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Apocalipsis y utopía

Actualizado: hace 3 horas




¿Dinero? -repitió-. Ya no hay quien adolezca de pobreza,

que habrá sido insufrible, ni de riqueza, que habrá sido

la forma más incómoda de la vulgaridad. 

Jorge Luis Borges. Utopía de un hombre que está cansado. 


En América Latina (la cual incluye buena parte de Estados Unidos), el miedo a los gobiernos de izquierda ha sido la herramienta utilizada por la extrema derecha y sus empresarios para copar parlamentos y presidencias. Es un discurso que requiere olvidar la historia y distorsionar y fabricar evidencia, pues para provocar pánico es necesario que las poblaciones reconozcan el terror con el que deben rechazar gobiernos pasados que se llamaron de izquierda (o lo más parecido).


La izquierda te dejará sin hogar, hará homosexuales a tus hijos, ajusticiará a sus enemigos (es decir, a tus allegados),  te mantendrá viviendo en la pobreza, negociará tu comida, no podrás salir del país, controlará la información y te espiará con tecnología, mientras su cúpula de borrachos se enriquece fumando puros. Entonces la extorsión se adueñará del país y terminaremos como Cuba o Venezuela. 


Este discurso político ha convertido la campaña electoral peruana en una competencia mediática, en la que la izquierda intenta aún apelar a la razón, los derechos humanos, la justicia y de vez en cuando al baile y la ironía. Como se ha visto, son emociones de poco impacto en los votantes más jóvenes, con excepción de los más intelectuales. Por ejemplo, la juventud cuando le dio el triunfo a Milei en Argentina o que ahora ha llevado a segunda vuelta a Espriella en Colombia.


En Perú, tampoco son todos los jóvenes, pero sí la mayoría, quienes votan por Fuerza Popular porque gracias a Tik Tok y al discurso de los influencers, viven temiendo que les quiten su casa, quede donde quede, si en San Isidro cerca de un club o en un terreno alto y rocoso en Independencia. Te la van a quitar. Si eres homosexual, reconviértete; si de una violación resultaste embarazada, querida niña, no te dejarán interrumpirlo y tendrá tu cuerpecito que parir. Eso está bien. Está bien también optar por la pena de muerte. Los extorsionadores, que siempre serán presentados como extranjeros, deberán poder ser asesinados, reconociendo la heroicidad de quien lo hizo, o procesados por una pena de muerte muy velozmente ejecutada. Así, prometen los influencers de la derecha en Tik Tok, se terminará con la inseguridad y se pondrá un nuevo y gran orden, jamás descrito. No te preocupes que Dios se encargará. 


Mientras tanto, la izquierda, analiza en grupos de investigación cuáles son las causas de los principales crímenes del país, encuentra que la pobreza y el consumismo desaforado están conduciendo al crimen organizado cómo única vía para personas que abandonaron la escuela, que rompieron con una familia también sumida en la violencia. Entonces, la derecha se indigna de tan sólo pensar que el objetivo principal de un gobierno sea terminar con la pobreza (cuando su labor es conseguir que la riqueza de quienes la consiguieron crezca y crezca) y recurre nuevamente al miedo: se gastarán todas las reservas del país y caeremos en la quiebra. 


La singularidad de este discurso en el Perú es que la dictadura fujimorista que más lo utiliza lo ha adaptado a una reinterpretación de los tiempos del primer gobierno de Alan García, cuando la pobreza y Sendero Luminoso herían al país y cuando Alberto Fujimori, el padre de la actual candidata, se mostró cómo el presidente que logró derrotar al grupo terrorista y que nos sacó de la pobreza con una nueva Constitución.


Ese hecho ocurrió hace más de 30 años atrás. Desde entonces, el país ha cambiado muchísimo, tanto como el mundo (nada más pensemos en la Inteligencia Artificial o el Cambio climático). Pero el fujimorismo insiste en mantener el discurso del miedo al comunismo. Si algo nuevo ha añadido ha sido a la extorsión, temática que ha utilizado desde su gobierno parlamentario para cooptar mediante grandes sueldos la conveniente ineficacia de las fuerzas del orden. La seguridad y el orden son la justificación, dicen sus parlamentarios.

 

Retornando al pasado, durante el último debate electoral, la candidata de Fuerza Popular presentó un discurso en el que para resolver problemas de salud o derechos humanos, prometía retornar a las instituciones estatales que su padre creó hace más de 30 años, organismos que tantos años después se han transformado y están adscritos a nuevos ministerios. Mientras sostenía su proyecto involutivo lo mencionaba con la misma sonrisa con la que prometió carreteras como solución a las amenazas y crímenes contra los derechos humanos que sufre el país, sobre todo sus niñas, diariamente. Todo lo demás quedaba en manos Dios, que como sabemos está más vigente que nunca gracias al enorme impacto de los pastores evangélicos y sus vínculos económicos con la extrema derecha en todo el continente. Ese es el anticuado discurso (¿quién habrá sido su autor?) del fujimorismo contemporáneo por el que la tercera parte del país quiere votar. 


Que nos apene nuestra población adolescente si los terminan de asustar, porque habrán de transitar, como en Argentina o en Colombia, el largo proceso de descubrir que viven manipulados por un temor que conviene a los grupos económicos más poderosos de su país. Que sólo podrán ver la caída de los malos gobiernos de izquierda, impedidos de acceder al modelo contemporáneo del buen vivir y del Estado del bienestar, propuestas exitosas de la izquierda contemporánea en muchos países (sí, del primer mundo al tercero) que reparten con justicia las ganancias de empresarios regulados y comprometidos con su país. 


En estos tiempos mediáticos, ¿podrá funcionar que la izquierda peruana ofrezca a los jóvenes ya no un pasado, como hace la derecha, sino un futuro en el que nuestra adolescencia se pueda imaginar creciendo contenta de estar aquí? Mucho, muchísimo por hacer.


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