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La presidenta y el cardenal




El día del cambio de mando, el discurso de la presidenta comenzó a circular por algunas redes antes de que llegara vestida de traje azul al parlamento. Su costurera se inspiró en los populares vestidos de los primeros números de la revista Burda. Pero era con el color con el que se sentía resguardada: sumado a la banda presidencial, los colores la llevaban hasta la bandera de su querido y poderoso país del norte. No hizo falta una estrella para notarlo, dijeron sus espectadores. La presidenta había esperado a que el cardenal terminara la primera misa oficial, para acercarse al parlamento. 


A pesar de los rumores, nadie quiso informar si el cardenal pudo acceder al discurso de la presidenta antes de diseñar su misa (no su vestido, dado la rigurosidad eclesiástica). No obstante, los espectadores sagaces de la ceremonia del cambio de mando cuentan que reconocieron frente a sus disímiles pantallas la directa y simétrica oposición entre el discurso de la presidenta y del cardenal, de manera que levantó sospechas y corrió el rumor de haber estado el uno al tanto del otro. Bastó que la presidenta adornada con anteojos apelara lentamente a la sabiduría y fortaleza de su dios para estar al servicio del país, para que los atentos espectadores recordaran de inmediato al cardenal comenzando su homilía pidiendo que no se hablase de su dios ni se usaran las religiones con fines políticos. Los espectadores sonrieron.


El cardenal, también sagaz por cierto, cambió el pasaje del Evangelio del día, pues el que tocaba leer durante la misa oficial resultaba sumamente violento. No le daría de comer a los comunistadores ni a los terruqueadores, acordaron en su iglesia. Cómo leer ese preciso día, se preguntaban todos formando un círculo de sillas, si el pasaje indicado por su milenaria institución eclesial se trataba de la célebre parábola de la cizaña, que hace del corrupto un ser diabólico, al que hay que quemar. Los colegas le habían advertido, de acuerdo con los empleados de su arquidiócesis que filtraron sigilosamente la información, que la descripción era tan cruel que probablemente fue la que desató desde el culto al infierno en la mitología católica medieval hasta los torcidos discursos de Abimael Guzmán: 


“Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será al fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su Reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre.”


A sabiendas de cómo ardería la consiguiente satanización del cardenal si se atrevía a leer ese pasaje antes de que la presidenta fuera reconocida protocolarmente como tal, la arquidiócesis, con mucha sabiduría, le pidió que optara por otra historia de su libro el-más-sagrado, un pasaje de Lucas que aunque se suele leer el Día de la Asunción de la Santísima Virgen María (y de la Virgen de la Asunción), resultaba más adecuado para la reflexión patriótica inexcusable. Lucas (cronista antioqueño del siglo I, reconocido santo y patrón de artistas, médicos, solteros, notarios, orfebres, cerveceros y carniceros) había sostenido en su Evangelio que María, cuando vio a su prima Isabel, la madre de Juan el Bautista, le dijo que Dios al hacer de ella, una simple pobre mujer madre de su hijo, “desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada.”


Sus colegas y espectadores coincidieron en celebrar la audacia de la propuesta cardenalicia, pues en el contexto en el que la hija y primera dama de un dictador tomara el mando, el cardenal describiría la humildad de María, una mujer que está “sirviendo” a otra mujer, débil y mayor, como una auténtica reina-madre capaz de producir un cambio revolucionario en el orden de las cosas: los más poderosos tendrían que ponerse en el camino de la justicia –dijo finalmente el cardenal– hacia “los maltratados, ignorados, asesinados, marginados y despojados. Todos aquellos a los que Dios no olvida, aunque algunos quisieran borrarlos de la historia.” No lo había terminado de leer el cardenal, cuando sus espectadores y colegas secaron sus lágrimas conmovidas. 


Pero una dolorosa denuncia, inquieta en la memoria más reciente, estaba por estallar. 

Para su discurso, la presidenta se refugió en un vocabulario paralelo al del cardenal, de manera que si ella mencionaba también a la justicia, se refería tan solo al palacio de los jueces o a su sistema judicial. De los excluidos, sólo hasta los ignorados llegó. Los demás enumerados por el cardenal quedaron diluidos bajo la palabra pobreza, que en el discurso presidencial era el opuesto a riqueza, resultado de un país en abandono. Cuando lo dijo, sus séquitos la aplaudieron. No existía en su discurso un país dividido por el maltrato como denunció el atrevido cardenal. Su labor de presidenta, oyeron sus espectadores, no sería la reconducción hacia un país justo, sino al despertar económico de su país. Anunció que era portadora de un método para ello: muy ordenada, enumeró un conjunto de objetivos (menor a diez) para que el trabajador y el empresario pudieran reactivar la economía de todo su país.


Prometió que jóvenes y ancianos accederían a viejos programas que habían sido clausurados por sus altos niveles de corrupción y que su reinado (para que ocultarlo, señalaron sus espectadores) realizaría campañas de infraestructura con gobiernos regionales y locales bajo el control de la virreina capital. Si todos ganaban más, la costumbre de protestar quedaría en un pasado muy, muy lejano, ese tiempo del que ella procuró borrar toda violencia vinculada a sus progenitores y hacer de su padre un héroe tímido y sonriente. Así que también astuta (cabe reconocerlo), como ella no deseaba distinguir entre extorsionador o comunista o terrorista al referirse al protestante, en aquella ciudad de aroma colonial, decretó que se continuaría con el convenio militar-policial que por añeja tradición se establece en contra del maltratado, ignorado, asesinado, marginado y despojado, todos aquellos que enumeró el cardenal. 


En claro desafío, para que ni los espectadores ni la presidenta perdieran la memoria, poco antes de culminar la misa, los monaguillos abrieron la lectura cuidadosamente para que el cardenal recitara el nombre y la región de cada uno de los asesinados por los últimos gobiernos, los más corruptos de su historia, gobiernos que se sucedieron gracias a la anuencia del séquito de la presidenta. 


La presidenta no escuchó el final de lo que dijo el cardenal (concluyeron sus espectadores), pues asesorada por los viejos aliados de su padre el dictador, culminó la presentación de su plan-económico-de-gobierno-para-emprendedores, convocando a una reconciliación sin mencionar a los asesinados. Deben ser temas dejados atrás, leyó lentamente la presidenta acomodándose los lentes que adornaban su rostro, para poder dialogar y mirar hacia el futuro. Su propuesta fue entonces, perder la memoria. En los pasillos del arzobispado nadie se sintió sorprendido.


El cardenal lanzó entonces su desafío exigiendo lo contario: demandó un proceso de conversión, que ayudara a reconocer “límites, pecados e incluso delitos” para luego dar lugar a “un proceso rectificador y reparador”. Porque como dice Jesús, dijo el cardenal, no se puede servir a Dios y al dinero. Tras los aplausos, la presidenta se fue a almorzar con los mandatarios de los países bajo el gobierno del país del norte. El de la bandera coloreada como la presidenta. El cardenal se sentó agotado a tomar un vino con sus colegas. Cenó frugalmente viendo la televisión. Al día siguiente, al navegar por las redes para ver cómo lo satanizaban, nunca pudo acceder a la página web de su arzobispado, mientras la presidenta saludaba a las fuerzas armadas y policiales desfilando a sus pies. Dicen los espectadores que incluso llegó a ponerse un sombrero de los encargados del orden. 





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