La rebelión de los ignorantes
- Alonso Núñez del Prado Simons

- 21 nov 2025
- 5 Min. de lectura

Todo el encono patrocinado por Trump contra la cultura Woke nace del olvido y menosprecio que han sufrido las clases más necesitadas y menos educadas por el establishment político. Ese fue el caso de los obreros de las empresas de fabricación de automóviles en los Estados Unidos que de un momento a otro se quedaron sin trabajo porque los vehículos japoneses invadieron el mercado y sus empleadores tuvieron que cerrar muchas de sus plantas.
No podemos restarle responsabilidad a algunos académicos y artistas –que son los principales miembros del sector progresista (llamados caviares en el Perú y Woke en los Estados Unidos)– que pocas veces o nunca se mostraron cercanos y comprensivos con los afectados por el sistema imperante.
El sector conservador en el mundo, liderado ahora por Trump, que –entre sus pocas virtudes– cuenta con la de haberse percatado de lo antes descrito, ha aprovechado para ganar un par de elecciones y dirigir sus baterías contra ese grupo que al final es el más culto y educado. Pero que no vio venir la ficción de la polarización reinante, creada por el conservadurismo, porque no advirtió –o no quiso hacerlo– que la clase política había dejado de lado a un sector de la población para favorecer al poder económico que es el que ha gobernado occidente desdibujando lo que todavía se llama democracia, aunque tenga poco de ésta.
El desprestigio actual de la democracia, así como el crecimiento de los sectores populistas y conservadores tiene origen en una democracia que no es democrática. Si los gobiernos y parlamentos hacen lo que les parece y no lo que ofrecieron o les piden sus electores no están siendo democráticos. Más bien se han aprovechado de haber sido elegidos para desarrollar su propia agenda, con frecuencia adecuada a sus intereses personales.
La clase política estadounidense, y en general la del resto del mundo –que se autodenomina democrático– ha ido creando un sistema en que las leyes se hacen para favorecer a las grandes corporaciones, financiadoras de las campañas políticas. Y no se aprueban –salvo que la presión sea extrema– las que beneficiarían a los sectores más empobrecidos porque afectan a las primeras.
Como dijo hace muchos años Vargas Llosa, la clase dirigente peruana es ignorante (con pocas excepciones), porque no lee. En el mismo sentido, “alguna vez Raúl Porras Barrenechea enumeró nuestros defectos: uno de ellos es el odio a la inteligencia y la ilustración”[1]. Pareciera que a nuestras élites la educación y la cultura les resulta incómoda desde tiempos inmemoriales. Así las generaciones anteriores sostenían que no había que educar al indio, porque podía rebelarse.
Al ataque al sector caviar –que inició la extrema derecha– se sumó el marxismo setentero que todavía no ha procesado lo ocurrido en el mundo los últimos cincuenta años y todavía defiende a los fracasados regímenes de Cuba y Venezuela. Parece ser el resultado de haberse sentido desplazados por algunos intelectuales y artistas que merced a su educación y a la realidad pura y dura abandonaron el marxismo dogmático para asumir posiciones socialdemócratas.
La polarización es sólo una ficción creada por la extrema derecha para enfrentar a sus pretendidos enemigos, los académicos, intelectuales y artistas que abogan por minar su poder tratando de eliminar algunas de sus prerrogativas. El sector conservador está tratando de recuperar el poder que perdió en los últimos años. En otras palabras, está pretendiendo no solo defender sus prebendas, sino recuperar algunas de las perdidas. Con este fin, se escuda en posiciones religiosas cuyas instituciones los defendían en el pasado. Detrás de la afirmación de defender la familia, la propiedad y la tradición está la verdadera e inconfesada razón de preservar sus privilegios.
Las clases más pobres durante mucho tiempo han tenido poca atención de los políticos en el poder sin que los progresistas lograran revertirlo. Este sector olvidado, que tiene toda la razón de quejarse, está siendo manipulado por políticos populistas que junto con los conservadores se han inventado la historia de que el progresismo es el que ha gobernado el Perú las últimas dos décadas y es el responsable de lo que ocurre cuando, en realidad, la derecha ha perdido las elecciones, pero es la que ha gobernado, no solo los últimos veinticinco años, sino toda la república, quizá con la excepción del período velasquista. Siempre ha logrado colarse a las esferas de poder para conseguir sus fines. El Perú, en especial Lima, es una sociedad cortesana y especialista en arrimarse al poder apenas terminan las elecciones. Pueden haber dicho barbaridades del triunfador durante la campaña, pero están en el besamanos durante la ceremonia de asunción del poder.
Con frecuencia se le echa la culpa de los problemas a los inmigrantes, cuando todos sabemos que la migración es un fenómeno que tiene muchos siglos y que al final todos somos migrantes o descendientes de ellos. Se aprovechan de la ficción que son los países y estados y sus fronteras, olvidando que al final todos somos humanos y tenemos derecho a movernos libremente por el planeta. La división política moderna es historia reciente y una ficción creada por los intereses más mezquinos que son también los que organizan las guerras en que nunca participan, porque usan al pueblo al que han imbuido de un falso sentimiento patriótico que lo lleva incluso morir en los campos de batalla por intereses que están muy lejos de ser los suyos.
La pregunta es: ¿cómo salimos del embrollo? ¿Cómo desenmascaramos a los mentirosos populistas que de pronto se han sentido llenos de poder?
No resulta nada fácil responder, pero considero que la única manera es trabajar apoyando a los más necesitados a olvidados de la sociedad. A quienes los políticos han venido mintiendo y engañando a través de los años ofreciéndoles el oro y el moro en los períodos eleccionarios y luego haciendo cosas muy distintas escudados en la liberación del mandato imperativo. Supuestamente les permite actuar según su criterio y no obedeciendo los deseos de sus electores. Eso es falso. La liberación del mandato imperativo es excepcional. Solo cuando hay una objeción de conciencia o cuando el interés nacional debe primar sobre el local, pero la regla general en una democracia es que los elegidos se deben a sus electores y a las promesas que les hicieron o los deseos que deberían consultar en la llamada ‘semana de representación’ por el Reglamento del Congreso.
La única forma de quitarles la máscara a estos estafadores y populistas es trabajando abiertamente por los intereses del pueblo, entendido como los sectores menos favorecidos, los que están debajo de la línea de pobreza, los que no tienen agua, sufren hambre y carecen de acceso a la educación y a los servicios de salud.
Y ellos con sus votos les dirán que no pueden seguir mintiendo y pretendiendo seguir gobernando el país, porque lo que tenemos es el resultado de haber mantenido el poder en sus manos desde el inicio de la república, con pocas excepciones.
[1] Loayza, Luis. Ensayos. Editorial Universitaria de la Universidad Ricardo Palma. Lima, 2010. Pág. 321













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