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Biografía no autorizada del general Arriola Fallola




Óscar Arriola Fallola llegó a la Policía con una ambición sencilla y perfectamente compatible con la tradición institucional peruana: quería ser un hombre temido, respetado y, sobre todo, escuchado. No necesariamente porque tuviera algo particularmente interesante que decir, sino porque había descubierto que en la Policía la voz grave, el uniforme lleno de adornos y una expresión facial de permanente disgusto pueden producir en el espectador la impresión de que quien habla sabe exactamente lo que está haciendo. Arriola convirtió esa impresión en profesión.


Durante décadas fue ascendiendo de oficina en oficina hasta terminar sentado en la silla más alta de la Policía, en una carrera en la que parecía haber aprendido muy pronto que, dentro de una institución tan vertical, la voluntad del superior podía ser más importante que cualquier otra consideración. Arriola sabía estar donde convenía, repetir lo que convenía y, sobre todo, hacer sentir a quien mandaba que podía contar con él para cualquier cosa. Su talento consistía en no incomodar nunca a los de arriba: asentir cuando había que asentir, respaldar cuando había que respaldar y ponerse a disposición con esa diligencia servil que algunos confunden con lealtad. Así fue subiendo, siempre atento a la mano que podía abrirle la siguiente puerta, hasta acabar convertido en el jefe de una institución entera. La carrera de Arriola parecía resumirse en una fórmula bastante sencilla: cuanto más arriba estaba su superior, más abajo estaba él dispuesto a colocarse.


Su especialidad no fue exactamente atrapar delincuentes. Su especialidad fue explicar por qué estaba a punto de atraparlos. Esa diferencia, aparentemente insignificante, le permitió construir una carrera extraordinaria. Si sabía dónde estaba el delincuente, había inteligencia; si no tenía la menor idea de dónde estaba, también había inteligencia, solo que una inteligencia que todavía no había encontrado al delincuente. Y cuando finalmente quedaba en evidencia que se habían equivocado, aparecía la explicación: la información no había sido "tan cierta ni tan correcta". Así, una operación mal hecha dejaba de ser una operación mal hecha y se convertía en un problema de la fuente, del informante, de la información o del contexto. 


Fue en la Dircote donde Arriola encontró, aparentemente, la explicación para todo. Para él, siempre parecía haber "terrorismo" en alguna parte. Si no aparecía, había que buscarlo; si no se encontraba, había que sospecharlo; y si tampoco había sospecha, siempre quedaba la posibilidad de inventarlo. Arriola parecía mirar el país con una obsesión tan desmedida que cualquier cosa podía terminar convertida en una pista: una reunión, una protesta, una pancarta, una declaración, un conocido, una fotografía o simplemente alguien que hubiera tenido la mala suerte de aparecer cerca de la persona equivocada. Donde una persona normal veía una movilización, Arriola parecía ver una célula; donde alguien veía una discusión política, él podía imaginar una estructura clandestina. El "terrorismo" se convirtió así en su respuesta favorita para explicar aquello que no necesitaba explicación. 


La gestión de Arriola también tuvo la virtud de atacar el problema del crimen organizado por el lado menos evidente: debilitando a quienes tenían que investigarlo. Mientras el sicariato, la extorsión y las matanzas crecían, tuvo la brillante idea de sacar de la DIVIAC a unos 140 policías especializados en investigación criminal y enviarlos a otras unidades. Probablemente se trataba de una sofisticada maniobra de inteligencia: retirar a los investigadores de donde estaban investigando para despistar al enemigo y conseguir que los extorsionadores no supieran dónde encontrarlos. La idea era tan brillante que incluso podía funcionar: si los policías dejaban de investigar extorsiones, los extorsionadores podían sentirse completamente tranquilos. Arriola parecía haber descubierto una nueva forma de combatir al crimen: no perseguirlo directamente, sino hacerle creer que la Policía tampoco sabe muy bien dónde está.


Su talento para las decisiones incomprensibles no terminó allí. También fue cuestionado por colocar en puestos importantes a oficiales bajo investigación fiscal, como si en la PNP una trayectoria intachable despertara más sospechas que una carpeta fiscal. En la Policía de Arriola, la capacidad parecía convertirse en un atributo peligrosamente poco confiable, mientras que las investigaciones y acusaciones empezaban a tener el aspecto de una especialización. Y si alguien objetaba que un oficial tenía demasiadas explicaciones pendientes ante la Fiscalía, siempre podía encontrarse una virtud en ello: después de todo, ¿quién mejor para conocer el mundo del crimen que alguien que ya tenía experiencia apareciendo cerca de él?


La brillante lógica de Arriola parecía consistir en invertir por completo los criterios de selección: en vez de buscar a los policías más preparados y menos cuestionados para ocupar puestos de responsabilidad, había que buscar a quienes pudieran aportar, además de su experiencia, una buena dosis de sospecha. Así, en sus manos, una investigación fiscal dejaba de ser un problema para convertirse casi en un mérito curricular.


La última hazaña de Arriola llegó con el secuestro del empresario Jenss Lara en Trujillo, tras el ataque que dejó cuatro muertos. Después de más de 24 horas de cautiverio, el empresario apareció con vida luego de que su familia negociara con los secuestradores y entregara dinero. Arriola tuvo, sin embargo, la extraordinaria capacidad de transformar semejante negociación en una «liberación policial». El comandante parecía haber perfeccionado una nueva técnica operativa: otros ponen la plata, otros negocian, los secuestradores sueltan al secuestrado y la Policía se queda con la hazaña. A este paso, si mañana alguien se escapa de una comisaría por la puerta, Arriola podría presentarlo como una fuga frustrada por inteligencia policial.


Durante años, además, Arriola resultó particularmente útil para determinados sectores de la derecha peruana. Era el policía perfecto para una época en la que el terruqueo se había convertido en una herramienta política de uso cotidiano: uniforme, discurso duro, y una disposición admirable para mirar al adversario como si acabara de salir de una reunión clandestina. Fuerza Popular y Renovación Popular pertenecían a ese universo político que encontraba muy cómodo ese lenguaje. Arriola sabía ofrecerlo. Era, en cierto modo, el proveedor institucional de una mercancía política bastante rentable.


El problema de convertirse en mascota de la derecha es que la derecha, como cualquier dueño de mascota, puede dejar de alimentarte cuando considera que ya no eres útil. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo. Después de años en los que Arriola fue una figura perfectamente funcional al discurso de mano dura, terrorismo y seguridad, ahora los mismos que lo uparon piden su salida. 


Debe ser una experiencia desconcertante para Arriola Fallola. Uno dedica años a decirle a la derecha quiénes son los sospechosos, a quién hay que vigilar y quién merece ser puesto bajo la lupa, y de pronto descubre que quienes antes lo aplaudían desde la tribuna ahora se preguntan qué demonios hace ese tonto en ese puesto.


El gran terruqueador nacional acaba de recibir así una de esas lecciones que la política peruana reserva para sus mejores alumnos: después de pasar años señalando a otros como amenazas, terminó convertido él mismo en un problema. Los sectores que durante tanto tiempo encontraron útil su dedo acusador ahora parecen tener una tarea distinta para él: señalarle la puerta de salida.

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