El primer discurso
- Ybrahim Luna
- hace 6 días
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El día tan temido llegó, y fue un día mediocre. A los peruanos nos atrae la pomposidad y el misterio, pero Keiko Fujimori no es su padre y lo sabe –ella incluso le boicoteó un indulto por cálculo político–. Y es que para ser un villano de película se necesita algo de estilo y un as bajo la manga. Y ni los seguidores ni los detractores de la nueva presidenta sintieron que fuese un día histórico o especialmente siniestro. La grisura fue el telón de fondo de una asunción de mando que la Confiep y El Comercio han ansiado durante décadas.
Intuimos que, al igual que con el padre, las “sorpresas” vendrán más adelante. A propósito del padre, el primer discurso de Alberto Fujimori, el que pronunció el 28 de julio de 1990, releído con la distancia del tiempo y a la luz de los hechos, contiene varias singularidades reseñables.
Alberto Fujimori, el hombre que engatusó a medio Perú con la imagen de un japonés frágil, resaltó en su discurso de asunción de mando un lema manido pero efectivo: “Un presidente como tú”, que reforzaba la idea de haber sido elegido con una de las votaciones más altas de la historia (algo que su hoy electa hija nunca podrá asegurar).
El entonces presidente de la “Honradez, tecnología y trabajo” agradeció el voto masivo de los pueblos jóvenes, campesinos y “empresarios populares con sentido nacionalista” que lo eligió. Fujimori afirmó que usaría el lenguaje del diálogo y priorizaría la búsqueda de consensos (algo similar dijo Keiko el 28 de julio).
El primer discurso de Alberto Fujimori es un documento realmente interesante, teniendo en cuenta lo que sucedería en menos de dos años, en abril de 1992: el autogolpe de Estado, los tanques en las calles y su consolidación como un dictador sudaca de catálogo. En ese discurso, Fujimori habló –leyó– de la necesidad de “restituir la unión indisoluble entre la ética y la política”. Ahora sabemos que, por entonces, Vladimiro Montesinos ya conquistaba su confianza con artimañas legales para limpiarlo de acusaciones judiciales.
Fujimori describió su victoria como una expresión del “hartazgo del pueblo”, y advirtió –nótese la ironía del destino– que “el narcotráfico logró penetrar también la esfera del Estado” (El avión presidencial sabría de eso años después).
En lo referente a la economía, Fujimori resaltó la importancia del mercado y de “la distribución equitativa de la riqueza”, y anunció que su gobierno propondría un proyecto de ley antimonopolio. Luego hablaría de enfrentar la hiperinflación, la corrupción y el terrorismo con una “economía de guerra”. Habló, también, de la necesidad de reestructurar las empresas públicas, como Petroperú, Electroperú, EntelPerú, etc., y se comprometió a recuperar la confianza de la banca internacional. Eso se tradujo, poco después, en el festival de privatizaciones.
Más de tres décadas después, su hija ha asegurado que recibe un Estado “catastrófico”. Por supuesto, pero sin aclarar que ha sido ella quien ha dinamitado la institucionalidad democrática además de nuestra economía, gracias a la gula del Congreso mafioso que dirigió desde las sombras.
Acercándose al final de su discurso de 1990, Alberto Fujimori aseguró que su gobierno tendría muy presente a la mujer, “a la profesional, a la comerciante y artesana”. Esta declaración de principios desembocaría en las esterilizaciones forzadas y en las muertes de peruanas de bajos recursos entre 1996 y 2000.
Fujimori terminó su alocución con el ítem de los ‘Derechos humanos’, asegurando –lean bien los jóvenes– que su política de derechos humanos sería la base de toda acción gubernamental, y que la lucha antisubversiva de ningún modo justificaría “la violación sistemática o esporádica” de estos.
Poco después, en octubre de 1991, se conformaría el Grupo Colina, que perpetraría las masacres de Barrios Altos y La Cantuta, por las cuales el dictador fue sentenciado en abril de 2009 a 25 años de cárcel como autor mediato de los homicidios.










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