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México sin toros



Plaza de Toros de México, la más grande del mundo, cumple 80 años en silencio debido a decreto legislativo de 2025 que permite celebración celebración sólo de corridas de toros sin sangre.


 

Las redes sociales, principalmente reels de FB -yo tengo FB y X - han iniciado una fuerte campaña de defensa de la Fiesta Brava con spots de los más variados y, hay que reconocerlo, en ciertos casos muy instructivos. Incluso nuestro diestro Andrés Roca Rey está participando de la campaña.


Lo primero que quiero decir es que yo nunca he sido taurino -tampoco lo contrario - solo he ido a Acho un día de semana o un finde sin corridas que mi viejito me llevó a conocer la plaza y me contó algunas cosas, casi no recuerdo esa visita porque era muy pequeño. Luego, abriendo el siglo XXI, fui una vez a una novillada previa a la feria de San Isidro en Madrid, convencido con dificultad con un amigo limeño, taurino, que me dijo, si aquí no vas a los Toros, ya dónde vas a ir.


El espectáculo no me gustó, hubo circunstancias agravantes. La primera era la plaza vacía en sus cuatro quintas partes. El vacío permitía escuchar algo que tal vez la plaza llena impide: al toro, sus bramidos, percibir su sed, sus intentos fallidos de escapar. La segunda, la mala calidad de la ganadería, por lo que hubo muy pocos olés y el espectáculo fue, en general, deslucido.


Ahora tenemos la batalla cultural y me disculpan si, en efecto, la refiero tanto. Es uno de mis temas predilectos y se expande día a día. Hoy Europa la libra internamente contra una supuesta invasión del Islam con la intención de aplicar la Sharia, todo esto a través de la migración musulmana. Así que la susodicha batalla cuenta con diferentes frentes.


La Fiesta Brava es uno de ellos. Ya no se trata solo de estar a favor o en contra de la Fiesta, la cuestión ha devenido en un ajuste de cuentas entre conservadores (protaurinos) y progresistas (antitaurinos). Entonces las dos cosmovisiones del mundo que hoy tienen al planeta en ascuas han encontrado en la Fiesta un escenario más para librar su enervante e inútil enfrentamiento.


 Y es curioso, porque los argumentos de los conservadores que defienden la Fiesta son básicamente liberales: “prohibido prohibir”, parecen decir, cuando este lema lo levantaron los jóvenes franceses de mayo del 68, ¡quiénes más progresistas que ellos! Los defensores de la Fiesta, además, buscan debatir, buscan explicarse, buscan enseñar, buscan explicar todos aquellos motivos por los que  viven la Fiesta como un arte fecundo que culmina con la muerte del animal, pero que, en el trayecto, va desarrollando una serie de rituales y códices complejos, íntimos y muy profundos.


En cambio, en esto los progresistas se muestran bastante autoritarios: ¡maltrato animal! ¡disfrutan con la muerte de un animal! y luego cierran el debate, y cierran también la posibilidad de abrirse ellos mismos a todo ese bagaje cultural que la contraparte quiere mostrar y compartir. Desde luego, la cancelación y la prohibición están a la orden del día. Un slogan progresista rezaba: “si no le gusta el aborto, no aborte, si no le gustan los gay no se case con uno” pues la fórmula también aplica aquí: si no le gustan los toros, no asista ¿por qué arrebatarle una tradición de siglos sino milenios a todos los demás?


El progresismo habla de inclusión: pues existe una familia taurina, y no solo consta de sus aficionados: son como los feligreses de una Iglesia, como los místicos de una religión, y constituyen también todo un entorno laboral, comercial y turístico que le da sustento a miles de personas.


Recién, por Decreto Legislativo, la Plaza de toros de México, la más grande del mundo, celebró vacía sus ochenta años, debido precisamente a esta lucha encarnizada por imponer la propia visión de la realidad a los demás, como si se tratase de la única. En el país de Jalisco existen varias especies animales amenazadas con la extinción como la vaquita marina, el ajolote, el lobo mexicano, el jaguar y el manatí pero los movimientos que procurar su preservación y defensa no son tan importantes como el que ha logrado que, al celebrar los 80 años de su fundación, la Plaza de Toros de México sea una plaza muerta, la ruina de una antigua plaza, de un viejo coliseo, como en Roma.


Podría hablar de muchas otras cosas más, como de la vida del toro de lidia, pues solo pensamos en su muerte. Es verdad que los últimos tiempos, al ver tan perseguida a la Fiesta Brava, he aprendido más sobre ella que en el resto de mi vida y, básicamente a través de las redes y de los propios taurinos defendiendo su tradición de una agresión constante que los persigue sin parar, hasta en España. Tan grande es la fuerza de la corrección política que congresistas taurinos del PSOE súbitamente han dejado de serlo y hoy son cancerberos de la Fiesta Brava: lo que valen los votos.


Prohibido prohibir entonces, que la tolerancia alcance a la Fiesta Brava y más en este país, el Perú, en el que la civilización andina adoptó al toro español a través de prácticas culturales absolutamente sincréticas y entrañables. En nuestro país, en las comunidades serranas más alejadas, el galope del toro es símbolo de un mestizaje por concluir, de una nación por concretar.   

 

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