El país que no queremos escuchar
- Rafael de la Piedra Seminario

- hace 21 horas
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El resultado de la primera vuelta electoral en el Perú no solo nos ha dicho quiénes pasarán a la segunda vuelta. Nos ha dicho algo más incómodo: nos ha mostrado el rostro de un país fragmentado, desconfiado, emocionalmente agotado y muchas veces incapaz de mirarse a sí mismo.
Keiko Fujimori y Roberto Sánchez disputarán la presidencia el próximo 7 de junio, después de una elección marcada por una dispersión extrema del voto. Fujimori obtuvo alrededor del 17% y Sánchez cerca del 12%, en un proceso con 35 candidaturas. Más del 70% de los votantes eligió una opción distinta a los dos finalistas. Ese dato debería bastar para detenernos. No estamos ante un país políticamente convencido, sino ante un país disperso, golpeado y sin una narrativa común.
La tentación, sin embargo, es siempre la misma: culpar a los otros. Los otros son los ignorantes, los resentidos, los caviares, los rojos, los fujimoristas, los conservadores, los pobres, los ricos, los limeños, los provincianos, los cholos, los pitucos. Cada sector parece tener su propio enemigo moral. Y cuando una sociedad necesita convertir al otro en culpable para justificar sus propias posturas, algo profundo se ha quebrado. Ya no discutimos ideas, principios o proyectos de país. Buscamos, más bien, confirmar nuestros prejuicios.
En estos días ha vuelto a aparecer el fantasma del fraude. No apareció como una denuncia sustentada en pruebas claras y concluyentes, sino como una reacción emocional frente a un resultado difícil de aceptar para una parte del país. El entonces candidato de Renovación Popular denunció fraude y pidió anular la elección; sin embargo, el Jurado Nacional de Elecciones declaró los resultados como finales, mientras que distintos medios nacionales e internacionales han señalado que las acusaciones no han sido acompañadas por evidencia suficiente para sostener la existencia de un fraude sistemático.
Esto no significa negar que hubo problemas logísticos, demoras, desorden administrativo y fallas que deben corregirse con seriedad. La transparencia electoral no puede relativizarse. Pero una cosa es exigir eficacia, fiscalización y claridad institucional, y otra muy distinta es incendiar la confianza pública sin pruebas suficientes. En un país donde las instituciones ya son frágiles, jugar irresponsablemente con la sospecha puede terminar siendo más destructivo que el propio resultado electoral.
El problema, por supuesto, no es solo electoral. Es también moral, social y cultural. El Perú lleva décadas creciendo a fuerza del pulso de su gente: del trabajo informal, del emprendimiento popular, del sacrificio cotidiano, de las madres que sostienen hogares, de los jóvenes que estudian y trabajan, de los migrantes internos que levantaron ciudades, mercados y barrios enteros. Pero ese crecimiento no ha producido necesariamente comunidad. Hemos avanzado en algunas cifras, pero seguimos conviviendo con heridas aún abiertas: desigualdad, racismo, centralismo, abandono estatal, informalidad y una profunda desconfianza hacia las instituciones.
Según el INEI, la pobreza monetaria alcanzó al 25,7% de la población peruana en 2025. Es cierto que hubo una reducción frente al año anterior, pero sigue siendo un número durísimo: uno de cada cuatro peruanos vive en situación de pobreza monetaria. En el área rural, la pobreza llegó al 35,5%. ¿Cómo pedirle serenidad democrática a una sociedad que siente, con razones concretas, que el Estado llega tarde, llega mal o simplemente no llega?
Por eso es tan superficial decir que “los pobres son pobres porque quieren”. Esa frase no solo es cruel; es también intelectualmente pobre. Desconoce las desigualdades estructurales, la precariedad educativa, las brechas territoriales, la falta de servicios básicos y el abandono histórico de muchas regiones. Pero también sería simplista sostener que toda frustración social justifica cualquier aventura política. La pobreza no puede ser usada como excusa para el autoritarismo, así como el miedo al desorden no puede ser usado como excusa para entregar la democracia a quienes prometen mano dura sin reformas profundas.
La segunda vuelta nos coloca ante dos opciones que no entusiasman a una parte importante del país. De un lado, Keiko Fujimori postula por cuarta vez a la presidencia. Su candidatura carga con el peso histórico del fujimorismo: una tradición política que muchos asocian con eficacia y orden, pero también con graves sombras democráticas, denuncias de corrupción, autoritarismo y una forma de ejercer el poder que ha condicionado durante años la vida política peruana. Su discurso actual apela con fuerza al miedo, especialmente frente a la inseguridad ciudadana. Ese miedo es real y no puede ser minimizado. Pero la pregunta sigue siendo si basta el miedo para construir un país.
Del otro lado, Roberto Sánchez aparece como un candidato astuto, capaz de recoger símbolos ajenos y convertirlos en capital político. Su cercanía discursiva con sectores de izquierda radical y su propuesta de reformas profundas despiertan esperanzas en algunos sectores históricamente excluidos, pero también temores legítimos en otros. Su mayor debilidad, sin embargo, está en el terreno económico. Más allá de las consignas de cambio, su propuesta no termina de ofrecer una ruta clara, coherente y técnicamente sólida para enfrentar la pobreza, la informalidad, la inversión paralizada y la precariedad del empleo.
La revisión de contratos mineros, la reforma constitucional y la promesa de indultar a Pedro Castillo no pueden leerse únicamente como gestos electorales; son señales políticas que pueden afectar la confianza institucional y económica del país. El Perú necesita reformas profundas, pero también necesita estabilidad, inversión, empleo y responsabilidad fiscal. Sin ese equilibrio, el discurso de transformación puede terminar convirtiéndose en una nueva fuente de incertidumbre para los mismos sectores que dice representar.
Y aquí aparece el gran problema peruano: no sabemos discutir sin convertirnos en enemigos. El Perú parece condenado a elegir desde el miedo: miedo al comunismo, al fujimorismo, al autoritarismo, al caos, al otro. Pero el miedo nunca ha sido buen consejero. Puede advertirnos de peligros reales, pero no puede ser el fundamento de una república. Un país no se construye únicamente desde el temor; se construye desde un horizonte compartido.
La polarización no consiste simplemente en que existan opiniones distintas. La democracia necesita diferencias. El problema aparece cuando la diferencia se transforma en desprecio. Cuando ya no decimos “pienso distinto”, sino “tú eres el problema del país”. Cuando ya no debatimos propuestas, sino identidades. Cuando el voto del otro se interpreta como ignorancia, maldad o amenaza. En ese momento, la política deja de ser búsqueda del bien común y se convierte en guerra simbólica.
¿Qué debemos pedir entonces a los políticos? No solo promesas. No solo planes de gobierno escritos para cumplir con un requisito formal. No solo frases emocionales para ganar votos. Debemos pedirles responsabilidad histórica. Que no conviertan el resentimiento en combustible electoral. Que no usen la pobreza como bandera vacía ni la inseguridad como cheque en blanco. Que sean capaces de decir la verdad, incluso cuando esa verdad no sea popular.
Pero también debemos pedirnos algo a nosotros mismos. La política no se degrada solo por culpa de los políticos. También se degrada cuando los ciudadanos renunciamos a pensar, cuando compartimos mentiras porque confirman lo que queremos creer, cuando insultamos antes de escuchar, cuando reducimos al otro a una caricatura. El Perú no necesita ciudadanos mudos, pero sí necesita ciudadanos capaces de detenerse un momento para escuchar.
Escuchar no significa estar de acuerdo. Significa reconocer que el otro también tiene una historia, una herida, un miedo y una razón desde la cual mira el país. Tal vez el primer acto verdaderamente democrático sea ese: escuchar al otro desde sus propias categorías. No desde nuestra pretendida superioridad moral. No desde nuestras cuatro cómodas paredes. No desde una Lima que mira al resto del país como si fuera un territorio ajeno, ni desde una provincia que mira a todo limeño como si fuera indiferente o insensible.
Escuchar para comprender. Comprender para discutir mejor. Discutir mejor para construir algo juntos y, así, proyectarnos al futuro. Porque quizá el país que más necesitamos no es el país que grita más fuerte, sino aquel que es capaz de escuchar.
Fuentes consultadas
Associated Press. “Peru's electoral board confirms June 7 presidential runoff with Fujimori and Sánchez”. 2026. https://apnews.com/article/288f3772df67d8fea900efc2cab0f1ac
Associated Press. “A political dynasty heiress and a former trade minister advance to Peru's presidential runoff”. 2026. https://apnews.com/article/62e0ed6d309530e9138a06254e2995f3
Reuters. “Peru electoral body pledges to fix voting 'flaws' ahead of June presidential runoff”. 2026. https://www.reuters.com/world/americas/peru-electoral-body-pledges-fix-voting-flaws-ahead-june-presidential-runoff-2026-05-17/
Reuters. “Keiko Fujimori leans on father's legacy as crime fears shape Peru runoff”. 2026. https://www.reuters.com/world/americas/keiko-fujimori-leans-fathers-legacy-crime-fears-shape-peru-runoff-2026-05-19/
Instituto Nacional de Estadística e Informática — INEI. “Pobreza monetaria alcanzó al 25,7% de la población en el Perú durante el año 2025”. 2026. https://www.gob.pe/institucion/inei/noticias/1387366-inei-pobreza-monetaria-alcanzo-al-25-7-de-la-poblacion-en-el-peru-durante-el-ano-2025
El País. “Un mes después, Perú define su segunda vuelta: Keiko Fujimori y Roberto Sánchez competirán por la presidencia el 7 de junio”. 2026. https://elpais.com/america/2026-05-15/un-mes-despues-peru-define-su-segunda-vuelta-keiko-fujimori-y-roberto-sanchez-competiran-por-la-presidencia-el-7-de-junio.html










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