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Causar el máximo daño posible a América Latina

hace 23 horas
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A partir de la lectura de Susan Neiman sobre el marqués de Sade, emerge una perturbadora premisa filosófica: la voluntad de infligir un daño irreversible para que el mundo jamás retorne a su cauce. Este ensayo examina cómo dicho principio destructivo se proyecta hoy en la política exterior hacia América Latina, donde el auspicio a liderazgos desmesurados y el desmantelamiento sistemático de la educación pública buscan demoler las estructuras democráticas, clausurando de modo definitivo cualquier horizonte de autonomía regional.


La metafísica de la alteración irreversible: Sade según Susan Neiman


En su estudio sobre la historia de la filosofía moral contemporánea, Evil in Modern Thought, Susan Neiman sostiene que el problema del mal —y no las disputas gnoseológicas sobre la certeza del conocimiento empírico— constituye el motor soterrado que vertebra la modernidad intelectual. En esta genealogía, el pensamiento occidental enfrentó sucesivas conmociones conceptuales: si el terremoto de Lisboa en 1755 fracturó la justificación teológica clásica al evidenciar la indiferencia de los procesos naturales frente a la justicia moral, la obra del Marqués de Sade, en las postrimerías del siglo XVIII, supuso una ruptura todavía más radical. Sade no se conformó con constatar la ausencia de una Providencia benévola; erigió el mal en principio estructurante de su doctrina, formulado con un rigor deductivo que despojó a la acción humana de toda posibilidad de enmienda o redención.


Al examinar Juliette (1797), Neiman identifica que el proyecto sadiano no responde a la transgresión pasional o al simple desahogo licencioso. Sade opera como un heredero radicalizado del materialismo mecanicista de La Mettrie y del barón d’Holbach. Su premisa de partida es estrictamente naturalista: si la naturaleza consiste en un movimiento perpetuo de generación y disolución donde la materia solo se recombina mediante la destrucción previa de las formas existentes, la conducta humana más congruente con ese orden no es la preservación solidaria, sino la participación activa en sus dinámicas de aniquilación. La compasión, la piedad o el respeto por la dignidad del semejante quedan catalogados como ficciones arbitrarias concebidas por la debilidad civilizatoria. El libertino que alcanza la lucidez filosófica actúa con deliberado cuidado, transformando el daño en una manifestación de coherencia ontológica.


La singularidad de Juliette, como subraya Neiman, radica en su ambición programática. A diferencia de las exploraciones morales precedentes, la intención confesa del marqués consistía en elaborar una obra cuya potencia disruptiva fuese de tal magnitud que causara «el máximo daño posible». Sade perseguía un objetivo cualitativo: infligir una herida tras la cual el mundo moral circundante ya no pudiera recomponerse en sus términos anteriores. Para que el daño adquiriera carácter definitivo, debía operar sobre los fundamentos mismos del juicio normativo. Al socavar las nociones de reciprocidad, alteridad y deber cívico, Juliette se propuso clausurar la plausibilidad de la inocencia y evidenciar la indefensión del pacto civilizatorio ilustrado frente a una razón instrumental desembarazada de límites éticos.


Esta teorización del perjuicio irreparable anticipa dinámicas constitutivas de la confrontación política contemporánea. Mientras la Ilustración articuló un horizonte teleológico donde la educación y la arquitectura institucional conducirían a las sociedades hacia la autonomía republicana, Sade advirtió tempranamente que la racionalidad técnica puede orientarse a la demolición sistemática de los consensos indispensables para la vida común. Cuando el objetivo de la acción política abandona la preservación de los equilibrios institucionales y adopta como fin la alteración traumática de las bases de la convivencia, la lógica sadiana se traslada del campo de la literatura filosófica a los mecanismos de dominación material. El daño deja de ser un efecto colateral del ejercicio del poder para convertirse en su metodología rectora.


Trumpismo, histrionismo y la demolición de lo político


La proyección hemisférica de esta lógica de desmantelamiento encuentra un catalizador determinante en la política exterior estadounidense configurada por el trumpismo. A lo largo del siglo XX, la diplomacia de Washington hacia América Latina respondió predominantemente a una racionalidad hegemónica clásica: la preservación de órdenes institucionales previsibles que garantizaran la inserción subordinada de las economías periféricas en los flujos comerciales y financieros del centro, complementada por acuerdos de seguridad con élites locales. La inflexión introducida por el nacionalismo transaccional de Donald Trump alteró esta premisa. La interlocución formal entre Estados ha sido desplazada por el respaldo explícito a movimientos y gobernantes de radicalidad ultraconservadora, cuya impronta discursiva y práctica de gobierno tensiona deliberadamente los marcos constitucionales de sus propias naciones.


El mecanismo contemporáneo prescinde de la estabilidad republicana. En su lugar, promueve y legitima liderazgos caracterizados por una retórica de confrontación total y por la erosión progresiva de los contrapesos normativos. En El Salvador, la administración de Nayib Bukele ha consolidado un modelo de autoritarismo punitivo donde el estado de excepción deviene régimen ordinario. La subordinación del poder judicial, la concentración de facultades en el Ejecutivo y la mediatización algorítmica de la seguridad pública desplazan el paradigma de los derechos ciudadanos hacia una lógica de tutela policial permanente. En la Argentina, la gestión de Javier Milei implementa un programa de repliegue drástico del Estado sustentado en premisas anarcocapitalistas. Su narrativa deslegitima la mediación pública, califica de aberración la noción misma de justicia social y ejecuta el desmantelamiento operativo de agencias estatales orientadas a la investigación científica, la previsión social y la integración comunitaria.


En este mismo ecosistema de impugnación radical, el escenario colombiano ofrece una manifestación elocuente a través de actores extraparlamentarios e interlocutores mediáticos como Abelardo de la Espriella. Su figura ilustra cómo la estilización histriónica del discurso jurídico y político opera como un vector de desgaste sobre la deliberación colectiva. Mediante una dramatización que combina la exhibición de opulencia individual, la espectacularización del litigio judicial y una beligerancia discursiva constante, De la Espriella encarna la transposición del debate público al registro del enfrentamiento irreductible. Su retórica recurre a un anticomunismo esquemático y a la polarización moralizante, transformando la discrepancia cívica legítima en una contienda existencial que despoja al adversario ideológico de validez como interlocutor. La eficacia de este histrionismo no descansa en su consistencia conceptual, sino en su capacidad para degradar los códigos de la deliberación democrática y profundizar el descrédito hacia los canales institucionales de resolución de controversias.


Para calibrar el impacto disgregador de estas prácticas sobre el cuerpo social, resulta indispensable recurrir a las categorías teóricas de Carl Schmitt en El concepto de lo político. Schmitt demostró que el logro fundamental del Estado moderno —el modelo clásico surgido del derecho público interestatal europeo— consistió en instaurar la paz interna, desterrando la enemistad del orden jurídico doméstico y acotando el conflicto armado a las relaciones interestatales externas. En el interior de una comunidad política pacificada no existen enemigos a muerte, sino conciudadanos y adversarios procesales regulados por normas compartidas.


La dinámica que introducen los liderazgos y portavoces de la extrema derecha contemporánea subvierte este fundamento estatal. Al trasladar la distinción existencial entre amigo y enemigo al seno de la propia sociedad civil, operan una reactivación del principio de la guerra civil intestina. En la conceptualización schmittiana, cuando la confrontación interna alcanza este grado de intensidad, las identidades políticas ya no buscan la concertación ni el equilibrio institucional, sino la neutralización del contrincante.


Más aún: esta práctica recurre a lo que Schmitt denunció como la moralización absoluta del adversario. Al catalogar al contradictor no como un opositor legal dentro de las reglas republicanas, sino como una encarnación del mal moral —sea bajo las figuras del «corrupto», el «subversivo» o el «parásito social»—, se clausura la posibilidad de un combate reglado entre adversarios legítimos en igualdad de condiciones jurídicas. La lucha deviene guerra discriminatoria de aniquilación simbólica e institucional. Una sociedad sometida a esta tensión permanente experimenta la demolición de sus mediaciones básicas: los parlamentos se tornan inoperantes, los tribunales pierden su condición arbitral y el tejido normativo queda pulverizado.


Al fragmentarse la comunidad en facciones hostiles que se desconocen recíprocamente, la unidad estatal desaparece en los hechos. Se cumple así el axioma formulado por Schmitt a partir de Thomas Hobbes: la protección mutua es el único fundamento del deber de obedecer. Aquella sociedad que deviene incapaz de garantizar por sí misma la pacificación interna y la cohesión de su soberanía política, queda indefectiblemente subordinada a la tutela y arbitrio de poderes exteriores. El daño infligido a las estructuras institucionales resulta, por ende, estructural y de difícil reparación, pues transforma naciones potencialmente autónomas en territorios atomizados, consumidos por un antagonismo fratricida que anula toda capacidad de resistencia estratégica. 


La clausura cognitiva de las autonomías nacionales


La degradación de las instituciones democráticas y la exacerbación de la enemistad civil no asegurarían por sí mismas la prolongación indefinida de esta subordinación si no se operase de manera coordinada sobre las condiciones de producción del pensamiento crítico. El componente más perdurable de esta arquitectura de dominación radica en el desmantelamiento programado de la educación pública en América Latina, espacio insustituible para la conformación de la conciencia histórica y ciudadana.


La tradición intelectual del continente —desde las formulaciones pedagógicas de Simón Rodríguez y los proyectos fundacionales de Andrés Bello y Domingo Faustino Sarmiento, hasta las propuestas liberadoras de Paulo Freire y el análisis sociológico de José Carlos Mariátegui— concibió la educación común como la condición indispensable para el ejercicio efectivo de la soberanía política. La escuela y la universidad públicas no fueron imaginadas únicamente como centros de instrucción técnica o capacitación para el empleo, sino como los ámbitos donde las mayorías sociales acceden a la apropiación reflexiva de su propia historicidad. La formación humanística proveía las categorías conceptuales necesarias para descifrar las estructuras materiales de la dependencia, problematizar la injusticia distributiva y participar activamente en la deliberación colectiva.


El desmantelamiento contemporáneo de este entramado formativo avanza en dos frentes complementarios. El primero concierne a la dimensión material: el recorte sostenido de los presupuestos estatales, el deterioro de la infraestructura educativa, la precarización económica del cuerpo docente y la proliferación de una oferta privada desregulada orientada al lucro, que concibe el saber cómo una mercancía transaccional de bajo estándar formativo. El segundo frente opera en el terreno curricular y epistemológico: la marginación progresiva de la filosofía, la sociología, la literatura y el estudio crítico de la historia nacional. Bajo la coartada de neutralizar un supuesto «adoctrinamiento ideológico», se desaloja el cultivo de las humanidades en favor de competencias puramente utilitarias, subordinadas a los requerimientos inmediatos de mercados laborales flexibilizados y precarios.


Las implicancias de este vaciamiento pedagógico trascienden lo institucional y alcanzan una escala antropológica. Al privar a las nuevas generaciones de rigor analítico y de densidad conceptual, las sociedades quedan desarmadas frente a la simplificación de las plataformas digitales y la manipulación afectiva de los algoritmos de masas. El malestar social provocado por la exclusión material, huérfano de marcos teóricos para comprender sus determinaciones estructurales, es reconducido hacia el resentimiento desorganizado y la adhesión acrítica a soluciones de fuerza.


Se forja así una subjetividad ciudadana refractaria a la deliberación cívica y desinteresada de la preservación del patrimonio colectivo, dispuesta a convalidar la demolición de las garantías constitucionales a cambio de certezas punitivas inmediatas. Este empobrecimiento reflexivo sella la irreversibilidad del perjuicio a la que aludía la metáfora sadiana. Una comunidad desprovista de herramientas para conceptualizar la justicia y la dignidad compartida difícilmente logrará formular, y menos aún defender, un proyecto autónomo de desarrollo frente a la presión de los intereses foráneos.


La convergencia entre la voluntad de ruptura irrevocable analizada por Susan Neiman, la reactivación de la enemistad civil teorizada por Carl Schmitt y la clausura formativa de la educación pública cierra una tenaza decisiva sobre América Latina. La hegemonía externa ya no requiere la imposición de intervenciones directas; basta con auspiciar el estrépito de liderazgos confrontativos y asegurar el vaciamiento intelectual de las mayorías. Al socavar las capacidades reflexivas y fracturar los consensos institucionales, el daño consumado amenaza con volverse estructural, relegando a las naciones latinoamericanas a una condición de precariedad donde la posibilidad misma de un porvenir soberano queda cancelada desde sus cimientos.


Bibliografía 


Neiman, Susan. El mal en el pensamiento moderno: una historia no convencional de la filosofía. Trad. Felipe Garrido. México: Fondo de Cultura Económica, 2012.

Schmitt, Carl. El concepto de lo político. Trad. Rafael Agapito. Madrid: Alianza Editorial, 1991.


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