El voto viciado como muestra de desprecio
- Marco Zevallos

- hace 23 horas
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Quiero detenerme no en todas las explicaciones que se construyen para justificar la validez del voto viciado, sino en aquellas que, desde cierto sector de la clase política que podríamos llamar progresía, se erigen como supuestos faros de superioridad moral, equiparando a Fuerza Popular y Juntos por el Perú como males equivalentes para el país. Desde ese pináculo de soberbia resulta imposible ocultar el trasfondo de clasismo, racismo y autorreferencialidad que asoma con nitidez bajo su discurso.
Si antes se pudo respaldar a Ollanta Humala en segunda vuelta fue porque contaba con el aval de esa suerte de deidad laica en que se había convertido Vargas Llosa, cuando todavía no había terminado respaldando a Keiko frente al maestro chotano. En el caso de PPK, era inconcebible que alguien que se considerara demócrata no apoyara a quien, en la elección inmediatamente anterior, había llamado a votar precisamente por la heredera del dictador. Se asumía con naturalidad que era posible hacer un juicio de valor, identificar diferencias sustanciales entre las opciones y optar por quien impedía el retorno del fujimorismo.
Siguiendo la lógica de quienes hoy se niegan a realizar esa diferenciación, cabe preguntarse: ¿es sustancialmente peor Roberto Sánchez que Pedro Pablo Kuczynski u Ollanta Humala? Objetivamente, no. Ollanta respaldó desde Corea del Sur, donde se desempeñaba como agregado militar, el infame levantamiento encabezado por su hermano Antauro, que costó absurdamente la vida de varios policías en Andahuaylas. Además, cargaba ya con las acusaciones vinculadas al caso Madre Mía. Sin embargo, don Mario lo santificó en la segunda vuelta frente a Keiko.
En cuanto a PPK, su nacionalidad estadounidense, su evidente condición de lobista de intereses norteamericanos y su pasado vinculado a la cuestionada transferencia de millones de dólares a la IPC durante el escándalo de La Brea y Pariñas, episodio tras el cual debió abandonar el país oculto en la maletera de un automóvil, no fueron obstáculos para respaldar a quien representaba un supuesto gobierno de lujo y que, además, se había convertido al antifujimorismo.
La explicación que queda es que no pueden, no les da el fuste para votar por alguien como Castillo o Sánchez. Se muestra objetivamente que Juntos por el Perú votó contra las leyes pro crimen, y se agarran de la única excepción para auto justificarse. Se evidencia que Roberto Sánchez como congresista respaldó todas las mociones de vacancia contra Dina Boluarte, y se busca si algún congresista de Juntos por el Perú tuvo un voto disímil. Sánchez marca distancias claras con Antauro, señala que no está en el equipo político, que no comparte sus ideas; pero dicen que no le pueden creer.
Y es que no le pueden creer pues. El laberinto de la choledad pues. Porque si antes le creyeron al aggionardo Toledo, al blanqueado Humala, a un caballero como Kuczynski; pues porque le tienen que creer a alguien como Sánchez. Ya antes Castillo (a quien tampoco le creyeron) decepcionó. Que acomodaticia termina siendo la decepción cuando no puedes explicar que hay una lectura de clase, y un racismo estructural detrás. Lo peor es que parece que no hay conciencia plena de ello, y por eso terminan proyectando en quienes toman partido, sus incongruencias. Entonces ahora apoyar a JPP en esta segunda vuelta termina convirtiéndote en un relativizador de los principios, en un sofisma de la moralidad.
Suena duro, pero la sensación de desprecio que oculta el llamado encendido al voto viciado es lo que quedará marcado como yunque en esta elección. Es un desprecio por quienes tienen abiertas las heridas por sus muertos, las víctimas de la dictadura de los noventa; o por quienes no tienen justicia ya que el pacto mafioso que encabeza el fujimorismo desde el autoritarismo parlamentario de estos últimos diez años, ha blindado reiteradamente a responsables políticos como Merino o Boluarte. Es un desprecio por el voto del sur, por el voto rural, por el voto de quienes quieren construir una esperanza de justicia y paz. Sólo luchando codo a codo con las bases, con las comunidades, con la ciudadanía que salió a decir contundentemente Keiko No Va, podemos pensar en la viabilidad futura del país y cualquier proyecto político progre. Caso contrario, ese desprecio volverá como un boomerang, y terminará golpeándote duramente contra la realidad, esa que tanto quieres explicar de forma cada vez más rocambolesca y ajena.










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