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Bryce ha muerto hace mucho tiempo




Me dicen que Alfredo Bryce Echenique se ha ido y les respondo que hace muchos años se fue. No guardo luto literario por él y mucho menos a nivel personal. Leí con agrado, apenas apareció, Un mundo para Julius y me pareció una genial descripción de aquella clase social que se extinguió en buena hora con el proceso revolucionario del general Juan Velasco Alvarado. Él, junto con Manuel Scorza y su flamante Redoble por Rancas, marcaban una nueva etapa de la narrativa peruana en el contexto del fin del Perú oligárquico.


Era Bryce un narrador que además de su calidad literaria tenía un compromiso político bastante claro. Desaparecido el compromiso que traicionó Mario Vargas Llosa, muerto este para la causa redentora de la humanidad, teníamos en Bryce una realidad y una promesa. Inmediatamente leí Huerto cerrado, un conjunto de cuentos que ganó mención del Premio Casa de las Américas. Como por arte de magia llegó a mi casa un solo cuento publicado a manera de libro: Muerte de Sevilla en Madrid. Bryce estaba en el cénit de su carrera literaria y ante mis ojos de adolescente que aún no terminaba la secundaria, era un tótem.


La primera vez que lo vi y traté


Fui cachimbo en la PUCP y después de inasistir a un homenaje a Jorge Luis Borges, porque era cómplice admirador de la dictadura de Videla y la de Pinochet, apareció de visita e invitado por la izquierda universitaria don Alfredo Bryce Echenique. Nos brindó una conferencia muy lúcida y divertida que animó a todos aquellos que abrigábamos la vocación de ser escritores. Fue maravilloso hablar con él aparte y que me pidiera mis primeros borradores para leerlos y darme su opinión. Esa cita no se concretó, pues mis tareas políticas a mis 18 años no me permitieron más delirios de escritor. Bryce me autografió el ejemplar que hasta hoy me acompaña de Huerto cerrado y lo releí un par de veces más porque desde mi cachimbez buscaba ser cuentista y no novelista.


Una entrevista fallida y una desilusión


Pasaron muchos años, muchas circunstancias de cal y de arena. Ya tenía un libro publicado, Otorongo y otros cuentos, y me desempeñaba como periodista en el semanario Cambio. Era 1990 y ya había entrevistado a uno de mis narradores favoritos: Oswaldo Reynoso, cuya entrevista fue celebrada con bombos y platillos por el mundo literario. Mi director, Carlos Arroyo, me encomendó entrevistar a Alfredo Bryce Echenique, pero justamente lo encontré en la Municipalidad de Lima, en un fastuoso cóctel brindado por el alcalde Belmont Cassinelli. Igualmente, en un evento similar, abordé a Oswaldo Reynoso y saqué una entrevista de dos páginas.


En efecto, abordé a Bryce en medio de una tranca loca cuando él palmoteaba las espaldas del alcalde de Lima y los sobones de oficio competían por quién reía más alto. Bryce me atendió cortésmente ebrio y me dijo que lo buscase al día siguiente en el hotel Bolívar. Era una cita que no podía perderme. Así lo hice, aparecí en el hotel Bolívar puntual, a la hora citada. Bryce me miró extrañado, cosa que podía suponer, pero no olvidaré el desprecio con que trató a este periodista.


Le traje uno de los últimos ejemplares sobrevivientes de Otorongo y otros cuentos, al fin un libro publicado en 1986 desde aquella vez que hablamos en 1977. Lo miró con peor desprecio y dijo que la carátula era buena, que habría que ver si pasaba lo mismo con el contenido. La entrevista no la pude publicar porque la grabadora solo registró monosílabos de un entrevistado que no quería ser entrevistado, a pesar que no tenía nada qué hacer y se hallaba cómodamente arrellanado en un gran sillón de cuero. Para cerrar con algo ese mal momento, le pregunté qué recomendación le haría a los jóvenes escritores del Perú: "Yo no hago recomendaciones", contestó. Obviamente nada salió de mi grabadora.


Subrayo lo siguiente: nunca he admirado a un escritor por su bohemia autodestructiva. El vulgo opina que "los escritores son así" y por supuesto mientras más estudias, menos imbécil eres. Te alejas de la vulgar opinión y de la repetición de lugares comunes. Los escritores valen por la calidad de sus obras, nada más. Si se drogan o amanecen borrachos, es una lamentable anécdota que no le agrega un ápice a sus carreras. Bryce conforme se fue precipitando al alcoholismo, sufrió una metamorfosis literaria que lo transformó en insecto: nunca volvió a ser el narrador de Un mundo para Julius.


Sus obras siguientes, cada vez más voluminosas, perdieron interés para mí y vi que era cierto lo que él mismo decía: "yo no corrijo". Ergo, eran obras sin corregir y si captaban a sus lectores habituales era por la dosis de ironía y buen humor, nada más. Ya no tenía temas relevantes. Aun así, habría tenido la intención de entrevistar a quien en vida anterior fue el autor de Un mundo para Julius. No así de Huerto cerrado, pues no sobrevivió a una segunda lectura. Bryce nunca fue un buen cuentista.


Cuando Bryce quedó en evidencia contra Cuba


El mismo año 1990 fui invitado a un Congreso de jóvenes escritores de América Latina por la institución Casa de las Américas de Cuba. Confraternizamos con muchos jóvenes talentos de diferentes países y cada uno tenía que dar su ponencia en público de las perspectivas de la literatura en su respectivo país. Cuando me tocó leer mi ponencia, fundamenté mi propia visión marxista de la literatura peruana actual, dentro de un contexto de guerra interna y revitalización de la narrativa andina. Cuando me refería a la otra narrativa hecha por escritores burgueses y reaccionarios como Mario Vargas Llosa y Alfredo Bryce Echenique, el auditorio compuesto mayoritariamente por escritores cubanos se me vino encima. "No te permitimos decir eso de un amigo de Cuba como Bryce Echenique".


Efectivamente, Bryce había sido hasta entonces "amigo" de la revolución cubana y en especial de "mi tío" Fidel Castro. Sostuve mi posición y como dice la revista cubana Bohemia, esta fue la única ocasión en que hubo polémica y esa polémica se extendió 4 horas perdiendo todos la oportunidad de almorzar, cosa grave empezando el periodo especial. Este chalaco no dio su brazo a torcer. Me reservé para el final el tiro de gracia: Bryce acababa de publicar, la semana anterior, un artículo en la revista Oiga donde tildaba a Fidel como "psicópata". Levanté la revista en mi mano y les espeté: "ahí está el gran amigo de Cuba". Silvia Gil, una de las funcionarias de alto nivel de Casa de las Américas, se acercó a pedirme la revista para fotocopiarla.


Noté que sus manos temblaban al recibirla. Hay fotos donde se ve la agresividad con que al final me enfrentaron personalmente algunos jóvenes narradores cubanos. "Dante, quedaste en minoría", me dijo una amiga cubana. Y le respondí: "Lenin siempre estuvo en minoría". Tres años después, Bryce publicó Permiso para vivir, un extenso ensayo donde rompía con la revolución cubana, ridiculizaba a todas y cada una de las funcionarias de Casa de las Américas que tan bien lo habían asistido y se burlaba de Fidel. ¿Qué pasó? Cuba ya no contaba con el apoyo económico de la URSS implosionada y desaparecida. Cuba ya no podía regalar viajes con pasaje y estadía incluidas a los escritores latinoamericanos. Cuba ya no tenía plata. Entonces empezaron las deserciones al estilo de Toño Cisneros y Bryce. La luz divina de pronto les esclareció que Fidel era un dictador y que Cuba era una tiranía. Los sobones y chupa vergas habituales escapaban como las ratas de un barco que se hunde.


Deguellen al mensajero, no al culpable


¿Y qué me pasó a mí? Confieso que cuando abracé un ideal no lo hice por moda o por supervivencia: lo hice por convicción. Ese ideal no sufrió deterioros ni con la caída de la URSS ni con la traición de las cúpulas izquierdistas de mi país. Ese ideal se ha ido reforzando año tras año y siempre me declararé marxista-leninista. Si a alguien le jode esto, no me importa. Regresando a Cuba de los 90 salí con muchas enemistades por haberme pronunciado contra Bryce Echenique. La gente que me había conocido en viajes anteriores me negaba el saludo o trataban de deshacerse de mi incómoda presencia.


La institución Casa de las Américas seguía mandándome a mi domicilio puntualmente su excelente revista literaria, pero nada más. Resumo la cosa: al enfrentarme con Bryce me enfrenté a la institución Casa de las Américas. Al poner en evidencia la traición de Bryce muchos decidieron degollar al mensajero y no al culpable. Me resigné a nunca más ser invitado por Cuba ni por Casa de las Américas. Eso, para un comunista convicto y confeso, no es cualquier cosa.


Dos años después


Seguía escribiendo en Cambio, habían matado a mi colega y compañera Melisa Alfaro y la vida de todos nosotros, redactores y gráficos de Cambio, pendía de un hilo. En esas circunstancias, el escritor Roberto Reyes Tarazona, miembro del Grupo Narración y destacado narrador de la generación del 70' se acercó a mí y me dijo: "aquí tienes una oportunidad". Me entregó las bases del Premio Casa de las Américas 1992. Coincidentemente un venerable maestro sanmarquino José Alvarado Sánchez hizo lo mismo: "usted debe apuntar a este premio, mi joven amigo". Decidí postular la última semana antes del cierre, el día en que se cerraba la valija diplomática de la embajada de Cuba. Y como todos saben, gané el premio tres meses después.


El voto de un jurado internacional fue unánime. Cuando recibí el monto del premio, Alberto Fujimori decidió convertirse en dictador y dar un autogolpe disolviendo el Parlamento y persiguiendo a toda la oposición. Inmediatamente ocuparon Cambio y persiguieron a toda la plana de redactores. Gracias al Premio Casa de las Américas, viajé a Cuba para no regresar hasta que el proceso judicial contra la revista Cambio se hubiera esclarecido. Como es de suponer, el primer lugar que visité al arribar a La Habana fue Casa de las Américas y me recibió un entusiasta Roberto Fernández Retamar que, sin temor a mojarse con mis ropas de lluvia, me abrazó y dijo: "ojalá que todos los premios Casa fuesen como tú". Pero no fue igual con todos y todas en esa institución. La frialdad con que fui recibido siendo el premio del año, fue patética.


En los siguientes números de la revista Casa nunca apareció la reseña de mi libro ganador, cosa que era habitual y de rigor. El chino Eduardo Heras León, narrador cubano y crítico de planta en la Casa, nada quería conmigo hasta el día de hoy. Esta condición de apestado se debía a que gracias a mi denuncia en 1990 se acabó la amistad con Bryce Echenique, ese mismo que llegaba a Cuba desde Europa con botellas y regalos para todos y todas, con lapiceros y agendas, con llaveritos de la torre Eiffel y otras linduras para agasajar a sus anfitriones cubanos que de otra forma no se habrían tomado un wiskey Black Label. Sin querer había cortado una red de suministros para escritores y artistas que no tan secretamente estaban en oposición al régimen socialista. Y esto último me consta. La sombra del difunto político Bryce Echenique no dejó de perseguirme en todos los pasillos de una institución a la cual tal vez le pesaba haber confiado el premio 1992 a un jurado internacional. (Piña, pues. Lo gané incluso en contra de todos ustedes, gusanazos).


La última vez que lo ví


Como dije antes, Bryce dejó de gustarme después de Un mundo para Julius y descubrí que no era buen cuentista y que por eso le dieron solo mención en el Premio Casa de las Américas a Huerto cerrado. Sus novelas sin corregir tenían un super exceso de páginas y ya comenzaba a repetirse el mismo argumento en otras facetas y espacios. La decadencia y el alcohol lo fueron ganando y robándole el talento. Se quedaba dormido ante cámaras de TV cuando era entrevistado o armaba espectáculos bochornosos que comprensivamente su cohorte de sobones le justificaban: "es un escritor, jejeje, tú sabes cómo son".


Políticamente degeneró y mordió la mano que le daba de comer...cuando esa mano ya no podía darle más. Fue rechazado en la feria de Miami por la gusanera antifidelista porque lo consideraban un oportunista que se pasó de bando cuando se acabó el daiquirí y el gin and tonic en la isla. Lo acusaron de (11) once plagios, cosa que le perdonaban al gran plagiador Mario Vargas Llosa. Pero el punto máximo llegó en la Feria de Guadalajara, cuando me tocó compartir la mesa con Bryce y como siempre él llegó tarde y borracho. Ya hacía veinte años o más que sus discursos no tenían ninguna lógica y repetía E...E...E...E...E...E...


Pero esta vez, antes que empezara a hablar los disparates de siempre, justo cuando le tocaba emplear la palabra, cayó de su nariz un tremendo burbujón de sangre fresca que manchó el blanquísimo mantel de la elegante mesa. "Alfredo, límpiate la nariz", le ofrecí una servilleta de papel. No era por él, era por el Perú que representábamos. Otra servilleta fue a tapar la enorme mancha de sangre en el mantel y aun así no se podía. Como dije, no hay quien me haga el cuento del prestigio extraliterario del escritor maldito.


El profesional de la palabra no necesita de esas muletas ni tampoco arrastrarse en la decadencia física o emocional. Obviamente los cristales del cloro que le habían suministrado estaban adulterados y cuando la cocaína no es de pureza mínima te puede rasgar las paredes internas de tus fosas nasales. Ahí lo dejé de ver y no hubo otra lamentable oportunidad. Si el hipócrita lector me pregunta, le diré que para mí Alfredo Bryce Echenique ya estaba muerto hace mucho tiempo, que tuvo los privilegios que nadie ha tenido en Cuba generosa y que traicionó a la revolución que él mismo apoyaba por un plato de lentejas. Díganme si después de la traición le fue mejor.

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