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La narrativa negacionista y el rol del historiador

hace 23 horas
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Actualizado: hace 4 minutos




El fenómeno del negacionismo no es privativo de un solo país y viene ganando terreno en el debate público mundial. Preocupa la proliferación de voces y el impacto y llegada que tienen. Esos intentos han estado presentes en el Perú desde hace mucho, pero ahora el asunto está agudizándose.


Supuestos especialistas se presentan como reveladores de una historia oculta, poseedores de una “verdadera” versión que, según afirman, la academia ideologizada se habría encargado de esconder. Rara vez son historiadores; a veces son oradores hábiles que “predican” supuestas certezas, allí donde una seria disciplina histórica lo que ofrece son interpretaciones fundadas en fuentes y con rigor metodológico, pero siempre revisables. A veces son ministros de Educación.


Los ejemplos abundan y se repiten, con variaciones mínimas, en distintos países: antes y ahora. Los incas habrían creído en el Sol como dios único y hacedor de todas las cosas; las Indias jamás fueron colonias; las palabras “reino” y “pueblo”, escritas por los funcionarios de la Corona o por los libertadores del siglo XIX, tendrían el mismo significado que les damos hoy. Violaciones documentadas de derechos humanos serían un invento porque no existe una orden escrita que las respalde; o que lo único que hubo fue Terrorismo; que las esterilizaciones forzadas no lo fueron porque, se argumenta con cinismo, no hubo oposición expresa sino solo ausencia de consentimiento. O, como dijo el ministro Chang, que es posible educar prescindiendo de toda ideología, o narrar la historia verdadera sin interpretación. 


Detrás de estas afirmaciones hay ingenuidad intelectual e ideología. Enorme ingenuidad —en el peor sentido de la palabra— a la hora de leer un documento histórico con absoluta ignorancia de la historia conceptual. Se cree, sin la más mínima crítica, que lo escrito es automáticamente cierto, o que la ausencia de un papel prueba que un hecho no habría ocurrido. Se desconoce el principio metodológico que sostiene nuestra disciplina desde, al menos, Droysen y Dilthey: la historicidad de la historia y el historiador, la irrenunciable atención que se debe prestar al contexto del hecho investigado y del historiador que lo investiga. Se rechaza la máxima, que tanto repitieron los maestros de la Escuela de los Annales, respecto de que los documentos no hablan solos, sino hay que saber interrogarlos. Ingenuidad e ideología que omite el impacto de la hermenéutica en la disciplina histórica. Y es que toda comprensión histórica, al decir del gran Gadamer, es un acto de fusión entre el horizonte del pasado y el horizonte del presente, un ejercicio en el que la vinculación a una situación concreta “no significa en modo alguno que la pretensión de corrección que es inherente a cualquier interpretación se disuelva en lo subjetivo u ocasional (Gadamer 1999: p. 477).


La historia, conviene recordarlo, nació, desde Heródoto y Tucídides, implicada con el presente de quienes la escribían. No ha estado libre tampoco de implicancias políticas: Eric Hobsbawm señalaba que los temas que aborda la historiografía conllevan siempre “importantes funciones sociales y políticas” (Hobsbawm 1994, p.168), entendiendo, claro, la política como la preocupación por el bien común.


Al afirmar que la historia tiene íntima relación con el presente del historiador que la narra, no debe entenderse una desviación, sino parte de la misma esencia de la disciplina, no implica que la historia esté ideologizada o manipulada. Mas bien, significa que son las preocupaciones del presente las que llevan al historiador a estudiar el pasado; éste es el principal sentido de la conocida sentencia: “toda verdadera historia es historia contemporánea” de Benedetto Croce (1955, p. 13). Reinhart Koselleck, por su parte, mostró en su ensayo sobre la vieja fórmula ciceroniana —historia magistra vitae— que investigar el pasado presupone una continuidad capaz de conectar lo que fue con lo que es y con lo que vendrá: “a pesar de su singularidad, una época pasada —interrogada a tenor de su estructura— puede contener momentos de valor permanente, que aún llegan hasta nosotros” (Koselleck, 2007, 20). 


Cada obra histórica que se produzca, aunque aborde el pasado, siempre tendrá algo del presente, del contexto del historiador. Marc Bloch escribió, hace ya casi ochenta años, que captar “lo vivo” era la cualidad dominante del historiador (Bloch 1982, p. 38). Edward Carr, para más insistencia, entendía que una de nuestras tareas centrales era aumentar la comprensión que el ser humano tiene de su propio entorno (Carr 1987). Por lo dicho, resulta evidente que no hay historia sin presente, sin historiador, sin interpretación. Y ello no implica, claro está, que no se pueda comprender, o llegar a verdades. 


El comprender del historiador no puede escapar al cómo ocurre el comprender del ser humano: finito, histórico, mediado por la tradición y el lenguaje (Gadamer 1999). Accedemos a verdades no absolutas, temporales, que son un acontecer de la tradición. Comprendemos interpretando. Ése es el único tipo de verdad que puede obtener el ser humano, que es prueba y huella de su finitud y de su inmersión en la tradición. Entonces, la historicidad de la verdad -y de la interpretación- “no es ya un ámbito restrictivo de la razón y de su afán de verdad, sino que representa más bien una condición positiva para el conocimiento de la verdad. La argumentación del relativismo histórico pierde así todo fundamento real. La exigencia de un criterio para la verdad absoluta es un ídolo metafísico abstracto y pierde todo significado metodológico” (Gadamer 2000, p. 106).


Comprendemos verdades que están insertas en una tradición, en mentalidades, cosmovisiones, ideologías. Nuestro sistema de creencias, con el que ordenamos nuestro existir, nos acompaña a donde vayamos. Al interpretar comprendemos y obtenemos verdades en minúscula, revisables, pero que mientras no se descubran otras son plenamente validas.


Pero, decíamos arriba que detrás de las afirmaciones de esos que se imaginan gurús, autollamados develadores de la única verdad, hay también ideología, clarísimos convencimientos ideológicos, que, claro, los niegan. Creer que podemos erradicar la ideología de la historia, de las humanidades, de la educación, de la vida refleja un muy claro compromiso ideológico. Es la ideología del negacionismo histórico. Con la careta de mostrar supuestas verdades sin ideología, o desenterrar historias ocultas, el negacionismo no sólo persigue tergiversar información, sino un objetivo mucho más ambicioso: busca, como lo ha planteado con precisión Jason Stanley (2025), borrar el pasado para controlar el futuro.


El fujimorismo que hoy gobierna ha caminado muy al lado de la narrativa del negacionismo; negacionismo es también los innumerables ataques al Lugar de la Memoria; e, igualmente, la pretensión de una educación sin ideología declarada por Keiko Fujimori y su ministro Chang. El negacionismo ha tenido, últimamente, un exponente muy ad hoc en un lamentable artículo de Sebastião Mendonça. Esa narrativa no quiere más verdad, quiere menos memoria (Dager 2026).


Frente a ese propósito, los historiadores no podemos quedarnos tranquilos, como si el asunto no nos correspondiera. Además, los medios de comunicación deberían contribuir decididamente en implicar a los historiadores en el debate público. Ello debería ser entendido como una de las funciones legítimas del oficio, para dar un combate por la historia como hubiese querido Lucien Febvre (1975). No se trata de abandonar el trabajo solitario y profundo en archivos y bibliotecas —ese trabajo sigue siendo insustituible—, sino de comprender que sus resultados tienen una implicancia directa en la imagen que una sociedad construye de sí misma. Somos lo que recordamos, nos dice el psicólogo de la memoria José María Ruiz Vargas (2023): no somos lo que hemos sido, sino lo que recordamos, por lo que es perentorio que los historiadores asumamos el reto político de darle herramientas a la ciudadanía para que no se deje llevar por narrativas fáciles y negacionistas. El principal rol político del historiador nos dice David Motadel (2023), es ser un analista crítico frente al uso y abuso de la historia en el debate público.


Debemos seguir formando a las nuevas generaciones de historiadores con los más rigurosos métodos de investigación, la más actualizada teoría que guie sus investigaciones y también con las herramientas necesarias para dirigirse a un público amplio, para participar en el debate digital. Se requieren historiadores capaces de ejercer, con las herramientas de su tiempo —incluidas las humanidades digitales y la inteligencia artificial—, la misma vocación de verdad que sus predecesores ejercieron con la pluma y el archivo.


El negacionismo nos quiere dejar sin memoria, sin bases sólidas para seguir construyendo el sistema democrático. En ese contexto, a los historiadores peruanos nos corresponde aproximarnos al pasado —lejano o reciente— con un oído siempre empático, sin silenciar lo que de por sí resulta estridente. Con una mirada comprensiva y profundamente honesta, que destaque los méritos de nuestra historia y que, con la misma firmeza, rechace los excesos, sean aislados o sistemáticos. Y difundir, divulgar combatir en cuanta plataforma se pueda. El pasado que recordemos no tiene por qué estar en un tiempo homogéneo, debe ser, más bien, capaz de retratar nuestra rica diversidad. Un pasado así es la base indispensable de cualquier proyecto educativo masivo y de calidad con el que todavía estamos en deuda.


Bibliografía


Bloch, Marc (1982). Introducción a la Historia. México: Fondo de Cultura Económica.


Carr, Edward (1987). ¿Qué es la Historia? Barcelona: Ariel.


Croce, Benedetto. (1955). Teoría e historia de la historiografía. Editorial Nova.


Dager, Joseph (2026). “Negacionismo y Verdad” en La Otra Mirada, 23 de julio.


Febvre, Lucien (1975). Combates por la Historia. Ariel.


Gadamer, Hans-Georg (1999). Verdad y método I. Ediciones Sígueme.

------ (2000). Verdad y método II. Ediciones Sígueme


Hobsbawm, Eric (1994). “El historiador entre la búsqueda de lo universal y la búsqueda de la identidad”. Diogenes, 42.


Koselleck, Reinhart (2007). Crítica y crisis: un estudio sobre la patogénesis del mundo burgués. Madrid: Universidad Autónoma de Madrid.


Motadel, David (2023). “The Political Role of the Historian”. Contemporary European History, 32(1).


Ruiz, José María (2023). La Memoria y la Vida. Somos lo que recordamos. Debate


Stanley, Jason (2025). Borrar la historia: cómo los fascistas reescriben el pasado para controlar el futuro. Blackie Books


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