El «realismo kantiano» en la hora presente
- Alessandro Caviglia

- hace 2 días
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En la reunión de Davos el Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, intervino de forma asertiva al señalar que, en el terreno de las relaciones internacionales, nos encontramos ante una ruptura más que en un momento de transición. Esta ruptura consiste en dejar de fingir que el orden internacional que se construyó después de la Segunda Guerra Mundial sigue funcionando. Dicho orden internacional era el llamado «orden liberal» (o «paz liberal»). En filosofía Richard Rorty acostumbró a muchos colegas a pensar que dicho orden se basaba en la emergencia de un hecho práctico surgido después del holocausto, a saber, la «Cultura de los Derechos Humanos» (Rorty, 2000)[1].
Mark Carney lo ha dicho con claridad: ya no es posible creer en esa ficción. Es necesario retirar los carteles de los escaparates y aceptar la nueva realidad: el mundo de la cooperación internacional ha terminado y ahora nos encontramos en un orden distinto de cosas, marcada por la búsqueda de los intereses de las grandes potencias. Se ha retirado la careta, se han terminado las mentiras.
Pero, hay que saber leer sus palabras, hay que prestar oído a su discurso. En este mundo donde las grandes potencias han desenmascarado sus pretensiones. Ahora que Trump dice sin tapujos que quiere tener el control del Canal de Panamá, hacerse de Groenlandia y anexionar a la misma Canadá, está expresando con claridad las reglas del nuevo orden, donde la fuerza hace el derecho y que todo lo demás parece ser simplemente ilusorio.
En cierto modo, debemos agradecerle a Trump que nos despierte de nuestra ensoñación, incluso si lo hace a cachetada limpia. Y Carney lo dice con claridad: la realidad que aparece, una vez que decididos ser honestos con lo que sucede en el mundo hoy, obliga a los países que no son grandes potencias, a decidir entre ser comensales en la mesa o ser parte del menú. Esta disyuntiva es interesante. Si quieren ser cooperar con otros países medianos y pequeños o deciden buscar únicamente sus propios intereses particulares. La propuesta de Carney, la de buscar espacios de cooperación entre países medianos y pequeños, se convierte en una opción interesante e inesperada. Voy a permitirme llamar la posición del Primer Ministro canadiense la salida kantiana.
Frente a las dos alternativas que se han puesto sobre la mesa del debate, a saber, la perspectiva liberal y la neorrealista[2], ha pasado desapercibida la opción del republicanismo kantiano[3]. No es raro que así sea, ya que en el debate teórico en el campo de las relaciones internacionales se ha asociado a Kant como quien enarbola la bandera liberal — idealista. Pero, en realidad, ese no es Kant, sino una tergiversación. Se ha solido leer el opúsculo de Kant, Hacia la Paz Perpetua (Kant, 2018) como la defensa cerrada de un orden global liberal. La idea de la «federación pacífica de Estados Republicanos» (que aparece en el Segundo artículo definitivo para la paz, del texto de Kant) ha sido la base para construir el orden que Naciones Unidas consolidó en el mundo de la posguerra. Pero, esa idea no es todo Kant. En los años en los que el filósofo de la Ilustración estaba pensando y escribiendo su obra sobre la paz, Europa asistía a una serie de conflictos armados. Consciente de ello, lo que Kant propone es una idea práctica, es decir, un posible curso de acción[4]. Algo con lo que podríamos comprometernos y que podría ser razón de esperanza. Su mirada es realista. Lo que sucede es que la lectura estereotipada del texto de Hacia la Paz Perpetua nos ha jugado una mala pasada.
El corazón del argumento de Kant ha sido destapado por Rainer Forst, quien señala que lo importante del pensamiento del filósofo de Königsberg se encuentra en lo que llama «el derecho a la justificación» que debería asistir a toda persona frente al orden normativo en el que se encuentra (Forst, 2012). La negación de ese derecho constituye el terreno de la dominación y el abuso de poder. Veamos a Kant desde esa óptica. Siendo que el orden social e internacional está marcado por el abuso de los poderosos y de las grandes potencias, en ese contexto –por más terrible que sea– ganamos la conciencia de encontrarnos en un orden injusto. El abuso propinado nos da claridad de que el poder y la fuerza no hacen ni el derecho ni la justicia. En el mundo de las grandes potencias que reclaman derecho porque tienen la fuerza, a los países medianos y pequeños les queda claro que eso es una injusticia. El discurso de Carney en Davos expresa esa conciencia.
El realismo del argumento kantiano se despliega entonces en esta dirección: puesto que no podemos oponernos con la fuerza al abuso de las grandes potencias, porque seremos parte del menú, la acción política consiste en articular relaciones de cooperación multilaterales con quienes se nos quieran unir (como si construyésemos una federación pacífica de pueblos) para poder sentarnos a la mesa como comensales. Es decir, nuestra fuerza no proviene del poder fáctico individual, sino de nuestra capacidad de cooperar con otros. Las relaciones de cooperación se basan siempre en razones que se puedan compartir, dar y recibir, y no en el acto de torcer el brazo en el juego de fuerzas. Y ese mutuo entendimiento permite articular estrategias para que podamos defendernos de la mejor manera del abuso y de la represalia. Usando los términos de Habermas (tal vez, un poco en contra de él), el un mundo donde la lógica del poder se a revelado como la única que se va a tomar en cuenta, los países medianos y pequeños deben recurrir tanto a la razón comunicativa como a la razón instrumental. En el gesto político debe buscarse el acuerdo y la cooperación con quienes quieran entrar con nosotros en relaciones de apoyo mutuo, a la vez que hemos de usar las estrategias más adecuadas para poder defendernos frente a las grandes potencias. El realismo kantiano consiste entonces en incluir la razón estratégica en el curso de acción, pero sin vulnerar el principio básico del respeto debido a otro. Ello diferencia este realismo del realismo marxista o neomaxista basado en la lucha por la hegemonía. La apelación al principio del respeto de la dignidad de otros no es ingenua. No se trata de pensar que vivimos en un mundo donde todos respetan ese principio. Se trata, más bien el de considerarlo al momento en que decidimos actuar, incluso cuando lo hacemos de manera estratégica. Si no respetamos ese principio, no podremos ingresar en relaciones de cooperación con otros y nos convertiremos en parte del menú.
Tal vez, haya quienes me acusen de hacerle decir a Kant cosas que él rechazaría. Frente a ello, debo recordar que Kant fue un lector de Hobbes, como de Tucídides y Platón. Él conocía muy bien la teoría realista que se presentaba en los personajes platónicos como Trasímaco y Calicles. En el terreno de la filosofía práctica (moral, derecho, política y religión) la estrategia de Kant no fue rechazar el realismo, sino incorporarlo en un contexto más amplio, marcado por su metafísica trascendental. En el terreno político y jurídico, Artur Ripstein lo ha aclarado muy bien durante los últimos años (Ripstein, 2009, 2021).
Referencias bibliográficas
Forst, R. (2012). The Right to Justification. Elemens of a Constructivist Theory of Justice. En New York: Columbia University Press. Columbia University Press. Original publicado en el 2007.
Forst, R. (2013). A Kantian Republican Conception of Justice. En A. Niederberger & P. Schink (Eds.), Republican Democracy. Liberty, Law and Politics (pp. 154-168.). Edinburgh University Press.
Forst, R. (2014a). Justificación y crítica. Perspectivas de una teoría crítica de la justicia. Katz. Publicado originalmente en 2011.
Forst, R. (2014b). La justificación de los derechos humanos y el derecho fundamental a la justificación. Una argumentación reflexiva. En Justificación y crítica. Perspectivas de una teoría crítica de la política (pp. 55-90). Katz. Publicado oroginalmente en 2011.
Kant, I. (2018). Hacia la paz perpetua. Un esbozo filosófico. FCE/UNAM. Original publicado en 1795
Maliks, R. (2018). Kant’s politics in context (First published in paperback). Oxford University Press.
Pettit, P. (2004). Liberalismo y republicanismo. En F. Ovejero, J. L. Martí, & R. Gargarell (Eds.), Nuevas ideas republicanas. Autogobierno y libertad. Paidós.
Ripstein, A. (2009). Force and Freedom. Kant’sLegal and Political Philosophy. Harvard University Press.
Ripstein, A. (2021). Kant and the law of war. Oxford University Press.
Rorty, R. (2000). Derechos humanos, racionalidad y sentimentalismo. En Verdad y progreso. Ensayos filosóficos 3. Paidós. Originalmente publicado en 1998.
Waltz, K. (1988). Teoria de la política internacional. Grupo Editorial Latinoamericano. Publicado originalmente en 1979
[1] La concepción liberal de Rorty tiene el problema de entender a los derechos como bienes y medios orientados a conseguir una forma de vida ética. La perspectiva moral, en cambio, concibe los derechos humanos como relaciones entre las personas fundadas en el lenguaje de la protesta frente al abuso y la dominación. De esta manera, el punto de vista moral es independiente de cualquier forma de vida y permite criticar las formas de vida dañadas. La perspectiva moral concibe a los Derechos Humanos como formas de relación entre las personas que son necesariamente democratizadores y, por lo tanto, pueden transformas las formas de vida establecidas para hacer que ingresen más personas en el centro de las tomas de decisiones políticas. Estos procesos democratizadores generan ansiedad a los intelectuales liberales porque consideran que el resultado de estos puede ir en contra de lo que consideran aceptables; es por esa razón que prefieren limitar los procesos democratizadores. Así, por hablar el lenguaje de la protesta los Derechos Humanos pueden transformas y cuestionar las formas de vida, y también la misma Cultura de los Derechos Humanos (Forst, 2014b).
Desde los inicios del siglo presente se han venido produciendo crisis políticas, sociales y económicas que han puesto en cuestión el acuerdo básico de las relaciones internacionales de la posguerra. Insistir en el esquema liberal y tomar como referencia a Rorty es ignorar lo profundo de dichas crisis. Como producto de ellas, el radicalismo político ha logrado ocupar el centro de la escena política nacional e internacional. Trump es una muestra de ello. Es en ese sentido que se requiere pasar del enfoque liberal, basado en la ética, al enfoque republicano y democratizador fundado en las relaciones interpersonales de carácter moral.
[2] El neorrealismo es una variante del realismo clásico basado en la teoría que Thomas Hobbes presenta en El Leviatán. Se trata de una postura que defiende que las relaciones internacionales son anárquicas y que carecen de legalidad real. De esta forma, lo que las determina es la fuerza y el poder económico, militar y geopolítico. Además, define a los agentes en el orden internacional (especialmente, los Estados) como agentes racionales auto interesados. De esta manera, las instituciones del orden internacional, como Naciones Unidas, son vistas como superfluas. Uno de los gestores de esta doctrina es Kenneth Waltz (Waltz, 1988). También se asocian a esa corriente Robert Owen Keohane, Stephen D. Krasner y Barry Posen, entre otros.
[3] Sobre lecturas contemporáneas del republicanismo kantiano, se puede revisar a Philippe Pettit (Pettit, 2004) y a Rainer Forst (Forst, 2013, 2014a).
[4] Al respecto de ello, se puede revisar el libro de Reidar Maliks, donde se realiza un estudio de los debate políticos en los que participó Kant en su época (Maliks, 2018).













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