Representar el poder: autoridad, obediencia y performatividad en El capitán (2017)
- Erick Robles Moran

- 11 ago
- 13 min de lectura

El uniforme
En la caótica Alemania de abril de 1945, cuando el Tercer Reich agoniza y el orden se desmorona al mismo ritmo que un régimen que durante años pareció invencible, conocemos a Willi Herold, un joven soldado desertor que sobrevive ocultándose en las zonas rurales y robando comida de graneros o cualquier cosa que le permita seguir con vida. La película comienza con su desesperada huida de una unidad alemana encargada de capturar desertores, insubordinados, ladrones, saqueadores y otros «indeseables».
Se salva por muy poco de ser capturado y, en su desesperada huida, encuentra un pesado automóvil militar Mercedes-Benz abandonado al borde del camino. La llanta de repuesto montada junto al costado del conductor y el doble eje trasero le confieren una apariencia imponente. En su interior descubre un cesto de manzanas y, para su mayor sorpresa, un impecable uniforme de capitán de la Luftwaffe. Apenas se lo pone, deja de ser un soldado fugitivo para convertirse, primero para sí mismo y luego para los demás, en un oficial alemán. Pero el uniforme no solo le proporciona una nueva identidad: también le revela el poder de la autoridad. No transforma a Herold en un hombre distinto, sino que libera una faceta de sí mismo que hasta entonces permanecía contenida. Aquella investidura le brinda la posibilidad de ocupar una posición de poder que nunca había tenido y que asume con una naturalidad desconcertante.
Su sangre fría, su extraordinaria capacidad para manipular a los demás y una violencia que aflora sin mayores vacilaciones no son producto del uniforme mismo. Ya estaban en él, aunque hasta entonces carecían de las condiciones para manifestarse de ese modo. El uniforme, más que crearlas, les proporciona un marco social y simbólico que les permite desplegarse y adquirir eficacia frente a los demás. Podríamos decir, entonces, que opera como una tecnología de poder que sitúa a Herold dentro de un orden disciplinario, en términos de Foucault; le confiere un poder simbólico que los demás reconocen y acatan, en el sentido planteado por Bourdieu; y le permite ejercer una autoridad que los demás perciben como legítima, en términos weberianos.
Este aspecto resulta particularmente sugestivo si se recuerda que, años antes, Herold había sido expulsado de las Juventudes Hitlerianas por actos de indisciplina. Ese antecedente permite pensar que nunca fue el prototipo del militante obediente; por el contrario, ya mostraba un temperamento desafiante y una relación conflictiva con la autoridad. La paradoja consiste en que ese mismo joven rebelde termina apropiándose de la estructura de mando nazi hasta convertirse en uno de sus ejecutores más feroces.
Herold no era, en consecuencia, un burócrata obediente, como Adolf Eichmann, ni tampoco un fanático ideológico. Era, sobre todo, un oportunista. Y quizá sea precisamente esa una de las ideas que sugiere la película: un régimen totalitario no solo necesita creyentes convencidos; también puede y debe alimentarse de individuos cínicos, ambiciosos y moralmente degradados que descubren en la autoridad la oportunidad de desplegar aquello que ya habitaba en ellos.
El capitán
Así pues, pobladores, soldados e incluso oficiales superiores —incluidos varios comandantes— terminan cayendo en el engaño. Con un aplomo asombroso y una seguridad casi insolente, el joven Herold, de apenas diecinueve años, consigue imponerse sobre cualquiera que se cruce en su camino. A medida que avanza, va encontrando a otros soldados desertores que, temerosos de ser ejecutados por aquel flamante capitán, recurren a las mismas y ridículas excusas de siempre: que se han extraviado de sus unidades o que estas han sido prácticamente aniquiladas. Uno tras otro le entregan sus documentos de identificación y, con ellos, también su voluntad.
El joven oficial les recrimina, con una autoridad que nadie se atreve a cuestionar, que, de acuerdo con sus credenciales militares, deberían encontrarse en otro sector del frente de combate. Sin embargo, lejos de intentar escapar, se ofrecen para servir bajo su mando. Desde entonces, y casi sin proponérselo, Herold comienza a reunir una singular unidad de combate. Aquellos soldados "rezagados" pasan a engrosar sus filas y lo acompañarán en su supuesta misión de inspeccionar el frente interno de aquella región de Alemania.
Poco después se cruzan con una patrulla aparentemente operativa de la policía militar. Tras un tenso intercambio de palabras, sus integrantes terminan también subordinándose a las órdenes del supuesto capitán. Y lo verdaderamente fascinante es que todos ellos saben —o, al menos, lo sospechan— que quienes tienen delante son, en realidad, desertores. Sin embargo, encuentran en Herold una nueva misión y, con ella, una posibilidad de sobrevivir a la guerra. Es como si la mejor manera de evitar ser acusados de deserción consistiera en demostrar una obediencia absoluta al capitán y ejecutar, sin vacilar, cualquiera de sus órdenes. La película transmite así otra idea inquietante: todos parecen buscar un líder, alguien que les diga qué hacer, alguien en quien delegar la responsabilidad de decidir. Ese es, precisamente, el primer gran giro de la historia: Herold deja de ser un hombre que huye para convertirse en un hombre al que otros siguen.
La unidad, ahora reforzada, continúa desplazándose de pueblo en pueblo, mientras sus habitantes los reciben con recelo, aunque finalmente terminan ofreciéndoles comida y alojamiento, indispensables para la supervivencia de aquellos desertores y obtenidos siempre gracias a la extraordinaria interpretación que Herold hace de su papel de capitán. Se estima que, en total, el impostor llegó a tener cerca de ochenta soldados bajo su mando, de los cuales una docena permanecería a su lado hasta el último momento.
La prueba de fuego llega cuando, en uno de esos pueblos, los habitantes capturan a un ladrón de granjas, hambriento y harapiento, y lo conducen ante el supuesto capitán, conminándolo a que restablezca el orden. Herold no vacila: lo ejecuta en el acto. Necesita consolidar su farsa, no solo ante la comunidad, sino también ante los hombres que ya han comenzado a seguirlo. Pero aquello apenas sería el comienzo. Desde aquel instante deja de limitarse a representar la autoridad y empieza, ahora sí, a ejercerla plenamente.
Cuando el combustible de su vehículo se agota, Herold se encuentra con una unidad de mayor tamaño al mando de otro alto oficial que, convencido de hallarse ante un auténtico capitán de la Luftwaffe, lo escolta nada menos que hasta Aschendorfermoor, uno de los quince campos de detenidos que los nazis levantaron en la región de Emsland, al noroeste de Alemania, para recluir a desertores y a quienes eran acusados de insubordinación o de delitos menores.
El verdugo de Emsland
Al entrevistarse con los altos oficiales del lugar, les afirma nada menos que es un enviado personal del mismísimo Führer, encargado de inspeccionar in situ la situación del frente interno y autorizado para adoptar cuantas medidas considere necesarias con el propósito de corregir faltas y omisiones. Resulta pasmosa la seguridad con la que este joven impostor desempeña su papel, pues no solo convence a la oficialidad del campo, sino que incluso llega a intimidar a varios de sus comandantes.
Muchos de ellos desean deshacerse de una vez por todas de los prisioneros. Saben que varios han intentado escapar y han sido recapturados; temen, además, que el avance de las tropas aliadas termine empujándolos a colaborar con el enemigo. Los consideran, por consiguiente, escoria a la que, para colmo, hay que seguir alimentando mientras los soldados de la Wehrmacht padecen toda clase de calamidades en los frentes oriental y occidental. Sin embargo, todavía no se atreven a ejecutarlos porque los tribunales militares encargados de juzgarlos aún no se han constituido. Despotrican, entonces, contra la lentitud, el formalismo y el burocratismo del Ministerio de Justicia, pues, aunque desprecian profundamente a los prisioneros, reconocen que, al tratarse de ciudadanos alemanes, la ley exige un juicio previo antes de dictar sentencia.
No obstante, casi entre dientes y con una ambigüedad cuidadosamente calculada, le sugieren al capitán Herold que, ya que dispone de la autoridad conferida por el Führer, intervenga para acelerar la conformación de dichos tribunales. Pero Herold decide ir mucho más lejos. Tras una breve “evaluación de la situación”, asume personalmente esa autoridad y, sin juicio alguno, ordena la ejecución inmediata de los noventa prisioneros del campo.
De inmediato se realizan llamadas al gobierno alemán, al Ministerio de Justicia e incluso a la Gestapo para confirmar las credenciales del supuesto capitán. Nadie plantea objeciones; por el contrario, todos asumen que, tratándose de un enviado personal del Führer y compartiendo el propósito de eliminar a desertores y demás "indeseables", no existe razón para impedir la matanza. Hay, sin embargo, un detalle tan inquietante como revelador: nada queda por escrito. No existen órdenes firmadas ni resoluciones oficiales. Todo se decide mediante conversaciones telefónicas, como si la ausencia de una orden escrita bastara para diluir la responsabilidad de quienes participaban en el crimen.
Más que una orden escrita, aquellos altos mandos parecían necesitar a alguien que asumiera la responsabilidad política y militar de autorizar la masacre o, como ellos mismos la denominaban, un «consejo de guerra simplificado». Así, buena parte de la oficialidad del campo termina respaldando la ejecución.
De este modo, el 12 de abril, el “capitán” Willi Herold, conocido más tarde como “el Verdugo de Emsland”, ordena a los propios prisioneros cavar una enorme fosa de casi dos metros de profundidad. Lo que sigue es una auténtica carnicería. Los reclusos son acribillados primero con un cañón antiaéreo y, cuando el arma termina atascándose, los sobrevivientes son rematados con ráfagas de ametralladora y disparos de pistola. La matanza prosigue incluso después de que, el 19 de abril, las tropas británicas bombardean el campo y destruyen buena parte de sus instalaciones.
Cuando la representación se convierte en poder
Tras aquel bombardeo, Herold y la unidad que logra sobrevivir continúan recorriendo distintas localidades del interior de Alemania. Ya no actúan únicamente como una patrulla militar, sino investidos de la insólita autoridad de un improvisado “tribunal exprés de justicia”, dispuesto a impartir una justicia tan arbitraria como letal allí por donde pasa.
En su recorrido encuentran pueblos donde ya ondean banderas blancas e incluso aparecen mensajes de bienvenida dirigidos a las fuerzas aliadas, cuyo avance hacia Berlín constituye ya un hecho irreversible. Sin embargo, lejos de aceptar que la guerra está perdida, Herold continúa comportándose como si el Tercer Reich conservara intacta toda su autoridad. En una de esas localidades ordena la ejecución del alcalde bajo la acusación de traición, mientras él y sus hombres se alojan en hoteles, beben, comen con abundancia y disfrutan de los placeres que les ofrecen hermosas jóvenes de la región, como si la guerra, el derrumbe del régimen y la inminencia de la derrota no fueran más que el decorado de aquella delirante representación del poder.
Pero toda impostura, por perfecta que parezca, termina encontrando sus propios límites. Precisamente durante una de esas francachelas, Herold y sus hombres son arrestados por una patrulla de la policía militar alemana que todavía continúa en funciones. Es entonces cuando sale finalmente a la luz que aquel supuesto capitán no era más que un simple soldado que, gracias a una audacia tan extraordinaria como desfachatada —y también a la disposición de los demás para creer en la autoridad que representaba—, había conseguido hacerse pasar por un oficial de la Luftwaffe.
El juicio de un impostor
Conducido de inmediato ante un tribunal militar sumario, Herold encuentra el apoyo de un abogado y de un testigo, ambos militares, que comparecen en su defensa. Es aquí donde la película alcanza uno de sus momentos más desconcertantes, pues los argumentos esgrimidos resultan tan sorprendentes como reveladores: sostienen que Herold ha demostrado excepcionales cualidades de liderazgo y que, lejos de deshonrar al ejército alemán, ha defendido su disciplina, su honor y a la patria. Uno de ellos llega incluso a afirmar: “Este hombre es un buen hombre. Es el tipo de persona que necesitamos en estos tiempos”. Difícil imaginar una frase que exprese mejor el grado de degradación moral al que había llegado el régimen nazi.
El juez, que inicialmente se inclinarse por imponerle la pena de muerte, vacila; no obstante, formula una última objeción: “Pero ustedes no pueden negar que este hombre está mal de la cabeza. Ha ejecutado a noventa prisioneros y a otros tantos civiles desarmados”. La respuesta de la defensa resulta todavía más escalofriante: “Vamos... todos nosotros, que hemos estado en combate, sabemos que a veces hemos perdido el juicio y hemos disparado a diestra y siniestra”. Con ese razonamiento no solo se intenta justificar a Herold; se termina normalizando la barbarie como si fuera una consecuencia casi inevitable de la guerra.
Y, sorprendentemente, el argumento termina surtiendo efecto. Herold permanece un tiempo en prisión, pero consigue eludir una condena definitiva. Sus defensores convencen al tribunal de que, en realidad, había actuado tratando de contener el derrotismo que comenzaba a extenderse por Alemania y que, por ello, resultaría más útil devolverlo al frente que mantenerlo encarcelado. Incluso llegan a proponerle incorporarse a la Operación Werwolf, el último intento del régimen nazi por organizar una resistencia clandestina frente al inminente colapso del Tercer Reich.
Entretanto, Herold consigue escapar de su confinamiento y la película lo muestra por última vez deambulando entre bosques sembrados de esqueletos; una imagen espeluznante como profundamente simbólica del mundo que él mismo contribuyó a devastar.
La historia real, sin embargo, no concluyó allí. Tras la capitulación alemana, Herold regresó a la vida civil e intentó pasar inadvertido retomando su antiguo oficio de deshollinador. Su anonimato, sin embargo, duró muy poco. En mayo de 1945 fue detenido por las fuerzas británicas tras robar una barra de pan y, a medida que avanzaban las investigaciones, terminó siendo identificado como uno de los principales responsables de las ejecuciones masivas perpetradas en el campo de concentración de Aschendorfermoor.
Meses después, en febrero de 1946, las autoridades británicas de ocupación lo obligaron, junto con varios de sus antiguos subordinados, a desenterrar los cuerpos de las víctimas que ellos mismos habían arrojado a las fosas comunes. Aquella exhumación reveló la verdadera dimensión del crimen: ciento noventa y cinco cadáveres emergieron de la tierra como una prueba irrefutable de la masacre.
En agosto de ese mismo año compareció ante un tribunal militar británico en la ciudad de Oldemburgo, junto con otros doce integrantes de su unidad. Tras el juicio fue declarado culpable del asesinato de ciento veinticinco personas y condenado a muerte, al igual que otros seis de sus colaboradores.
La sentencia se ejecutó el 14 de noviembre de 1946. Willi Herold fue guillotinado en la prisión de Wolfenbüttel, en Baja Sajonia, cuando apenas contaba veintiún años. Así concluyó la vida del joven soldado que, dos años antes, tras encontrar un uniforme abandonado al borde de un camino, había logrado hacerse pasar por capitán y desencadenar una de las matanzas más atroces de los últimos días del Tercer Reich.

El poder después de Herold
Mientras desfilan los créditos finales, la película introduce un inesperado epílogo. Herold y la unidad que lo acompañó durante su insana aventura recorren la Alemania contemporánea a bordo de su viejo vehículo militar. Él continúa vistiendo su impecable uniforme de capitán de la Luftwaffe; sus hombres, en cambio, conservan los desgastados uniformes de campaña y avanzan con las armas en ristre exigiendo documentos de identidad, realizando registros y cateos, e intimidando a ciudadanos alemanes del siglo XXI que, perplejos y desconcertados, apenas atinan a obedecer. La secuencia posee un marcado aire fantasmagórico: un destacamento del ejército del Tercer Reich parece haber atravesado el tiempo para irrumpir, de pronto, en la Alemania de nuestros días.
Al principio interpreté esta secuencia como una crítica dirigida a la sociedad alemana contemporánea, casi como si la película insinuara que sus ciudadanos se habían convertido en desertores de su propia memoria histórica. Pero, al volver sobre la escena, encontré otra posibilidad de interpretación. Más que una acusación contra la ciudadanía alemana, la escena parece construir una parodia de los grupos neonazis que todavía hoy añoran el delirio, el militarismo y la criminalidad del Tercer Reich; grupos para los cuales cualquiera que no comparta su ideología se convierte, precisamente, en un desertor de aquellos supuestos grandes ideales nacionales. No resulta difícil encontrar rasgos similares en organizaciones que hacen del odio una forma de acción política, intimidan a la población, persiguen a los migrantes y convierten la violencia en un mecanismo de afirmación identitaria.
Sin embargo, limitar la película a una denuncia del neonazismo contemporáneo sería reducir considerablemente el alcance de su propuesta. El filme es, desde luego, un relato de suspense y desesperación ambientado en el descalabro de los últimos días del Tercer Reich, pero también un extraordinario retrato de una farsa en la que la actuación termina revelando la profundidad de la degradación moral de un individuo y, al mismo tiempo, la descomposición ética de todo un sistema político. Más aún, su narrativa sugiere que un modelo de poder militar brutal puede ser adoptado con una facilidad pasmosa cuando el miedo se convierte en el principio organizador de la vida colectiva. En esas circunstancias no solo se obedece para evitar ser aplastado; también se termina reproduciendo la lógica del poder, ya sea para sobrevivir, para obtener reconocimiento dentro de él, para dar cauce a pulsiones de dominación o, finalmente, para ejercer sobre otros la misma violencia de la que antes se era víctima.
La performatividad del poder
Ese proceso alcanza en Herold su expresión más acabada. Quizá por eso resulte tan inquietante comprobar que Herold nunca posee realmente el poder; lo que hace es actuar como si lo poseyera. El uniforme, la postura corporal, el tono de voz, el lenguaje burocrático, la seguridad con la que dicta órdenes y la convicción con la que interpreta su papel terminan produciendo exactamente aquello que aparentan representar. En otras palabras, Herold no posee autoridad: la representa. Y, sin embargo, esa representación basta para que soldados, oficiales e incluso comandantes la reconozcan como legítima. La película demuestra así que, en determinadas circunstancias, la autoridad no descansa necesariamente en la verdad, sino en el reconocimiento colectivo de quienes deciden obedecerla. El uniforme, los símbolos, los rituales y las formas del mando producen autoridad incluso cuando esta es completamente ficticia. En ese sentido, Herold no se limita a engañar a quienes lo rodean; pone en evidencia que muchas formas de autoridad y de organización política no se sostienen únicamente en la fuerza, sino porque suficientes personas aceptan actuar como si esa autoridad fuera legítima y, en consecuencia, le obedecen.
No deja de ser significativo que otros oficiales alemanes terminen admirándolo como un modelo ejemplar del Estado precisamente cuando la derrota del régimen resulta ya inevitable. Más revelador aún es advertir que muchos de ellos probablemente nunca creyeron del todo en la historia que Herold contaba y que, pese a ello, decidieron seguir tratándolo como un capitán auténtico porque necesitaban que alguien asumiera la responsabilidad de hacer aquello que ellos mismos deseaban hacer, pero no se atrevían a ordenar abiertamente. Tal vez, después de todo, Herold nunca engañó por completo a nadie. Los otros desertores encontraron conveniente incorporarse a aquella irregular “misión” que les ofrecía protección; los pobladores necesitaban una figura de autoridad que legitimara la ejecución de ladrones y saqueadores que venían desestabilizando la región; y los mandos militares hallaron en él al hombre dispuesto a autorizar la eliminación de unos prisioneros de los que querían deshacerse sin asumir personalmente la responsabilidad. Más que un impostor que burló a todo un sistema, Herold terminó convirtiéndose en el instrumento que ese mismo sistema necesitaba para seguir funcionando en medio de su descomposición.
Es precisamente allí donde aparecen algunas de las preguntas más profundas que nos surgen después de ver la película y a las que, en parte, ella misma responde. ¿Por qué tantos hombres obedecen a alguien cuya autoridad jamás verifican? ¿Qué hace que la obediencia termine convirtiéndose, al mismo tiempo, en un mecanismo de supervivencia y en una forma de renunciar a toda responsabilidad moral? ¿Por qué resulta más fácil obedecer que juzgar? ¿Por qué Herold y los hombres que lo siguen no encuentran el valor para enfrentar al enemigo en el campo de batalla y, sin embargo, sí son capaces de asesinar a prisioneros indefensos y civiles desarmados?
En este punto resulta inevitable recordar a Hannah Arendt y su célebre reflexión sobre la banalidad del mal. La película parece confirmar que el mal no necesita monstruos extraordinarios para desplegarse; le bastan funcionarios obedientes, soldados temerosos, burócratas diligentes, ciudadanos sumisos al poder y, finalmente, un oportunista, un impostor lo suficientemente convincente para que toda la maquinaria de la violencia funcione con absoluta normalidad. El miedo termina convirtiéndose en el verdadero fundamento del orden político; la burocracia proporciona la apariencia de legalidad; el uniforme opera como una auténtica tecnología del poder; y la obediencia, desligada de cualquier juicio ético, hace posible que hombres aparentemente comunes participen en crímenes extraordinarios.
Quizá la pregunta más preocupante de todas no sea quién fue Willi Herold, sino qué condiciones hicieron posible que un joven soldado de diecinueve años encontrara un uniforme abandonado al borde de un camino y terminara convirtiéndose en uno de los verdugos de los últimos días del Tercer Reich. O, dicho de otro modo, la verdadera pregunta no es cómo un desertor llegó a convertirse en capitán, sino qué condiciones sociales, políticas y morales hacen posible que quien sobrevive a un régimen criminal termine convirtiéndose en uno de sus ejecutores.










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