Un conejo sacude el poder
- Ronald Gamarra

- hace 2 días
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No sigo su carrera, no lo escucho, no lo bailo. No soy hincha de Bad Bunny. Mi relación con su música es accidental, circunstancial. Sandrita lo sabe. Pero el domingo pasado fue diferente y extraordinario. Lo que pasó en el Super Bowl fue mucho más que canto y ritmo, afinación y arreglos; mucho más que mero concierto y entretenimiento al máximo. En ese estadio y frente a millones de ojos, sucedió algo que va más allá de cualquier preferencia musical personal. Eso fue un símbolo de resistencia; un recordatorio de la innegable presencia latina en Estados Unidos; una promesa de que ellos y ellas seguirán allí, cantando, bailando, existiendo, a pesar de todos los intentos de borrarlos. El mensaje del conejo malo fue claro y resonó en millones de corazones: cree en ti mismo, en tu cultura, en tu idioma, en tu valor inherente. Y eso, eso es algo por lo que vale la pena celebrar. Aunque no seas fan, y aunque Tití no te haya preguntado.
La puesta en escena fue monumental. Cada elemento visual, cada detalle de producción, cada segundo de ese show estaba diseñado para dominar el espacio más codiciado de la televisión mundial. No fue tímido, no fue discreto, no pidió permiso. Fue una declaración de poder cultural imposible de ignorar. La coreografía tenía esa energía explosiva que caracteriza al reggaetón en su mejor versión: cuerpos moviéndose con una sincronización perfecta, una sensualidad desafiante, una celebración de lo urbano que nunca se disculpó por ser lo que es. Era arte callejero elevado a la máxima expresión, llevado al escenario más grande del planeta sin perder ni un ápice de su autenticidad.
Y la fuerza para cantar del boricua. Benito Antonio Martínez Ocasio, ese muchacho que hace unos años empacaba bolsas en un supermercado, plantado en el medio del estadio más importante del deporte estadounidense, cantando en español sin una sola palabra en inglés, sin ninguna concesión, sin ningún guiño complaciente a quienes esperaban que se adaptara. Eso ya es poderoso. Eso ya es histórico.
Pero sobre todo lo demás, está el hecho innegable, delicioso, casi poético: que haya molestado tanto a Trump y a su maquinaria de odio. “Yo sé que no te gustó que yo plantara bandera, pero a lo hecho pecho, también yo tengo derecho”. Esa fue la venganza cultural más satisfactoria.
Estamos en medio de una campaña de odio contra los latinos y otras comunidades, organizada y lanzada por ese patán que la hace de presidente de los Estados Unidos. Un quehacer sistemático, deliberado, cruel. Deportaciones masivas. Familias separadas. Retórica que los presenta como invasores, como amenazas, como menos que humanos. El racismo ya no se esconde detrás de eufemismos. Se presenta descarnado, orgulloso de sí mismo, validado desde el poder. Cada día trae una nueva orden ejecutiva diseñada para hacerles la vida imposible. Cada día trae una nueva declaración que les recuerda que no son bienvenidos en el país que muchos de ellos han contribuido a construir.
Y en plena tormenta de ese odio institucionalizado, irrumpe en ese estadio un conejo malo. Y con él, décadas de lucha, generaciones de latinos que abrieron caminos imposibles y el orgullo de un pueblo entero. Bad Bunny le sacó la lengua musicalmente al poder. No de manera sutil, no de forma velada. No como una irreverencia empaquetada. Lo hizo con todo el peso de cien millones de ojos mirando, con la certeza de que cada segundo de ese espectáculo era una bofetada cultural a quienes quieren hacerlos desaparecer.
Cantó en español porque es su idioma. Calculada o no, esa fue una declaración política, porque hoy en día cada palabra en español es un acto de aguante y convicción. Cada bandera puertorriqueña ondeando en ese estadio era una afirmación de existencia. Cada movimiento de cadera era un recordatorio de que no se van a ir, no se van a esconder, no se van a hacer pequeños para que se sientan cómodos.
Y puso a los latinos a unos metros del centro del mundo. No en los márgenes donde los quieren relegar. No en la periferia como entretenimiento exótico. En el puto centro del evento televisivo más visto del planeta. Imposible de ignorar, minimizar o negar.
Trump y su séquito de xenófobos tuvieron que ver cómo sus compatriotas celebraban, bailaban, cantaban en un idioma que ellos quieren suprimir. Tuvieron que presenciar cómo la cultura que intentan marginalizar dominaba el escenario que consideran suyo por derecho divino. Tuvieron que tragarse la evidencia de que los latinos son más poderosos, más relevantes, más presentes de lo que sus fantasías supremacistas quisieran admitir. Esa impotencia debe doler. Y me alegra que joda.
Este momento trasciende el entretenimiento. Es uno de aquellos que se recordarán décadas después; que se enseñarán en clases de estudios culturales; que aparecerán en documentales sobre la resistencia latina en Estados Unidos. Es el instante en que la cultura popular se convirtió en protesta sin necesidad de pancartas; en que el arte se transformó en activismo sin necesidad de discursos; en que un artista de reggaetón hizo más por la dignidad latina que mil políticos con sus declaraciones cuidadosamente redactadas.
Bad Bunny no tuvo que gritar "resistiremos" porque su sola presencia en ese escenario ya lo decía todo. No tuvo que soplarse un discurso sobre orgullo latino porque cada nota de su música ya lo proclamaba. No tuvo que explicar por qué importaba porque millones de latinos viendo desde sus casas ya lo entendían en sus huesos.
Esta es la autoridad de la cultura. Esta es la energía del arte. Este es el poder de negarse a desaparecer incluso cuando todo el peso del Estado está diseñado para hacerte invisible.
Y ahora miro hacia adelante con una esperanza renovada. Aguardo que, en otro gran escenario global, se repita este acto artístico de resistencia, esta declaración de existencia, esta celebración de la cultura latina, este grito colectivo de "somos, aquí estamos y no nos vamos”.










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