción.
La cultura y la diversidad de las respuestas
La quinta carretera es la cultura. No todos vivimos ni pensamos de la misma manera, y nuestras convicciones influyen en cómo entendemos el mundo, interpretamos una amenaza, reconocemos una obligación o valoramos una acción. Pensemos en las distintas formas de afrontar la muerte de un ser querido. Para muchas personas, velar al fallecido, acompañar a su familia y despedirlo mediante determinados ritos son partes esenciales del duelo. Durante la pandemia, las restricciones sanitarias impidieron muchas veces realizar esas despedidas. Proteger la vida exigió limitar prácticas que nos ayudan a dar sentido a la muerte. Esa experiencia nos recuerda que las decisiones sobre el cuidado deben considerar también las creencias, los vínculos y los significados que sostienen nuestra vida.
La UNESCO (2001) reconoce el valor de la diversidad cultural y vincula su defensa con el respeto de los derechos humanos. Este reconocimiento ofrece una base para el diálogo, pero respetar la diversidad no significa considerar igualmente fundadas todas las afirmaciones sobre la realidad. Podemos respetar a las personas y, al mismo tiempo, examinar sus razones de manera crítica. El desafío está en sostener ese respeto sin renunciar a la evidencia ni a la responsabilidad por las consecuencias de nuestros actos. Vivir juntos requiere aprender a conversar también sobre aquello en lo que discrepamos. Y eso, sabemos, no es fácil.
La política y la responsabilidad de decidir
La sexta carretera es la política. Durante una crisis, las decisiones de quienes gobiernan pueden tener un impacto inmediato en la vida cotidiana. Pensemos en las medidas de aislamiento adoptadas durante la pandemia. Aunque buscaban reducir los contagios y proteger la vida, también generaron resistencia: para muchas personas, quedarse en casa significaba perder ingresos, alejarse de sus seres queridos y afrontar una profunda incertidumbre. La soledad, el miedo y la ruptura de las rutinas afectaron también la salud mental. Evaluar aquellas decisiones exige considerar tanto la información disponible al momento de tomarlas como sus consecuencias humanas. Una medida puede responder a una necesidad y, a la vez, causar sufrimientos que quienes gobiernan tienen la responsabilidad de reconocer y atender.
Decidir en condiciones de incertidumbre no reduce la responsabilidad; la vuelve más exigente. Quien ejerce autoridad debe explicar sus razones, escuchar las objeciones y estar dispuesto a corregir el rumbo. Por eso, necesitamos instituciones que permitan examinar las decisiones y formas de participación que hagan visibles las necesidades de distintos grupos. La ciudadanía también tiene una tarea: informarse, deliberar y pedir cuentas sobre medidas cuyos efectos no se distribuyen por igual.
El futuro que consideramos mejor
Al recorrer estas dimensiones, vemos que no todos contamos con las mismas posibilidades de prepararnos para el cambio o de beneficiarnos de él. Una innovación puede abrir oportunidades para quien tiene acceso a formación y recursos, y convertirse en una dificultad para quien carece de ellos.
Por eso, a la pregunta «¿será mejor el futuro?» necesitamos añadir otra: «¿mejor para quién?». Podemos valorar una sociedad por su capacidad de producir, por la rapidez de sus comunicaciones o por la cantidad de información disponible. Pero también debemos preguntarnos si permite vivir con dignidad, acceder a cuidados y participar en las decisiones que afectan nuestra vida. El criterio que elijamos cambiará nuestro juicio sobre el progreso y orientará aquello que consideramos deseable.
Imaginar distintos futuros nos ayuda a explorar qué podría ocurrir si una tendencia continúa, qué condiciones podrían modificarla y cómo afectaría a distintas personas. Miller (2018) entiende la anticipación como una manera de explorar futuros posibles y orientar las decisiones del presente. Podemos poner en práctica este ejercicio ante una decisión educativa, una innovación sanitaria o una política pública. Así podemos preparar alternativas y reconocer a tiempo las necesidades de quienes podrían quedar desplazados.
Quizá no sepamos cómo será el futuro, pero podemos preguntarnos qué hacemos hoy para que quienes vengan después encuentren mejores posibilidades de vivir. Para mí, pensar en el futuro comienza por pensar en el presente. Y hoy ese presente está marcado también por el desarrollo de la tecnología y la inteligencia artificial. Su avance nos exige preguntarnos qué queremos que hagan, a quiénes beneficiarán y qué consecuencias estamos dispuestos a aceptar. La reflexión ética sobre su papel debe comenzar ahora, mientras todavía podemos orientar sus usos. Si aplazamos esas preguntas hasta que sus efectos estén profundamente incorporados a nuestras vidas, quizá sea demasiado tarde para decidir qué futuro queremos construir.
Referencias bibliográficas
Asimov, I., & Côté, J.-M. (1986). Futuredays: A nineteenth-century vision of the year 2000. Henry Holt and Company.
Comisión Internacional sobre los Futuros de la Educación. (2022). Reimaginar juntos nuestros futuros: Un nuevo contrato social para la educación. UNESCO y Fundación SM. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000381560
Miller, R. (Ed.). (2018). Transforming the future: Anticipation in the 21st century. Routledge y UNESCO. https://doi.org/10.4324/9781351048002
Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. (2020). COVID-19 and human development: Assessing the crisis, envisioning the recovery. https://hdr.undp.org/content/covid-19-and-human-development-assessing-crisis-envisioning-recovery
Rosa, H. (2016). Alienación y aceleración: Hacia una teoría crítica de la temporalidad en la modernidad tardía. Katz Editores. https://doi.org/10.2307/j.ctvndv5zf
UNESCO. (2001). Declaración Universal de la UNESCO sobre la Diversidad Cultural. https://www.unesco.org/es/legal-affairs/unesco-universal-declaration-cultural-diversity











Comentarios