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Por la voluntad general de los pueblos




Otro 28 de julio que nos recuerda las palabras de José de San Martín en 1821: 


“El Perú es desde este momento libre e independiente por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que Dios defiende.” 


Otro 28 de julio con cambio de nombres en el gobierno, pero sin expectativas de que el Perú camine hacia realizar el bienestar de todos sus pueblos. En más de 200 años de formalidad republicana casi siempre han prevalecido los intereses de las oligarquías y no la voluntad de los pueblos. Cada cinco años repetimos un rito electoral diseñado para que gane por descarte la minoría menos rechazada, que poco después es repudiada por tres de cada cuatro peruanos. Tenemos una democracia, si cabe, no representativa.


La idea de Perú como nación con historia y con futuro compartido y solidario, sigue siendo una promesa incumplida y un desafío pendiente. El proyecto de país que correspondería a la voluntad de los pueblos, a los intereses de todos integrados en la noción de bien común, se realizará cuando la mayoría encuentre una identidad, una visión común, y un liderazgo que represente su voluntad en el gobierno y en el parlamento. Mientras tanto, al margen de oficialismos, oposiciones y alianzas, todos y todas tenemos la obligación de atender retos urgentísimos e impostergables de protección de la vida y desarrollo humano básico de nuestros compatriotas.


Por la voluntad general de los pueblos, debemos demandar y promover colectivamente desde el gobierno y desde la sociedad, acciones concretas inmediatas para resolver nuestros problemas públicos más graves:


  • Asegurar el cuidado apropiado del embarazo, el parto y el recién nacido, en todos los territorios y localidades del país.

  • Eliminar la anemia y la desnutrición infantil, y apoyar con calidad y eficacia el desarrollo oportuno y la educación preescolar de todos nuestros niños y niñas.

  • Eliminar enfermedades y muertes evitables mediante la vacunación universal y la dotación suficiente de personal e insumos médicos a todas las postas, centros de salud y hospitales del país.

  • Proteger a los niños, niñas, adolescentes y mujeres de los riesgos de acoso y violencia sexual y doméstica.

  • Asegurar escuelas dignas y educación básica de buena calidad, pertinente y relevante, a todos los niños, niñas y adolescentes, respetando la diversidad cultural y lingüística del país.

  • Eliminar el hambre y la pobreza extrema en todas las regiones y territorios.

  • Erradicar la criminalidad organizada, la violencia y la inseguridad en los espacios públicos.

  • Garantizar viviendas apropiadas y seguras, con servicios básicos completos, para todas las familias del país.

  • Asegurar condiciones dignas en el transporte cotidiano de los peruanos y peruanas desde y hacia sus domicilios.

  • Conectar a todas las localidades del país mediante caminos y redes de telefonía y de internet de buena calidad.

  • Asegurar oportunidades de educación superior, técnica, laboral y personal a los egresados de secundaria y a todos los jóvenes y adultos a lo largo de la vida.


Todos estos son mínimos de humanidad, condiciones imprescindibles, requisitos indispensables. No porque los exija la OCDE o Naciones Unidas, sino porque ningún peruano o peruana, integrante digno y orgulloso de esta nación independizada en 1821, debería seguir tolerando y normalizando su incumplimiento. Si nos resignamos, no podemos considerarnos una nación ni merecemos llamarnos Perú; hay mínimos de igualdad, de libertad y sobre todo de fraternidad que deben existir para que nos reconozcamos como república de ciudadanos. Espero que nadie ponga en duda que esos logros elementales son urgentes. 


Es posible que para lograr algunos de esos objetivos básicos de vida humanizada se requiera emprender cambios profundos en el modelo económico, en la organización del Estado, en la conformación del Congreso, en la política tributaria, en la descentralización, en la educación, y otros. Eso deberá decidirlo la mayoría, cuando sea consultada. La democracia, como sabemos, debe ser el gobierno de los pueblos, por los pueblos y para los pueblos. Ya es hora de que nuestros pueblos se organicen y actúen para manifestar y hacer valer su voluntad mayoritaria (y la justicia de su causa que Dios defiende, me imagino). No hay verdadera democracia sin poder popular organizado y activo, expresando y realizando la voluntad general de los pueblos.


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