Perú: ¿Podemos seguir juntos?
- Ricardo Falla Carrillo

- hace 23 horas
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En las páginas que siguen se explora la continuidad del Perú como Estado-Nación, analizando las fracturas que emergen de su naturaleza multitemporal y sus profundas asimetrías sociales. Valiéndonos de las herramientas teóricas de Reinhart Koselleck, Alain Touraine y Karl Polanyi, examinamos el riesgo de una disolución sistémica en un momento de especial urgencia: el umbral de unas elecciones generales que proyectan la imagen de un país atomizado, donde los puentes de comunicación se quiebran vertiginosamente y no existe mayor elemento de interrelación que el mercado. El texto concluye planteando la federalización no como una mera reforma administrativa, sino como un camino hipotético para reconocer institucionalmente nuestra compleja diversidad histórica y cultural.
La nación ante la ruptura de su sincronía en el umbral electoral
La crisis contemporánea del Perú no puede ser decodificada exclusivamente a partir de la ciencia política empírica o la economía cuantitativa. Lo que se observa es una fractura de mayor calado: una crisis de convivencia que cuestiona la vigencia del pacto social fundacional. Esta realidad adquiere una gravedad inusitada en el contexto de las próximas elecciones generales, donde se revela un país extremadamente atomizado y en un estado de destrucción progresiva de sus caminos comunicantes. El proceso electoral, lejos de actuar como un mecanismo de agregación de intereses, parece profundizar las distancias, evidenciando que los puentes del diálogo nacional han sido dinamitados por la desconfianza y el anacronismo.
El discurso tradicional de la unidad nacional, forjado bajo la premisa de una asimilación progresiva a la modernidad occidental, colisiona hoy con una realidad que no es solo pluricultural, sino fundamentalmente "multitemporal". En el territorio peruano no solo coexisten diversas culturas, sino diversos tiempos históricos que operan simultáneamente, a menudo en direcciones opuestas. Esta falta de sincronía genera fricciones que el sistema institucional actual, centralista y unitario, es incapaz de procesar. La pregunta planteada por Alain Touraine, "¿Podremos vivir juntos?", se convierte así en el eje de una reflexión necesaria sobre la posibilidad de evitar una disolución fáctica o una explosión de violencias identitarias en el mediano plazo, ante la evidencia de un espacio público donde la comunicación ha dejado de ser posible.
La semántica del enemigo y la asimetría temporal
Para comprender la imposibilidad de un diálogo nacional efectivo, es imperativo recurrir a la semántica histórica de Reinhart Koselleck. En su análisis sobre el concepto de enemigo, Koselleck demuestra cómo las categorías políticas no son meras descripciones, sino herramientas que configuran la realidad social mediante la exclusión del "otro". En el Perú, esta exclusión se ha sofisticado a través de lo que el autor denomina "contra conceptos asimétricos". Koselleck (2004) explica la función de estos conceptos de la siguiente manera:
El concepto de enemigo, en su uso político, tiende a despojar al 'otro' de su igualdad jurídica o moral. No es simplemente un adversario con el que se compite, sino un extraño que, por su propia existencia, amenaza la identidad del grupo. En la historia de los conceptos, vemos cómo la distinción entre el 'nosotros' y el 'ellos' se radicaliza cuando se introducen criterios de superioridad temporal o civilizatoria. El 'otro' no solo es diferente, es 'atrasado', 'bárbaro' o, en términos modernos, 'anti-sistema'. Esta asimetría impide el reconocimiento mutuo y convierte la política en un campo de batalla existencial. (p. 162).
Este pasaje revela una de las patologías centrales de la esfera pública peruana: la construcción del adversario como una anomalía temporal. Cuando desde los centros de poder se califica a sectores de la población como "atrasados" o "anti-progreso", no se está ejerciendo una crítica política, sino que se está utilizando una categoría asimétrica que despoja al otro de su derecho a la contemporaneidad. El "terruqueo" o el desprecio hacia la "Lima criolla" son expresiones de una semántica de combate donde el reconocimiento del otro como par dialógico es imposible.
La reflexión aquí es densa: la crisis de convivencia peruana es, en esencia, una crisis del lenguaje político. Si los conceptos utilizados para definir la nación no permiten la inclusión de las diversas temporalidades que habitan el país (el tiempo de la comunidad campesina, el tiempo del mercado global, el tiempo de la Amazonía), el lenguaje deja de ser un espacio de mediación para convertirse en un disparador de hostilidades. La asimetría koselleckiana nos advierte que, mientras una de las partes se arrogue el monopolio del "tiempo correcto" (la modernidad), el resto de la nación será visto siempre como un enemigo al que hay que civilizar o anular.
Anacronismos en la representación política
La multitemporalidad peruana se manifiesta con especial nitidez en los diagnósticos que diversos actores políticos sostienen sobre la realidad nacional. No es extraño observar cómo grupos significativos de la representación política operan desde estratos temporales que no corresponden a la configuración social actual del país. Aquí, el concepto de "contemporaneidad de lo no contemporáneo" alcanza su máxima expresión como obstáculo para el entendimiento.
Anclados incluso en un diagnóstico cultural del indigenismo de los años veinte del siglo pasado, sectores de la izquierda regional parecen haberse detenido en un esquema interpretativo del Perú de hace un siglo. Se trata de un diagnóstico que amalgama el socialismo con el nacionalismo indigenista, pero que desconoce las mutaciones evolutivas del socialismo democrático e, incluso, del pensamiento liberal contemporáneo. Su retórica a menudo ignora las transformaciones del sujeto social tras la caída del sistema de haciendas y la emergencia de una economía informal y emprendedora que no responde a las categorías clásicas de la lucha de clases de inicios del siglo XX. Al operar desde este estrato temporal, su discurso se vuelve una hermenéutica del anacronismo: intentan aplicar soluciones a un país que ya no existe, ignorando la complejidad de un sujeto andino-urbano que ha transformado la fisonomía de las ciudades.
Por otro lado, ciertos sectores de la derecha más conservadora se mueven en un estrato temporal previo al gobierno de Juan Velasco Alvarado. Su visión del orden social y la jerarquía parece anclada en un Perú pre-1968, donde la distinción entre "vecinos notables" y "masas" dictaba la legitimidad del poder. Esta persistencia en un tiempo histórico ya superado por las reformas estructurales y la democratización social del espacio público impide que este sector comprenda la profundidad del malestar en las provincias. Para ellos, el reclamo de reconocimiento no es una demanda ciudadana legítima, sino una ruptura incomprensible de un orden señorial que aún añoran.
Estas asimetrías temporales son ejemplos vivos de cómo la política peruana es un choque de estratos geológicos. Cuando un actor político del siglo XXI intenta dialogar con otro que ha fijado su diagnóstico en 1920 o 1960, no hay intercambio de ideas, sino colisión de fantasmas históricos. Esta incapacidad de habitar un presente compartido —o al menos de reconocer el tiempo del otro como válido— es lo que convierte a la nación en un conjunto de monólogos sordos.
La escisión entre el mercado y la memoria
La desarticulación del Perú también encuentra una explicación potente en la obra de Alain Touraine. El autor sostiene que la modernidad tardía se caracteriza por una separación creciente entre el "universo instrumental" (la racionalidad técnica, el mercado, la gestión económica) y el "universo simbólico" (las identidades, las creencias, las lenguas). En el Perú, esta brecha ha alcanzado niveles críticos. Touraine (1997) profundiza en esta disociación:
Vivir juntos significa que el individuo puede ser un Sujeto, es decir, que tiene la capacidad de combinar su participación en el mundo instrumental con el mantenimiento y desarrollo de su identidad cultural. Si la sociedad se reduce a un mercado global por un lado y a una serie de sectas o comunidades cerradas por el otro, la democracia desaparece. La crisis actual es solo económica, es una crisis de la capacidad de los actores sociales para reconocerse como iguales dentro de una diversidad que no sea excluyente. El riesgo es la fragmentación absoluta, donde el espacio público es devorado por la violencia identitaria de quienes no encuentran lugar en la modernidad instrumental. (p. 45).El análisis de Touraine permite comprender que el crecimiento macroeconómico del Perú en las últimas décadas no fue acompañado de una integración simbólica. Al contrario, el universo instrumental (el PBI, la inversión extranjera, los tratados de libre comercio) funcionó de manera autónoma, desvinculado de las demandas de identidad y reconocimiento de las mayorías. Esta separación ha creado una sociedad de "redes sin sujetos", donde las decisiones técnicas se toman al margen de las memorias colectivas.
La consecuencia de esta escisión es la aparición de defensas identitarias agresivas. Cuando el universo instrumental es percibido como una fuerza externa y desintegradora, las comunidades tienden a refugiarse en identidades cerradas, a menudo reactivas. La violencia identitaria que Touraine vaticina surge precisamente en este punto: cuando el "Sujeto" peruano no encuentra un marco institucional que le permita ser, simultáneamente, un ciudadano del mundo globalizado y un heredero de su tradición cultural local. La nación, en este sentido, deja de ser un proyecto de vida común para convertirse en una colisión de fragmentos que no logran comunicarse.
La desprotección social y la deriva autoritaria
El riesgo de una explosión violenta en el Perú no solo proviene de la fragmentación identitaria, sino de la precariedad de los vínculos sociales frente a una economía desanclada. Karl Polanyi ofrece una advertencia sobre lo que sucede cuando una sociedad siente que su existencia está amenazada por la desregulación total y la inoperancia de sus instituciones. Polanyi (2020) señala sobre el surgimiento de estas reacciones:
El fascismo no nace de la nada; nace de una sociedad que ha perdido la fe en sus instituciones para proteger su existencia social. Cuando la democracia se convierte en un ritual vacío que no garantiza la protección de la vida cotidiana, el individuo busca refugio en formas de identidad colectiva que son agresivas y excluyentes. El fascismo es la respuesta desesperada de una sociedad que prefiere renunciar a la libertad con tal de detener el caos de una economía que ya no tiene raíces sociales. Es el intento de reconstruir la unidad nacional a través de la violencia y la negación del conflicto inherente a la vida moderna. (p. 89).En el contexto peruano, la ausencia de una red de protección social efectiva y la percepción de una corrupción sistémica han generado un vacío de autoridad que el autoritarismo pretende llenar. El riesgo no es solo la aparición de un fascismo clásico, sino de múltiples "micro-fascismos" regionales o grupales que prometen orden a cambio de la anulación del disenso. La desafección democrática en el Perú es el resultado de una economía que ha operado sin raíces sociales, dejando al individuo desprotegido ante las fluctuaciones del mercado y la ineficacia del Estado.
La reflexión polanyiana sugiere que el peligro de disolución nacional es una respuesta a la "gran transformación" inconclusa del país. Si la sociedad percibe que la unidad nacional es solo una etiqueta que encubre la explotación o el abandono, el lazo social se rompe. La tentación autoritaria, entonces, no aparece como una anomalía, sino como un mecanismo de autodefensa social, aunque este sea destructivo para la libertad y la diversidad.
Hipótesis: ¿Federalicemos al Perú? Una vía para la “peruanización del Perú”
Dada la profundidad de las fracturas analizadas y el choque de estratos temporales, cabe plantear una hipótesis de reforma estructural: el tránsito hacia un Estado Federal. El modelo unitario, centralista y homogeneizador parece haber agotado su capacidad de mediación en una nación multitemporal. La federalización se presenta no solo como una salida técnica, sino como la posibilidad de, finalmente, "peruanizar" el Perú.
Durante dos siglos de vida republicana, el Estado ha operado como una estructura artificial, superpuesta a una realidad social que le resulta ajena. Federalizar el país implica reconciliar la institucionalidad política con la nación real; es decir, dejar de forzar al Perú a entrar en el molde estrecho del centralismo limeño para permitir que el Estado adopte la forma múltiple y compleja de sus regiones. En este sentido, federalizar es peruanizar: es dotar de carta de ciudadanía a las diversas formas de habitar el territorio que han sido históricamente marginadas por el universo instrumental de la capital.
En primer lugar, un Perú federal permitiría una auténtica sincronización local. Esto supone que cada región posea la autonomía necesaria para gestionar su propio tiempo histórico y social, adaptando la normativa nacional a su realidad cultural y lingüística específica. De este modo, se eliminaría la fricción constante con el centro administrativo, permitiendo que la ley deje de ser una imposición abstracta para convertirse en una herramienta pertinente a la vida cotidiana de las comunidades.
Asimismo, esta estructura facilitaría el reconocimiento del sujeto regional. Siguiendo la premisa de Touraine, el federalismo devolvería a las comunidades locales la capacidad de constituirse en sujetos de su propio desarrollo. Al vincular de manera orgánica el ámbito instrumental de la gestión de recursos con el universo simbólico de la identidad local, se evita la alienación que produce el modelo centralista, permitiendo que el progreso técnico no signifique la aniquilación de la memoria histórica.
Finalmente, la federalización actuaría como un mecanismo de mitigación de la asimetría semántica. Al descentralizar el poder, el concepto de enemigo koselleckiano, basado en la superioridad temporal o civilizatoria del centro sobre la periferia, se diluye. El "otro" regional dejaría de ser una amenaza que debe ser controlada o civilizada por una metrópoli ilustrada, para transformarse en un par dialógico que gestiona su propio destino bajo un pacto de respeto mutuo y soberanía compartida.
La federalización no es una garantía de paz absoluta, pero sí un mecanismo para institucionalizar el conflicto y la diversidad. Al peruanizar el Estado a través de la descentralización del poder, se ofrece un canal para que las diversas temporalidades del Perú coexistan sin anularse. Si no se avanza hacia este reconocimiento real, el riesgo de que el país explote bajo el peso de sus asimetrías temporales dejará de ser una preocupación académica para convertirse en la crónica de una disolución inevitable.
Referencias bibliográficas
Koselleck, R. (2004). Historias de concepto: Estudios sobre semántica y pragmática del lenguaje político y social. Universidad Nacional Autónoma de México.
Polanyi, K. (2020). La naturaleza del fascismo. Virus Editorial.
Touraine, A. (1997). ¿Podremos vivir juntos? La discusión pendiente: El destino del hombre en la aldea global. Fondo de Cultura Económica.










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