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La herencia del rabí

 




En fechas como estas en las que mucha gente recuerda las bases de su fe, numerosas personas se preguntan cuál es el legado del cristianismo en el seno de las sociedades contemporáneas. Más allá de si se profesa o no creencias cristianas -en cualquiera de sus versiones- la herencia del cristianismo en nuestros modos de organizar el mundo y de orientarnos en él es poderosa e inobjetable.


Nuestra concepción de la dignidad y los derechos humanos, la comprensión de la historia bajo el prisma de la esperanza o la actitud moral que pone énfasis en la situación de los más pequeños y vulnerables constituyen visiones y compromisos que echan raíces en un sistema de ideas que procede de las religiones abrahámicas y, en particular, del Magisterio de Jesús de Nazaret. Ese sistema de ideas -más allá de su origen religioso- ha dado lugar a prácticas e instituciones complejas que cuentan con una gran presencia en nuestro mundo.


En más de un sentido, las enseñanzas de Jesús responden a un espíritu revolucionario. En la mayoría de los sistemas morales tradicionales, hacer el bien a los amigos y mal a los enemigos constituye una máxima que es considerada razonable. Si te hacen daño, regresa el mal con creces. No obstante, la óptica cristiana -me refiero aquí al enfoque del Nuevo Testamento y no al ideario de alguna iglesia específica- rompe con esa presuposición casi intuitiva. “No devuelvan mal por mal. Preocúpense por ganar el respeto de todos haciendo el bien” (Romanos 12, 17).


El mensaje es radical y exigente, incluso sospechoso de ser impracticable. “Porque si ustedes aman a los que los aman, ¿qué recompensa tienen? ¿No hacen también lo mismo los recaudadores de impuestos?  Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen más que otros? ¿No hacen también lo mismo los Gentiles (los paganos)? Por tanto, sean ustedes perfectos como su Padre celestial es perfecto” (Mateo 5, 46-9). Precisamente en esta radicalidad -la ética centrada en la fraternidad, el perdón y la compasión- reside, a mi juicio, la fuerza espiritual del cristianismo.


La convicción de que todo ser humano es nuestro hermano y que no se puede servir a Dios y a la vez al dinero (o al poder) constituye una fuente de crítica moral y social muy poderosa. Es una línea de reflexión que se remonta a los textos proféticos. Se trata de una crítica que cuestiona severamente el “sentido común” del capitalismo avanzado, que tiende a convertir cualquier bien social en una mercancía, que es proclive a percibir a otros individuos en potenciales “competidores” o aún “enemigos” [1].


Condena asimismo el proceder de los líderes políticos que promueven la guerra contra otras naciones apelando a arengas religiosas como instrumento de legitimación. En los últimos días, el Papa León XIV ha recordado que existe una clara contradicción entre elevar una oración a Dios y tener las “manos manchadas de sangre”. El Pontífice aseveró que Dios no escucha las plegarias de quienes provocan y avalan la muerte de inocentes[2]. En nombre del Dios de la vida no puede invocarse la muerte recurriendo a las armas.


Este mensaje colisiona abiertamente con el discurso y la acción de las autoridades que detentan el poder político, económico y eclesiástico. En efecto, los profetas se enfrentaron decididamente a la posición de los reyes y los sacerdotes en el espacio público. El Magisterio de Jesús desafió el poder y el prestigio de los fariseos y los maestros de la ley; el Rabí puso en evidencia cómo la obsesión de los fariseos por proteger la ortodoxia y preservar sus propios privilegios está reñida con el cuidado del amor. Puso en ejercicio la virtud de la parrhesía, la disposición a hablar con libertad y valentía en un contexto adverso o ante un auditorio hostil[3].


Expresar cabalmente la verdad, aunque las consecuencias de ello impliquen afrontar situaciones de riesgo físico o menoscabo de la reputación. La parrhesía es sin duda una excelencia que reverencian las religiones del desierto, pero se trata de una virtud que no siempre es destacada como parte de su catálogo de valores, dado que, en tiempos actuales se privilegia a menudo la obediencia antes que el cultivo de la crítica profética.


El conflicto de Jesús con la jerarquía sacerdotal precipitó su captura, el proceso sumario ante el Sanedrín -fue acusado de blasfemo y sindicado como sedicioso-, la entrega a las autoridades romanas y su posterior ejecución. Los lectores del Evangelio somos testigos de la muerte de una persona inocente, que es sometida a terribles tormentos a consecuencia, precisamente, de la radicalidad de sus enseñanzas de amor y redención.


El Nazareno padeció una muerte de cruz, cumplida fuera de las fronteras de la ciudad. Aquí descubrimos una vez más cómo el cristianismo posee un enorme “potencial negativo”, pues es capaz de llevar lúcidamente las cosas hacia su reverso. Efectivamente, durante la antigüedad ,la crucifixión era el método más humillante de aniquilación del criminal. La cruz, otrora instrumento de dolor y oprobio, es hoy, gracias al testimonio vivo del Rabí, un símbolo de liberación, la expresión notable de la promesa de una vida en plenitud.


El Evangelio revela que, antes de morir, Jesús de Nazaret pronunció la palabra Tetelestái. Esta expresión griega suele ser traducida como “está consumado”; es, como se sabe, la sexta palabra. Por un lado, significa que “el trabajo está hecho”, ha concluido. Alude a que la misión de Jesús -la redención de la humanidad, la reparación de los males que ella ha provocado en el mundo-, es un proceso que ya se ha completado.


El sacrificio del Rabí ha producido así la “cancelación de la deuda” y, con ello, el cumplimiento de la promesa del acceso de los seres humanos al Reino de Dios. Tetelestái significa asimismo, en un sentido bélico, “el logro de la victoria”, la conquista del fin último, participar de “una vida en abundancia”. Desde este trasfondo hermenéutico, alcanzar una vida en plenitud implica derrotar a la muerte y a sus aliadas, la injusticia, la violencia, el menosprecio, la dominación del débil. Se trata de encarar aquellos males que oprimen a los más vulnerables y corrompen toda forma de cohabitación en el mundo. Participar del Reino exige así enfrentar y conjurar estos males en los diferentes escenarios de la existencia humana.  Actuar desde esta héxis implica reconocer que la muerte no debe tener nunca la última palabra.


[1] Véase Walzer, Michael Exodous and Revolution New York, Basic Books 1984.

[3]Cfr. Gamio Gehri, Gonzalo “Profecía y postsecularización. Apuntes sobre el sentido profético y la acción política” en: Páginas Nº 258 pp. 48-57; Gamio Gehri, Gonzalo “Ética y profecía” en: Páginas, Nº 235, 2014 pp. 58-65.

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