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La democracia eres tú




Di lo que quieras, Grillo mío, haz lo que te plazca.

Pero yo mañana temprano me voy de aquí,

porque, si me quedo, me sucederá lo que les sucede a todos los niños,

y me mandarán a la escuela y, a las buenas o a las malas, me tocará estudiar.

Y yo, para ser sincero, de estudiar no tengo ganas.

Carlo Collodi. Las aventuras de Pinocho.

 

En nuestro país hay muchos vínculos entre la escuela y el proceso electoral. De hecho, cuando el proceso sale de las oficinas del Estado y de las imprentas, llega a los colegios, centro desconocido al que se acude cada cierto tiempo para ubicarse en un aula, mancharse el dedo y entregar bien, mal o sagazmente garabateada, la cédula de votación. Usualmente no nos toca votar en la escuela donde estudiamos y aprendimos a socializar, aunque quizá en algún momento la suerte ahí nos llevó y se fue miembro de mesa en el cole de toda la vida y medio mundo nos fue a mirar. Es en las escuelas también donde se tiene que capacitar a los ciudadanos que participan de las elecciones por sorteo (rara vez por voluntad aunque quizá por curiosidad o para evitar la multa). Quienes sí van a las capacitaciones con entusiasmo son los personeros, veedores de los partidos que van para cuidar que la votación se lleve a cabo correctamente o, eventualmente, todo lo contrario.


Las escuelas son también el único espacio en el que leemos partes de la Constitución y los derechos humanos que nos dice que el Estado que está obligado a proteger. Es en las escuelas donde nos enseñan para el examen qué son los poderes del estado, qué es la democracia y qué es ser un ciudadano. Algo entendemos de qué se trata votar, así que cuando llegan elecciones municipales o generales, la escuela se alborota. Las profesoras de primaria hablan con sus alumnos y los de secundaria se sienten obligados a omitir la clásica pregunta “profe, y usted por quién va a votar”. Si vives cerca, día tras día ves cómo llegan los militares, los funcionarios, curioseas la reubicación de las carpetas, la limpieza de los baños, la pega de carteles y distribución de materiales. Cuánta expectativa. Más aún cuando nos encontramos en un momento en el que nadie tiene la menor idea de por quién votar.


Aquí viene otra labor de la escuela, tan profunda que en ciertos momentos no se sabe si la labor le pertenece o es en realidad tarea de la familia: la formación política básica que toda persona debe tener. Para eso, dicen los ministerios de Educación del Perú y del mundo democrático, los profesores realizan elecciones dentro de la escuela y asignan tareas y responsabilidades. En esos casos se trata de una democracia directa. Muy útil en los espacios laborales, incluso en el hogar. Pero la política básica implica vincularse con la democracia participativa y ahí ya hablamos de otro tipo de formación, porque pasamos a explicar qué son los partidos políticos, cómo deberían funcionar y cuáles son sus ideologías. Aquí es donde en nuestro país se crea el vacío.


Este vacío fue identificado al comenzar este milenio tras haberse impuesto el modelo pedagógico Por Competencias. En el caso peruano se asoció con el temor que tenían los profesores de quedar en el imaginario popular asociados con Sendero Luminoso. Así que se decidió no hablar de política y mucho menos con tintes de izquierda. Evitar cómo sea ser terruqueado. Se pensó que dar reglas y asignar tareas sería base suficiente junto con el curso de Personal Social, nombre con el que se reemplazó al de Educación Cívica, para la formación ciudadana. Ya pasaron suficientes décadas para saber que no bastó.


El aprender a ser ciudadana, ciudadano, pasó entonces a las universidades. De esta manera se dejó de lado la formación política de los millones de peruanas, peruanos, aquellos que empiezan a trabajar incluso antes de terminar la escuela y jamás alcanzan educación superior. Y dado que la mayor parte de universidades eran centros de mala formación o estafa directa, sólo un grupo muy pequeño, urbano, casi todo limeño, puneño o arequipeño, una élite ha sido la que finalmente recibe formación política en el Perú.


El problema ya sabemos, no es sólo peruano. El presidente de Argentina primero y luego el presidente de Estados Unidos han atacado directamente a las universidades. En Perú el congreso relajó la acreditación y consiguió reabrir las universidades desaprobadas. Bajo este ataque hay dos rubros que han sido el objetivo principal, el de los derechos humanos no sólo como tema de aprendizaje sino como protección real de los derechos de los estudiantes, incluida la producción cultural y la diversidad de género; y el segundo, el amplio campo de investigación dedicado a temas como ciencia, salud y medio ambiente.


Nos encontramos entonces, en un contexto donde se ha decidido conscientemente ponerle fin a la formación política de la población, de manera que pueda recibir a cambio una suerte de falsa política: las ideologías son malas, mejor chapa tu influencer, porque su opinión (es la que) importa. Si necesitas leyes a favor de tu negocio busca un partido que te salga a cuenta o si te alcanza postula como congresista. Eso de la salud y medio ambiente no te sirve ni conviene, gasto absurdo. Ahora que si eres un empresario del tamaño de Donaldo Trump, Nayib Bukele o Javier Milei, y el congreso no te basta, pues para eso está la Presidencia.


En estas elecciones, donde Rafael López Aliaga cree tener el tamaño antes descrito, se presentan dos grupos muy distintos. Aquellos que han recibido, dado y ejercido la formación política universitaria, a quienes ahora se denominan caviar, y los lobistas de empresarios, que ya sabemos que apenas pasan a la segunda vuelta empiezan a trabajar. (Ese es el trabajo que Keiko realiza, si alguien cree que solo se dedica a su publicidad. ¿Se imaginan lo caro que le sale fracasar?).


En estas elecciones ha quedado muy clara esta división, quiénes son mayoría y quiénes no y qué ofrecen al público electoral. Los seguidores de Gramsci afirman que el pueblo ya no existe, que fue reemplazado por la multitud. El pueblo piensa en la salud, el medio ambiente, sus derechos. La multitud, en el lobista que haría lo mismo que tú para ordenar el país y a tus vecinos. En estas elecciones, la multitud peruana será la que escoja entre caviares y lobistas, con quién cree que más le convendrá quedarse unos años (y aún no sabemos cuántos más).

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