El cine que premió Lima: memoria, cuerpos disidentes y un Estado que mira para otro lado
- Redacción El Salmón

- hace 19 horas
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La 30ª edición del Festival de Cine de Lima PUCP cerró con un palmarés que privilegió relatos sobre violencia política, identidades marginadas y territorios amenazados. Detrás de las alfombras y las estrellas de Cannes, el jurado eligió un cine incómodo justo cuando el propio festival admite que el fomento estatal al documental y al cine regional peruano se está debilitando.
El sábado por la noche, en la ceremonia de clausura en el Teatro NOS, el Festival Internacional de Cine de Lima PUCP entregó sus premios en una edición que reunió a más de 33.000 espectadores y superó las cien proyecciones entre largometrajes, mediometrajes y cortos, en su versión número treinta. El dato de convocatoria es, en sí mismo, una noticia: en un país donde el consumo cultural fuera de las salas comerciales suele medirse en cifras modestas, un festival de cine de autor volvió a llenar butacas. Pero lo más revelador no estuvo en la asistencia, sino en lo que el jurado decidió coronar.
La Mejor Película de la Competencia Latinoamericana de Ficción fue para Seis meses en el edificio rosa con azul, del mexicano Bruno Santamaría Razo, una coproducción con Brasil y Dinamarca que sigue a un niño de once años que se enamora de su mejor amigo en el México de finales de los noventa. La cinta se llevó también el Premio Spondylus a la mejor película con temática LGTBIQ+, un doblete que no es casual: en un continente donde ese tipo de infancias rara vez llegan a pantalla sin ser convertidas en tragedia o en advertencia moral, premiar una historia que las trata con naturalidad es una toma de posición.
Esa misma lógica atraviesa el resto del palmarés. Hangar Rojo, del chileno Juan Pablo Sallato, ambientada en el golpe militar de 1973, concentró tres premios —dirección, fotografía y actor— y fue elegida además Mejor Película por la Asociación Peruana de la Prensa Cinematográfica. La hija cóndor, coproducción boliviano-peruano-uruguaya hablada en quechua sobre una adolescente en una comunidad andina, obtuvo el Premio Especial del Jurado. Y Relicto, del colombiano Guillermo Quintero, se impuso como Mejor Documental narrando el regreso del último hablante tinigua hacia su comunidad en la Amazonía colombiana.
Ninguna de estas películas ofrece una salida amable: hablan de dictadura, de despojo territorial, de lenguas que se apagan. El jurado internacional, en la práctica, votó por el cine que documenta lo que los relatos oficiales prefieren archivar, algo que el propio homenajeado de la noche, el brasileño Kleber Mendonça Filho —premiado el año pasado por El Agente Secreto, sobre la dictadura brasileña—, resumió con una idea que bien podría ser el lema no escrito de esta edición: el cine como herramienta capaz de disputarle terreno a la narrativa oficial.
En la Competencia Peruana, el gesto fue igual de nítido. Manuales de supervivencia, de Luisa García Alva, ganó Mejor Película con una historia construida a partir de la propia experiencia de la directora tras recibir un diagnóstico de VIH, y sumó además el respaldo del jurado del Ministerio de Cultura. Es un tema que el cine peruano casi no ha tocado desde el punto de vista de quien lo vive, y que aquí llegó premiado por dos jurados distintos, uno de ellos estatal.
Ahí aparece la tensión que le da sentido político a esta cobertura. El director artístico del festival, Josué Méndez, sostuvo semanas atrás que esta edición había tenido “una voluntad de apostar por el cine peruano como en ninguna edición anterior”, con un incremento de premios y nuevas alianzas internacionales. La afirmación conviene leerla junto a otro dato que circuló en la misma antesala del festival: los recortes en el apoyo estatal al cine nacional golpean sobre todo al documental y a las producciones regionales, justamente los formatos que este año se llevaron algunos de los reconocimientos más significativos, como el documental amazónico en shipibo-konibo Tierra roja, presente en la competencia peruana. Que estas películas encuentren en el festival un espacio de reconocimiento resulta especialmente significativo en un momento en que el respaldo público a su producción se reduce. La celebración de agosto puede ponerlas en el centro de la escena; lo que está en juego es si existirán las condiciones para que puedan seguir produciéndose durante el resto del año.
El resto del palmarés confirma el patrón. Chicas tristes, de la mexicana Fernanda Tovar, se llevó guion, dirección latinoamericana y actriz compartida, con un relato sobre adolescencia y silencio. La noche está marchándose ya, ópera prima argentina de Ramiro Sonzini y Ezequiel Salinas, sumó el respaldo de la crítica internacional y de organismos como la OIT a través de Cinetrab. Y el Premio del Público —el único que no depende de ningún jurado especializado— fue para Comparsa, coproducción guatemalteco-estadounidense sobre dos hermanas adolescentes que organizan resistencia colectiva frente a la violencia de su barrio. Incluso ahí, en la categoría que mide el gusto del espectador de a pie y no el criterio curatorial, ganó una película sobre organización comunitaria frente a la violencia, no una comedia ni un espectáculo de evasión.
Conviene, eso sí, no confundir reconocimiento con política cultural. Un festival puede abrir un espacio excepcional para películas que encuentran cada vez menos respaldo fuera de él, pero no puede reemplazar las condiciones necesarias para que esas películas sigan existiendo. El Festival de Lima puede aplaudir la memoria y la disidencia sobre un escenario; sostenerlas fuera de esas dos semanas de agosto es una decisión que no le corresponde a un jurado de cine, sino a quienes deciden el presupuesto público.










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