Las mujeres que daban risa

En el Perú no tenemos cifras sobre la vulnerabilidad de nuestras niñas. Al menos el Sistema de Atención Integral no comparte la información y no presenta distinción de género. Sabemos que más de la tercera parte de menores de edad vive en la pobreza, sufriendo de anemia y desnutrición crónica. Pero también sabemos que en las regiones más pobres debemos sumar que más de la tercera parte de las niñas abandonan el colegio para trabajar en el hogar, que desconocemos de cifras reales sobre cuántas son traficadas desde recién nacidas o cuántas niñas fueron violadas si no hubo denuncia, cuántas obligadas a trabajar en ciudades, separadas de sus familias. Otras cosas sí sabemos: que las cárceles peruanas están llenas de violadores y que se cuenta con el registro de las niñas embarazadas en el sistema de salud.
Sin que tanta crueldad sea suficiente, emerge desde la biopolítica evangélica, Milagros Jáuregui de Aguayo legislando para que las niñas sean invisibilizadas en el lenguaje, para que no reciban educación sexual y sean obligadas a dar a luz. Y luego crea una comisión en paralelo a la ya existente para continuar produciendo leyes que atentan contra los derechos de las niñas. Quien revisa sus leyes sabe que no contienen ninguna sustentación que cumpla con requisitos mínimos del ámbito legislativo y que tiene interés particular debido a regentar (a través de su pareja) un albergue al que el Estado deriva niñas embarazadas.
Esta senadora es realmente representante de un amplio sector de la población, que atraviesa todas las clases y etnias del país y que realmente cree que las niñas y mujeres pobres están ahí, a la mano, para distintos tipos de trabajo doméstico y rural incluida la necesaria satisfacción de la sexualidad masculina. Un desprecio de lujo a la niña del Perú.

Es posible identificar cómo esa creencia (enraizada en la costumbre) fue difundida desde el siglo XX en los medios de comunicación, en particular en la prensa, en tabloides y revistas que utilizaban el humor gráfico como una manera de idealizar o fantasear con mujeres que no sólo cumplían, sino que mejoraban el ideal de la sirvienta sensual, de la niña trabajadora, de la esposa amargada. Incluso si pensamos en el público infantil en la revista Avanzada (Lima 1956), distribuida en todas las escuelas del Perú, el personaje de Chelita de Las Aventuras de Coco, Vicuñín y Tacachito, se presentaba como la niña encargada del mantenimiento del hogar de los sacerdotes misioneros.
Diariamente en microbuses, cafés, oficinas y comedores, peluquerías y salas de espera, una peruano, una peruana sonreía al asociarlas con su suegra, consigo o su mujer. Empezaba el día con las esposas y las amantes de Serrucho, de Chépar, de Manyute. Comenzaba con una sonrisa que aliviaba reemplazar a la esposa castigadora, disciplinante, con una joven adjetivada por su exuberancia. Hoy diríamos plenamente sexualizada. El problema estaba en las mujeres, no en el hombre, tan vivo.
Ninguna mujer alguna vez trabajó como caricaturista en los tabloides o los grandes diarios de la prensa hegemónica haciendo caricatura en el siglo XX. Eran hombres quienes las dibujaban para reír. La historieta peruana fue un arte masculino década tras década. Sin duda la señora Jáuregui de Aguayo creció incorporando a esas niñas y mujeres, además de otras creencias sobre la sexualidad infantil obtenidas de su entorno religioso. Durante aquellos años, desde los boomers como ella hasta los millenials de hoy, millones de peruanas y peruanos hicimos costumbre el abrir una revista cultural de atrás para adelante y comenzar por las caricaturas y fotografías de mujeres seductoras desnudas. Se consideraba un arte erótico. Mucho se ha discutido y quizá no lo suficiente al respecto. Lo cierto es que junto a las revistas eróticas estaban los chistes que atraían con personajes como Yayita y su madre en Condorito (Santiago de Chile, 1949) o las mujeres de Hermelinda Linda (Ciudad de México, 1965).
Ese humor gráfico estuvo a la mano de niñas, de niños, de personas de todas las edades hasta terminar el siglo XX. Nos enseñaron que eso tenía gracia. Quienes lo consumimos hoy formamos parte de un tercio de la población peruana que creció con estas mujeres desfilando por nuestro imaginario, sintiendo desprecio por la sirvienta pequeñita y quechua hablante, sufriendo la depresión de la madre o el desprecio de la joven blanca y rubia que no, no jugaba con zambos. Temas culturales que requieren investigaciones, pues consecuencias hubo muchas, en la población y también en el arte del cómic, hoy tan desafiante, contracultural y con decenas de historietistas mujeres nada más en el Perú.
Pocos días atrás, durante la celebración del Día de la historieta peruana en la Casa de la Literatura, el artista Karry Carrión compartió la publicación en la que se contaba cómo en el año 1988 se formó una agrupación de historietistas que trabajaban en la prensa. Las ilustraciones que presentaban el estilo de los artistas eran todas del corte erótico utilizado en aquel entonces. Todas eran mujeres blancas ofreciendo su cuerpo. Hoy, como señaló Karry, este humor ya no se concibe; y si retornamos a pensar en la señora Jáuregui, su partido político y su ciego rechazo a la educación sexual, vemos que en muchos peruanos formados por el humor, la risa devino en discursos religiosos que han puesto la cruz con tamaña crueldad sobre las niñas y mujeres. Mucho que investigar.











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