Ahora todos quieren ser latinos (casi)
- Matheus Calderón
- hace 20 horas
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Actualizado: hace 10 minutos

La última presentación de Bad Bunny en el Super Bowl ha inundado las redes sociales de conversaciones sobre la identidad y reivindicaciones sobre la latinidad. Y, con estas reivindicaciones, ha venido el malestar natural a aquellos que no se sienten identificados con esta forma específica de ser latino (o con la latinidad en general). A veces, este malestar adquiere codificaciones geopolíticas: una latinidad demasiado isleña y caribeña, en contraposición a la cultura de los países andinos; a veces, codificaciones directa o indirectamente racistas: esa latinidad es demasiado desordenada (o lo que es lo mismo, afro-indígena), en contraposición a la sobria y ordenada cultura de los blancos y blanco-mestizos del sur; a veces, lo que aparece en este malestar es también un intento de crítica: la latinidad según Bad Bunny está demasiado “mercantilizada” y “blanqueada”, y habría que ser más espontáneamente latino –-o de plano rechazar la latinidad y adoptar identidades “verdaderamente” originales u originarias .
La buena comedia, que siempre está muchos pasos adelante que cualquier analista cultural acreditado, ya había identificado este malestar hace casi 20 años: en 2009, hizo su aparición en la TV argentina el personaje de Latino Solanas —interpretado por Diego Capusotto y creado en coautoría con el escritor Pedro Saborido—, un sobreactuado cantante de reggaeton en Buenos Aires que hablaba con (lo que se suponía que era) un fuerte acento caribeño. Lo más interesante era la introducción al sketch, donde Capusotto se preguntaba si “había que hablar como Hugo Chávez para ser considerados latinoamericanos". “La identidad de nuestro continente [Latinoamérica] y la identificación [de los argentinos] con el mismo siempre ha sido confusa. Por suerte, en estos tiempos MTV nos ha dado las pautas y los ejemplos necesarios para ser considerados hoy latinos”.
Fuera de la dimensión humorística propiamente dicha, este filoso sketch (¿alguien, de manera arriesgada, le diría decolonial hoy? O, al contrario, ¿quizás lo acusaría de políticamente insensible?) nos es útil para discutir varios de los niveles de esta discusión de la latinidad. El primero es dicho malestar inmediato: el Imperio (MTV para Capusotto y Saborido; el SuperBowl para el crítico contemporáneo) es una gigantesca máquina de engullir identidades y devolvernos las versiones despolitizadas, fakes, listas-para-usar, “sea usted latino siguiendo estos simples pasos”. Y uno puede aquí optar por salidas falsamente progresistas, por buscar la “verdadera” identidad —ya sea la latinidad “original” o “pura” (que confunde una válida e importante crítica a la mercantilización con el fetichismo de la pureza o el origen), ya sea cualquier cosa que hubiese antes de la llegada de esta nueva invasión latina, demasiado bullosa para el “buen gusto” (una salida indirectamente racista), ya sea rechazar el mote de latino, demasiado ajeno a las culturas andinas locales (una salida problemáticamente particularista).
Pero las ansiedades frente a este nivel inmediato —y su crítica a la triangulación que implica que prácticas culturales producidas en el sur luego sean adoptadas y empaquetadas en el norte y vendidas de vuelta al sur— debe ser contrastada con una lectura histórica de la latinidad, que nunca ha dejado de implicar relaciones (dialécticas) Norte-Sur / Sur - Norte. Así como la latinidad no puede ser pensada sino como una respuesta a las relaciones coloniales e imperialistas que el Norte ha sostenido con Latinoamérica, tampoco puede ser pensada sin cómo los latinoamericanos se han apropiado de prácticas culturales nacidas en el Norte: no hay salsa sin Cuba o Puerto Rico, pero tampoco sin Nueva York; no hay regional mexicana sin México, pero tampoco sin California.
Aquí podemos echar mano de un argumento realizado medio en serio, medio en broma, que apareció en Twitter hace algún tiempo y que decía, a propósito de la serie The Sopranos, que los verdaderos italianos son los italoamericanos de New Jersey. Esto, porque en el momento de la gran migración italiana a Estados Unidos a inicios del siglo pasado, no existía Italia como tal, sino solo un conjunto de identidades regionales. Los italoamericanos, en cambio, ya tienen una identidad común, ya tienen una Italia (más o menos) unificada a la cual aspirar. La lección del chiste es que no hay identidad sin reificación, por un lado, y que esta reificación ocurre necesariamente en puntos de contacto (a veces, de contacto violento o dominación). Por eso, el viejo Jameson indicaba ya que la cultura —lo mismo se puede decir de la identidad— no es una sustancia, sino un “espejismo objetivo” que surge de la relación de, al menos, dos grupos. Y es por eso también que la latinidad (así como buena parte de las identidades de circulación global) muchas veces habla mejor el lenguaje de las diásporas (no solo geográficas, sino también de clase económica y cultural).
En el campo progresista, muchas de estas discusiones en torno a la latinidad en particular, y en torno a la identidad en general, suelen volverse estériles o caer en nominalismos (“¿latino, yo? ¡jamás!, ¡ese es un término de los colonizadores!, mejor busquemos otro nombre”, etc.) y admito que yo mismo he sentido este malestar frente a la categoría en tanto que migrante (Perú es, por territorio, andino y amazónico, pero Piura, al menos musicalmente está más cerca de los ritmos tropicales y los pueblos afro de lo que mucha gente quisiera reconocer — ¿no es “Cantinero de Piura” una reversión de “Cantinero de Cuba”?—). Por eso, suelo utilizar la coartada geográfica: no latino, y aún menos latinx, sino latinoamericano. Pero, sospecho, que esa coartada no durará por mucho tiempo...
Frente al malestar de la identidad, la receta no pasa por apelar a purezas. Salir de discusiones estériles empieza por reconocer que no hay nada “esencial” en la identidad latina –o, para tal caso, en ninguna identidad. Que la crítica (política) empieza cuando aceptamos que las identidades son “espejismos objetivos”, que se determinan históricamente, se reifican (a veces, de manera problemática y según lo dicta el mercado) y que son reabsorbidas y reinterpretadas por los hombres y mujeres del común en su vida diaria; que son siempre, por naturaleza, descolocadas y que, la más de las veces, están allí para ser desplegadas y desarrolladas creativa y políticamente, nunca fijadas de antemano; que son, también, recursos para la comunidad, la solidaridad y para la lucha por una mejor vida.








