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Neofascismo y crueldad: destruir a la compasión



Como continuación de las reflexiones desarrolladas en el ensayo “Hacia un experimento neofascista”, el presente texto examina el modo en que el radicalismo político contemporáneo, articulado con la insensibilización técnica y la desregulación económica, busca desmantelar el tejido comunitario de la compasión. Se analiza la metamorfosis de la derecha tradicional, la instrumentalización del discurso religioso y el ataque a las vertientes críticas del cristianismo. A través de la antropología filosófica y la teoría crítica, se exponen los dispositivos de violencia sistémica que amenazan los fundamentos normativos del orden democrático.


La destrucción deliberada de la compasión constituye un imperativo estratégico para el proyecto neofascista, en tanto la empatía comunitariamente articulada representa el principal obstáculo ético contra la naturalización de la jerarquía y la violencia social. La compasión no opera aquí como un mero sentimiento subjetivo o una piedad pasiva, sino como una categoría política que visibiliza la vulnerabilidad compartida y exige la restitución de la justicia.


En este marco, el ataque sistemático contra el cristianismo crítico resulta indispensable para la hegemonía autoritaria: al intentar desmantelar una tradición teológica que concibe la fe como compromiso profético y fraternidad incondicional, el neofascismo busca privar a la sociedad de una reserva moral insustituible, capaz de impugnar tanto la mercantilización de la existencia como la deshumanización del adversario.


Adiós a la derecha


El escenario político contemporáneo atraviesa una transformación contundente y vertiginosa: la paulatina desaparición de la derecha tradicional. Aquella corriente de corte conservador e institucional que durante décadas defendió el orden republicano, el libre mercado sujeto a reglas claras, la separación de poderes y el valor formal de las leyes ha sido desmantelada desde su propio interior. En su lugar ha emergido un neofascismo agresivo que no busca la preservación del sistema democrático ni la contención prudente del cambio social, sino la ruptura institucional y la polarización absoluta. Este fenómeno no representa una simple evolución conceptual dentro del espectro conservador, sino la captura definitiva y el desplazamiento de los viejos cuadros institucionales por parte de facciones marcadamente radicales.


La eficacia ideológica de este nuevo movimiento radica en un anti izquierdismo febril, sustentado en un anticomunismo anacrónico y un antiliberalismo feroz, a través de los cuales se desata una verdadera cacería de brujas conceptual. Bajo esta mirada inquisitorial, cualquier matiz de pensamiento crítico o de apelación a la justicia distributiva es catalogado sumariamente como una amenaza subversiva. El estigma ya no cae únicamente sobre las organizaciones de izquierda, sino que se extiende con severidad hacia la socialdemocracia, el socialismo democrático, el pensamiento demócrata cristiano e incluso el liberalismo clásico. Todo aquel que defienda la vigencia inalienable de los derechos humanos, el equilibrio de poderes o la necesidad de políticas públicas de protección social es etiquetado como enemigo del orden, anulando de facto cualquier espacio para la moderación, el consenso o la deliberación racional en la esfera pública.


El alcance de esta corriente no se limita a las esferas del poder formal ni a las cúpulas partidarias; su verdadero triunfo reside en su capacidad de penetración social y transversal. El neofascismo ha logrado articularse con éxito en los sectores altos, medios y populares. En las élites económicas encuentra respaldo corporativo gracias a un discurso de desregulación salvaje y punición social; en los sectores medios, explota el temor frente a las transformaciones culturales y la incertidumbre económica; y en las grandes mayorías precarizadas, logra canalizar el malestar, el desencanto institucional y el resentimiento acumulado.


Asistimos, de este modo, al fin de la derecha convencional: desmantelada por un radicalismo que devoró sus bases doctrinarias e institucionales, dejando el espacio público a la intemperie de un discurso coercitivo que reconfigura las reglas básicas de la convivencia democrática. La hegemonía de este nuevo radicalismo no se agota en la captura de las estructuras partidarias ni en la desactivación de la derecha moderada. Para afianzar su dominio, requiere colonizar los referentes morales de la sociedad, un proceso que choca inevitablemente con las reservas éticas más profundas de la tradición cultural.



Un cristianismo incómodo


En su afán de legitimación sociocultural, el neofascismo contemporáneo recurre de manera constante a símbolos, retóricas y consignas de matriz cristiana. Sin embargo, esta apelación no constituye una revitalización de la fe, sino una instrumentalización ideológica que exige la neutralización de su núcleo ético. Para consolidar su dominio, el neofascismo necesita construir un cristianismo a su medida: una versión despojada de exigencia profética, como bien a señalado Gonzalo Gamio (2026), replegada en un moralismo individualista y volcada hacia la defensa de un tradicionalismo identitario. En esta operación se explica el ataque sistemático que los sectores neofascistas dirigen hoy contra el cristianismo crítico, tanto en el ámbito católico como en el evangélico.


Aquellas comunidades, teólogos, pastores u obispos que recuerdan la opción preferencial por los vulnerables, la defensa de los migrantes, la crítica a la idolatría del dinero o la exigencia de justicia social son tachados de «infiltrados» o «comunistas». El neofascismo no tolera un cristianismo que cuestione la estructura del poder; requiere una fe privatizada, reducida al cumplimiento de normas de conducta individual y alineada con los imperativos del libre mercado y el autoritarismo estatal.


Desde el punto de vista de la antropología filosófica cristiana, esta reducción individualista constituye una falsificación ontológica de la fe. La ética cristiana no es individualista ni puede ser asimilada a un mero código moral personal; es, por definición y estructura, intrínsecamente comunitaria. Esta afirmación no responde a una postura ideológica coyuntural, sino a las premisas fundamentales del pensamiento cristiano sobre la naturaleza del ser humano. La filosofía de raíz cristiana —desarrollada por autores como Jacques Maritain, Emmanuel Mounier o Romano Guardini— establece una distinción crucial entre el «individuo» y la «persona».


Mientras el individuo remite a la unidad atómica, replegada sobre sí misma y definida por el egoísmo o la autopreservación, la persona se define por su dignidad inalienable y su apertura constitutiva hacia el otro. La persona humana no existe en el aislamiento, sino en la relación; su realización es inviable en la soledad egoísta, pues requiere de la alteridad y de la articulación comunitaria.


Esta naturaleza relacional encuentra su fundamento teológico en la doctrina del Imago Dei y el misterio trinitario. En la teología cristiana, Dios no es una mónada solitaria, sino una comunión de personas. Por consiguiente, si la esencia divina es comunión, la impronta divina en el ser humano implica que la dimensión social no es un añadido accesorio ni un contrato posterior, sino una dimensión constitutiva de la existencia.


A esto se suma la eclesiología del Cuerpo Místico o koinonía, expresada en la metáfora paulina donde todos los miembros de la comunidad son interdependientes. Si un miembro sufre, todo el cuerpo se resiente. La ética cristiana proscribe la indiferencia ante el dolor ajeno, pues la salvación y la santificación se desenvuelven en la historia y en el tejido de las relaciones sociales, no en la abstracción de una piedad desvinculada del prójimo.


Ahora bien, resulta indispensable precisar, con rigor analítico, por qué este comunitarismo cristiano es radicalmente distinto del comunismo político. Confundir ambos términos es una falacia interesada del discurso neofascista para estigmatizar la doctrina social y el compromiso evangélico por la justicia.


En primer lugar, difieren en su fundamento ontológico: mientras el comunismo histórico de matriz marxista se basa en el materialismo histórico y el determinismo de la lucha de clases, el comunitarismo cristiano se fundamenta en la trascendencia, la dignidad espiritual intrínseca de la persona y la posibilidad de la fraternidad universal.


En segundo lugar, respecto de la relación entre fines y medios, el colectivismo estatal corre el riesgo de instrumentalizar a la persona en favor del Partido o del Estado; para el cristianismo, la persona es siempre un fin en sí misma, e inviolable frente a cualquier poder terrenal.


Finalmente, en el mecanismo de cohesión social, mientras el comunismo confía la transformación a la coacción estatal y la abolición de la propiedad, el comunitarismo cristiano articula la solidaridad con la subsidiaridad, reconociendo la propiedad privada, pero subordinándola a su función social y al destino universal de los bienes. La neutralización de esta antropología comunitaria deja el terreno despejado para que la lógica mercantil y el utilitarismo técnico configuren, sin contrapesos morales, las relaciones materiales de la sociedad.


La economía de la crueldad


La alteración del fundamento ético y la deconstrucción de las mediaciones comunitarias convergen en la consolidación de lo que cabe denominar una auténtica “economía de la crueldad”. Si la violencia del sistema no brota únicamente de una maldad individual intencionada, ¿a través de qué mecanismos se transmite, se ejecuta y se justifica en la toma de decisiones cotidianas? La respuesta se encuentra en los procesos de socialización académica y profesional de los cuadros técnicos encargados de diseñar y administrar las políticas económicas. La formación universitaria dominante en las ciencias económicas ha construido un sofisticado dispositivo de insensibilización moral que entrena a los estudiantes para distanciar el análisis formal del impacto humano que producen sus prescripciones.


Este adiestramiento en la “crueldad fría” u objetiva opera, en primer lugar, a través de la supremacía de la abstracción matemática sobre la realidad social. En las aulas de economía, los dramas concretos de la existencia —el desempleo, la pérdida de la vivienda, la imposibilidad de acceder a medicamentos, la desnutrición infantil— son velozmente traducidos a un lenguaje cuantitativo desprovisto de carne y sufrimiento. El dolor social se reconvierte conceptualmente en “pérdida irrecuperable de eficiencia”, «coste de ajuste», «fricción en el mercado laboral» o «variable de desequilibrio macroeconómico». Esta mediación lingüística y formalizadora no es una simple herramienta metodológica neutra; actúa como una auténtica anestesia ética. El futuro profesional es capacitado para manipular ecuaciones y modelos donde las decisiones que destruyen trayectorias vitales completas quedan despojadas de su dimensión trágica.


En segundo lugar, la pedagogía económica ortodoxa inculca una ontología reduccionista mediante la absolutización del homo oeconomicus. Al presentar al ser humano como un agente movido de forma exclusiva por el cálculo egoísta y la maximización del beneficio individual —y al catalogar este comportamiento no como una hipótesis teórica, sino como la manifestación única de la racionalidad—, se produce una deformación normativa de la conducta. Bajo esta premisa, la empatía, la compasión y la solidaridad dejan de ser virtudes sociales para ser leídas como sesgos irracionales, distorsiones del mercado o ineficiencias que entorpecen la asignación óptima de los recursos. Se adiestra al estudiante para inhibir la respuesta compasiva, convenciéndolo de que la frialdad emocional y la distancia crítica frente al dolor ajeno constituyen la prueba irrefutable de su rigor científico.


A esta construcción antropológica se suma la inculcación de una ética del sacrificio amoral. La formación económica está imbuida de un utilitarismo simplificado donde la consecución de ciertos agregados macroeconómicos —el crecimiento del PIB, la contención de la inflación, el equilibrio fiscal— justifica los «costes colaterales» que deban pagarse en el camino. Al profesional en formación se le enseña a razonar en términos de trade-offs inevitables: para alcanzar la estabilidad o la competitividad internacional, se asume como “necesario” reducir el gasto en protección social, precarizar las condiciones de trabajo o postergar las demandas de justicia ambiental. La crueldad se reviste así de un halo de madurez técnica y responsabilidad trágica; el economista se concibe a sí mismo como un ejecutor realista que asume la amarga tarea de administrar el sufrimiento de los más vulnerables en favor de una abstracción futura.


Por último, esta disciplina se presenta a sí misma como un saber técnico, objetivo y aséptico, homologable a las ciencias naturales o la ingeniería. Al separar radicalmente la economía de la filosofía política y de la ética, se despoja al técnico de las categorías analíticas requeridas para evaluar las consecuencias normativas de sus decisiones. Cuando las políticas presupuestarias o las reformas estructurales se perciben como «soluciones técnicas inevitables» impuestas por la realidad y no como elecciones políticas que distribuyen poder, riqueza y dolor, el profesional queda eximido de toda responsabilidad moral. Se configura así una subjetividad burocrática en la que el individuo opera como un engranaje administrativo que aplica algoritmos de política pública sin experimentar perturbación ética alguna ante los estragos sociales que sus modelos provocan.


Esta dimensión pedagógica se engarza con la anatomía de la violencia sistémica que el modelo proyecta sobre el tejido social. La Teoría Crítica ha analizado cómo la expansión del valor de cambio sobre todas las esferas de la existencia produce una reificación o cosificación generalizada. Cuando la lógica de la mercancía coloniza los cuidados, la educación, la salud y la cultura, las personas dejan de relacionarse como sujetos de derechos y pasan a vincularse como objetos de transacción. La crueldad sistémica reside en esta degradación ontológica: la vida vale en la medida en que resulta útil para la reproducción del capital. Quien no genera rentabilidad es arrastrado hacia la irrelevancia.


Desde la filosofía política contemporánea, esto se traduce en una gobernabilidad biopolítica que administra el descarte social. El mercado distribuye cuotas de supervivencia y vulnerabilidad; la marginalidad, el abandono de la ancianidad o la degradación ambiental son tratados como «externalidades» inevitables. Finalmente, el capitalismo tardío traslada la violencia coercitiva al interior de la subjetividad mediante la narrativa de la meritocracia y el «emprendimiento de sí mismo».


El sujeto es obligado a concebirse como responsable único de su éxito o su ruina. Las fracturas del sistema son reinterpretadas como fallas personales, derivando en epidemias de ansiedad y agotamiento. La crueldad ya no requiere un capataz externo: el propio individuo se exige y se castiga, transformando el dolor estructural en una patología privada. Cuando la insensibilización técnica del administrador se ensambla con la violencia estructural del mercado y la deriva autoritaria del neofascismo, la crueldad deja de ser un exabrupto coyuntural para erigirse en el principio articulador del orden social.



La erosión del pacto democrático y la exigencia de una reconstrucción ética


El análisis coordinado de la metamorfosis política de la derecha, la distorsión del mensaje cristiano y la consolidación de la economía de la crueldad permite dimensionar la gravedad de la coyuntura contemporánea. No nos encontramos ante una simple fluctuación del ciclo electoral, sino ante la erosión sistemática de los fundamentos normativos que hicieron posible la convivencia civilizada y la contención del autoritarismo en las sociedades modernas.


El desmantelamiento de la derecha conservadora institucional dejó a la democracia republicana sin uno de sus diques de contención tradicionales. Al asumir el lenguaje y las prácticas del radicalismo neofascista, las élites políticas y financieras optaron por instrumentalizar el malestar social en lugar de canalizarlo democráticamente. En paralelo, la tentativa de adiestrar a la fe religiosa para despojarla de su exigencia de justicia busca privar a la comunidad de una de sus reservas morales más persistentes contra la deshumanización. Cuando a este panorama se suma una tecnocracia económica entrenada para la insensibilidad, la crueldad pasa a ser naturalizada como la única forma viable de gestión pública.


Frente a esta intemperie ética, la tarea prioritaria del pensamiento crítico y la filosofía política consiste en desmontar la supuesta inevitabilidad de este orden de cosas. Esto exige recuperar la densidad de la noción de persona humana frente a la atomización individualista, restituir la primacía del bien común y la solidaridad comunitaria, y reafirmar la vigencia incondicional de los derechos humanos como el límite infranqueable ante cualquier pretensión de poder. Superar la seducción del neofascismo y la frialdad de la economía de la crueldad no será posible únicamente mediante la disputa por la gestión del Estado, sino a través de una profunda reconstrucción cultural capaz de demostrar que la valía de una sociedad se mide por su capacidad para proteger a sus miembros más vulnerables y sostener la vida común sobre las bases de la justicia y la dignidad compartida.


Referencias


Adorno, T. W. y Horkheimer, M. (1998). Dialéctica de la Ilustración: Fragmentos filosóficos. Madrid: Trotta.

Foucault, M. (2007). Nacimiento de la biopolítica: Curso en el Collège de France (1978-1979). Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Gamio Gehri, G. (2026). El sentido profético: memoria, justicia y religión. Fondo Editorial de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya; Instituto de Desarrollo Humano de América Latina - PUCP.

Guardini, R. (1962). Mundo y persona: Ensayos sobre una teoría del hombre. Madrid: Guadarrama.

Maritain, J. (1947). La persona y el bien común. Buenos Aires: Desclée de Brouwer.

Mounier, E. (1976). El personalismo. Madrid: PPC Editorial.

Polanyi, K. (2011). La gran transformación: Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Stanley, J. (2019). Fascismo: Cómo funciona. Barcelona: Ariel.

Traverso, E. (2018). Las nuevas caras del fascismo. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.


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