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Tierras en disputa: un hilo común en el Festival de Lima 2026




Una heredera italiana llega a Venezuela a vender una plantación de cacao y encuentra la casa familiar ocupada por los trabajadores que se niegan a irse. Un revolucionario derrotado en 1781 regresa a su pueblo andino y aterriza, sin saberlo, en pleno siglo XXI, donde una joven busca a su hermana desaparecida en un conflicto contra una minera. Una partera quechua hereda un oficio sagrado y sueña con abandonarlo todo por cantar en la ciudad. Tres películas, tres países, tres directores que no se conocen entre sí, y sin embargo las tres —dentro de los quince largometrajes de ficción de la Competencia Latinoamericana del FICL 2026— cuentan variaciones de la misma pregunta: qué se hereda de la tierra, y qué hace uno cuando esa herencia pesa más de lo que puede sostener.


La herencia como campo de batalla


El caso más explícito es La muerte no tiene dueño, del venezolano Jorge Thielen Armand, protagonizada por Asia Argento: Caro, criada en Italia, llega a Venezuela a vender la plantación de cacao que heredó de su padre y se encuentra con que la casa familiar sigue ocupada por los antiguos trabajadores, que no piensan irse.


Lo que empieza como un trámite inmobiliario deriva en una historia de despojo colonial que, según ha dicho el propio director, tardó seis años en filmarse porque, en sus palabras a la prensa en Cannes, "cada película que se hace en Venezuela puede ser la última". La cinta se estrenó en la Quincena de Cineastas de ese festival en mayo, entre lecturas que la compararon con el cine colonial de Claire Denis.


Algo estructuralmente parecido —aunque filmado en un registro completamente distinto— ocurre en La anatomía de los caballos, ópera prima del peruano Daniel Vidal Toche. Ángel Pumacahua, derrotado en la rebelión de Túpac Amaru en 1781, huye a su pueblo andino y, al llegar, se encuentra transportado al siglo XXI: un meteorito acaba de estrellarse cerca, y ahí conoce a Eustaquia, una joven pastora que busca a su hermana gemela desaparecida en el contexto de un conflicto contra una empresa minera.


La película —coproducción entre Perú, España, Colombia y Francia, estrenada primero en Karlovy Vary— usa el choque de dos siglos para hacerse una pregunta incómoda: si la lucha de Túpac Amaru contra la Corona española sigue, dos siglos y medio después, librándose contra una minera, ¿qué cambió realmente?


En un registro menos político y más doméstico, La hija cóndor, del boliviano Álvaro Olmos Torrico, plantea una variación del mismo dilema: Clara, una joven quechua que hereda de su madre adoptiva el oficio sagrado de la partería en los Andes bolivianos, empieza a soñar con irse a la ciudad a cantar. No hay despojo aquí, sino la pregunta inversa: qué se pierde cuando alguien decide no quedarse a cuidar lo heredado.


El impulso de irse


Frente a esas historias de vuelta y disputa, otro grupo de películas mira hacia el lado contrario: el de quienes quieren escapar. El tren fluvial, de los argentinos Lorenzo Ferro y Lucas A. Vignale, sigue a Milo, un niño de nueve años en un pueblo rural que sueña con tomar un tren a Buenos Aires y fantasea con la ciudad que solo conoce por el cine. La película, estrenada en la sección Perspectives de la Berlinale en febrero, se volvió también un homenaje involuntario: Vignale murió en un accidente aéreo el 14 de junio, por lo que este es su último trabajo como director.


En Las corrientes, de Milagros Mumenthaler, el impulso de fuga es más ambiguo y menos consciente: Lina, una estilista argentina de 34 años en la cima de su carrera, salta a un río en Ginebra tras recibir un premio, no le cuenta a nadie lo ocurrido y, de regreso en Buenos Aires, empieza a manifestar un miedo físico al agua que la obliga a confrontar un pasado que creía enterrado.


Hiedra, de la ecuatoriana Ana Cristina Barragán —premiada con el guion de la sección Orizzonti en Venecia—, desplaza el tema de la tierra hacia el vínculo humano: Azucena, una mujer de treinta años con una actitud detenida en la adolescencia, se acerca a un grupo de huérfanos que están a punto de perder la única casa que conocieron cuando cumplan la mayoría de edad. Otra vez la pregunta de qué pasa cuando el lugar —o el vínculo— que sostenía a alguien deja de existir.


Acceda aquí a la programación del Festival.

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