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La cara oculta de Eielson: contra la muerte y contra los amos

29 ago
6 min de lectura



Hay un Eielson que conocemos: el de los nudos, las esculturas subterráneas, el poeta-artista que abandonó Lima en 1948 y construyó desde Europa una obra difícil de encasillar. Y hay otro Eielson, menos visitado: el cronista de veinte años que en plena posguerra le declara la guerra a los "parásitos de las letras" desde las páginas de La Prensa, el corresponsal romano que denuncia la miseria y la indiferencia leyendo a Moravia y a Genet, el testigo de Mayo del 68 que se pregunta, ya con canas, cómo "recuperar el derecho al ensueño" en un mundo gobernado por máquinas.


El derecho al ensueño (Fondo Editorial PUCP, 2026) reúne por primera vez ese archivo disperso —crónicas periodísticas, ensayos y correspondencia inédita— y lo hace con el rigor y la ambición de una edición crítica que reconfigura buena parte de lo que se sabía sobre uno de los artistas peruanos más importantes del siglo XX.


El libro, publicado por el Fondo Editorial de la PUCP, está organizado en tres bloques. El primero recoge las crónicas que Eielson escribió entre 1944 y 1957 para La Unión, La Prensa, La Nación y El Comercio: reseñas de teatro, notas sobre poesía francesa y "literatura atómica", comentarios sobre Sartre, Kierkegaard e Ibsen. El segundo agrupa textos varios —ensayos sobre la Amazonía, sobre sus instalaciones, y el largo texto testamentario titulado, a partir de su primera frase, "Este libro está hecho de fragmentos"—. El tercero es un epistolario que va desde cartas de juventud hasta la correspondencia con su media hermana estadounidense, Kari Eielson Mork, descubierta al final de su vida, y una selección de cartas a Javier Sologuren que cubre casi cuatro décadas de amistad.


Un antifascista sin partido


Lo más revelador del volumen es la politicidad de un Eielson que la crítica había leído casi siempre en clave puramente estética. El estudio introductorio de los editores —"Recuperar el derecho al ensueño"— reconstruye con solidez documental el ambiente de la Lima de los años cuarenta: la persecución del aprismo y del comunismo bajo Sánchez Cerro y Benavides, la contratación del militar nazi Wilhelm Faupel por el gobierno de Prado, y el papel de la Peña Pancho Fierro —fundada por Alicia y Celia Bustamante— como refugio de una izquierda intelectual que mezclaba indigenismo, surrealismo y antifascismo transatlántico. En ese contexto, un Eielson de apenas veintiún años firma en 1945 el manifiesto de la Agrupación de Intelectuales Antifascistas junto a nombres del aprismo y el comunismo peruano.


Pero su posición no fue nunca de adhesión partidaria. Sus crónicas de 1945 atacan con dureza a la llamada "poesía social" de tendencia aprista, a la que acusa de producir "amasijos informes de imágenes harto conocidas" incapaces de un verdadero goce estético. El blanco de Eielson, sin embargo, no era el compromiso político de la literatura, sino su sometimiento a una consigna. Frente a la Ley de Imprenta de 1945, escribe que la poesía no puede volverse "adulación política" ni celebrar la "magnificencia nefasta y falsa de una secta". Es una distinción que el libro deja bien plantada: se puede ser un artista con conciencia histórica sin convertir el arte en propaganda de nadie.


Esa misma tensión —entre compromiso y autonomía— reaparece con fuerza en las crónicas romanas de los años cincuenta, cuando Eielson lee a Moravia y a Jean Genet no como ejercicios de estilo sino, en sus palabras, como documentos capaces de retratar "un extraño drama del espíritu humano maltratado por las contingencias históricas". Es en esas páginas donde formula por primera vez, con precisión, la idea que da título al libro: el ensueño no es evasión, sino un derecho que pertenece sobre todo a los jóvenes. En "Filosofía del delito" (El Comercio, 1955) los describe como el "receptáculo delicado de cada época", capaces de "desenmascarar siempre, con sus más espontáneas actitudes, el verdadero trasfondo del acontecer humano".


De París a Kassel: Warhol, Beuys y el arte como mercancía


El texto más extenso del volumen, "Este libro está hecho de fragmentos" —redactado en los últimos años de su vida—, es también el más explícitamente político. Ahí Eielson narra su participación en Mayo del 68 en París, cuando pegó carteles y escribió consignas junto a otros artistas, y describe así el espíritu de esa juventud:

"Toda esa juventud —y los que compartíamos sus espléndidos sueños— estaba harta de autoridad, cansada del peso de la historia en la que no se reconocía y cuya herencia rechazaba. Era necesario reivindicar el derecho a la felicidad y al ensueño. La verdadera vida —proclamaban los bisnietos de Rimbaud— no era esa."

El mismo texto contiene una de las páginas más filosas del libro: el contraste que Eielson traza entre Andy Warhol y Joseph Beuys, a quienes llama "las dos caras de una época". De Warhol —a quien conoció en el Chelsea Hotel neoyorquino— dice que encarnaba "una visión espectral", una "máquina" al servicio del mercado. De Beuys, a quien trató en la Documenta de Kassel de 1972, escribe en cambio:

"Beuys tenía el don chamánico —y así fue definido siempre— de transformar todo lo que tocaba en algo nuevo e indispensable, aunque se tratara de un trozo de margarina, de un ramo seco o una bom [sic]. Él sabía redimir la materia, extrayendo de ella la energía cósmica más remota, para distribuirla entre todos los seres vivos de este planeta."

No es difícil leer en ese contraste una toma de posición sobre qué tipo de arte —y de artista— merece sobrevivir a su propio mercado.


Ya en sus últimas reflexiones, ese antiguo cronista antifascista mira la revolución tecnológica y la inteligencia artificial con la misma sospecha con que en los años cuarenta miraba el fascismo: como un "abismo de desigualdades extremas" frente al cual insiste, casi como consigna final, en que "hay que hablar" para que "la revolución, el ensueño, la fiesta, puedan finalmente realizarse para todos".


El archivo íntimo


La correspondencia es el terreno donde el libro gana en textura humana. Las cartas a Sologuren muestran a un Eielson agobiado por la relación con el mercado del arte y empeñado, pese a todo, en proyectos que él mismo describe como imposibles de vender. En una carta escrita en París, en agosto de 1970, se lo dice con una mezcla de orgullo y resignación:

"Yo los invento, de manera que nunca puedan ser recuperados para el mercado."

Hay también un relato conmovedor de sus intentos por concretar performances imposibles, como un concierto simultáneo en varias ciudades del mundo con Karlheinz Stockhausen, o la performance Quasar, pensada para transmitir sonidos captados por el radiotelescopio de Arecibo; sobre esta última escribe, en carta desde Milán en 1980, que "las pulsiones del cuerpo humano equivalen a los impulsos sonoros y luminosos de los cuerpos celestes". En otra carta a Rowe, de 1997, resume así el principio que rige toda su obra tardía:

"Una idea
a central de mi trabajo (los anudamientos) y de su naturaleza fragmentaria y simultánea […] lo da, igualmente, creo yo, justo porque se trata de un fragmento… de fragmentos de fragmentos de fragmentos…"

La carta a William Rowe sobre José María Arguedas, por su parte, promete convertirse en material obligado para quienes estudian el vínculo —y las tensiones— entre dos de las figuras centrales del arte y la literatura peruana del siglo pasado.


Una edición que no idealiza


El aparato crítico es uno de los mayores logros del volumen: cada texto viene acompañado de notas contextuales rigurosas, con fuentes verificables y una investigación de archivo —buena parte realizada en el Centro Studi Eielson de la Universidad de Florencia— que documenta con precisión fechas, publicaciones y redes intelectuales. Los editores son explícitos en su propósito: evitar tanto "la fetichización documental" del centenario del autor como "la idealización romántica" de su figura. El resultado es un libro que no convierte a Eielson en ícono, sino en objeto de lectura crítica: un intelectual que construyó, entre Lima, París y Roma, una posición política sin dogma, hecha de fragmentos, pero nunca ingenua.


En un momento en que —como advierten los propios editores en sus líneas finales— la extrema derecha vuelve a ganar terreno con un populismo conservador de escala transatlántica, este rescate documental de un Eielson antifascista, crítico del mercado y defensor obstinado de la libertad de la imaginación no llega como una curiosidad de archivo, sino como una pregunta abierta: qué significa hoy defender, colectivamente, el derecho a soñar.


Ficha técnica: El derecho al ensueño. Escritos inéditos de Jorge Eduardo Eielson, editado por Carlos Castro, Cecilia Esparza y Mariana Rodríguez Barreno (Lima: Fondo Editorial PUCP, 2026, 432 pp.)

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