Las humanidades ante el reto de la inteligencia artificial
- Ricardo Falla Carrillo

- hace 15 horas
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La historia del conocimiento técnico puede entenderse como un ejercicio real sobre los esfuerzos del ser humano por domesticar sus herramientas, evitando así que estas terminen por socavar su propia identidad. Sin embargo, nos encontramos hoy ante un fenómeno que carece de genealogía clara en la historia de la técnica: la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) y su tránsito hacia la Inteligencia Artificial General (AGI) y la Superinteligencia (ASI).
Ante este panorama, surge una pregunta que no admite optimismos ciegos: ¿Sobrevivirán las humanidades a este reto o estamos asistiendo a su funeral intelectual? No es un secreto que la IA constituye el mayor desafío que han experimentado las humanidades, pues ni el giro lingüístico ni el advenimiento del positivismo sacudieron tanto sus cimientos como lo hace hoy la capacidad de una máquina para simular el logos. Por primera vez, el "sentido" —el reducto sagrado del espíritu— está siendo industrializado a una escala sin precedentes.
I. El asedio a la verdad y el simulacro del juicio
El desafío que plantea la IA actual es, ante todo, epistemológico, pues las humanidades se han erigido históricamente sobre la exégesis y el encuentro crítico con el archivo. Mientras el historiador o el filósofo buscan la verdad en la intención profunda del autor y en el contexto vibrante de una época, la lógica del "flujo sintético" que impulsa la IA no busca la verdad, sino la verosimilitud estadística. La máquina no comprende el peso del tiempo ni el dolor de la historia; simplemente calcula qué palabra debe seguir a otra para que el resultado sea convincente para un ojo no entrenado. El riesgo real es que la coherencia algorítmica termine por suplantar a la veracidad, convirtiendo al humanista en un simple corrector de estilo de un simulacro. Imagine un análisis sobre la Revolución Francesa generado por IA: será impecable en su sintaxis, pero carecerá de la comprensión del miedo real en las calles de París, reduciendo el drama humano a un patrón de datos procesables.
Si la IA sustituye al filósofo o al historiador en el ejercicio de argumentar, nos enfrentamos a una mutación del saber mismo. La IA puede elaborar argumentos que parezcan "mejores" por su exhaustividad, pero esa perfección es engañosa porque carece de responsabilidad ética. Un historiador que argumenta sobre el impacto de la conquista en el Perú asume una posición frente a la memoria y el dolor; la IA, en cambio, solo optimiza una narrativa basada en la frecuencia de sus fuentes de entrenamiento.
El argumento humanístico no es solo una estructura lógica, sino un acto de compromiso con la realidad. Si delegamos la argumentación a la máquina porque es más "eficiente", estamos aceptando que la verdad es un producto de consumo y no un proceso de búsqueda. La relevancia del filósofo no reside en su capacidad de procesar datos, sino en su capacidad de dudar y de cuestionar el propósito de esos mismos datos en la formación de la sociedad.
II. La AGI como fractura de la condición humana y el sujeto racional
Si la IA actual es una herramienta, la Inteligencia Artificial General (AGI) se presenta como una tecnología radicalmente poderosa que cuestiona lo que entendemos o entendíamos como condición humana. La promesa de una máquina que iguale la capacidad cognitiva humana en cualquier tarea golpea el núcleo de la antropología filosófica: la noción del sujeto racional único. ¿Qué espacio queda para la filosofía si el razonamiento puede ser "acelerado" mil veces por un procesador? La respuesta reside en la experiencia: la AGI podrá procesar silogismos perfectos, pero carece de la angustia existencial y de la conciencia de la propia finitud. Las humanidades sobrevivirían solo si logran demostrar que el conocimiento no es un "insumo" procesable, sino una encarnación del sentido que nace del cuerpo, de su fragilidad y de su inserción en un tiempo biológico que la máquina ignora por completo.
La posibilidad de un saber "más completo y acabado" generado por una Superinteligencia (ASI) nos traslada a un escenario de teología secular, donde la tentación es entregar el juicio humano a una entidad "perfecta". Sin embargo, un saber totalmente acabado sería el fin de la curiosidad humana y, por tanto, el fin de la historia. Se nos ofrece una promesa mesiánica: una inteligencia que puede optimizar la economía y gestionar la política sin errores humanos. Pero aquí, las humanidades deben actuar como el último reducto de la duda metódica, defendiendo la dignidad del error y la necesidad de la tragedia. Una sociedad perfectamente optimizada, sin los "ruidos" de la pasión y el fracaso, sería una sociedad muerta para el espíritu. La relevancia del historiador aquí es recordar que la Historia es, en esencia, el registro de nuestras imperfecciones, y que es en ese margen de error donde reside nuestra verdadera libertad.
III. El humanista en peligro de extinción
Debemos ser realistas: los filósofos, historiadores, literatos y lingüistas están en peligro de extinción si no asumen las consecuencias de la IA sobre la producción del saber. El riesgo no es solo que la IA reemplace al intelectual, sino que borre al receptor de las humanidades. Las disciplinas humanísticas requieren de la lectura lenta y la contemplación, procesos que están siendo erosionados por la inmediatez de la era algorítmica. Si perdemos la capacidad de sostener la atención ante un texto complejo de Kant o una crónica minuciosa de nuestra propia historia, las humanidades morirán por falta de interlocutores, convirtiéndose en piezas de museo sin nadie que sepa interpretarlas. Debemos enseñar a resistir la velocidad del algoritmo para recuperar el tiempo humano de la reflexión, un tiempo que no busca "terminar" un saber, sino habitarlo y cuestionarlo constantemente.
La universidad se enfrenta a un colapso de la evaluación tradicional del conocimiento si la IA puede generar ensayos y tesis de manera automática. Pero el problema es más profundo: la pedagogía humanística siempre ha sido una formación del carácter. Si el estudiante delega el proceso de redacción y pensamiento a una máquina, el proceso de formación personal se anula por completo. El reto es rediseñar la enseñanza no para competir con la IA en volumen de información, sino para fortalecer los procesos que la IA no puede replicar: el debate socrático presencial, la duda existencial que surge del encuentro con el otro y el compromiso ético con la realidad. Un saber "acabado" por la IA es un saber que no transforma al sujeto que lo posee; es una prótesis intelectual que atrofia la capacidad de pensar por cuenta propia.
IV. Soberanía intelectual y la resistencia de la memoria viva
Para el pensamiento latinoamericano y peruano, este reto tiene una carga política ineludible que no podemos ignorar. Si no desarrollamos una Soberanía Intelectual Digital, nuestras humanidades serán absorbidas por modelos entrenados bajo la cosmovisión del norte global. La IA podría ser el instrumento de una nueva colonización donde nuestra historia sea reinterpretada por un algoritmo que ignora nuestras heridas, nuestras luchas y nuestra memoria histórica particular. La supervivencia de las humanidades en el Perú pasa por defender una infraestructura del saber que hable desde nuestra propia realidad. Por ejemplo, un algoritmo entrenado en Silicon Valley difícilmente captará las sutilezas de la identidad andina o la complejidad de nuestras tensiones sociales, ofreciendo en su lugar una versión esterilizada y "completa" que, en realidad, es una forma de olvido.
Como ocurrió con la invención de la escritura, la IA representa una externalización masiva de nuestra memoria. Pero a diferencia de un libro, que es un objeto pasivo, la IA es un agente activo que reinterpreta los datos por nosotros, ofreciendo conclusiones ya masticadas. El riesgo esencial es que, al tener una memoria externa infinita, el ser humano pierda la musculatura intelectual necesaria para sostener sus propias convicciones. Las humanidades son un ejercicio de memoria viva; su mayor amenaza es que nos convirtamos en espectadores pasivos de nuestra propia historia, dejando que el silicio nos dicte quiénes fuimos y quiénes debemos ser. La relevancia del historiador hoy es precisamente la de ser un guardián de esa memoria que no se deja "optimizar" ni reducir a un flujo sintético de información eficiente.
V. La técnica como destino y el valor de lo inacabado
Siguiendo a Heidegger, debemos preguntarnos si la técnica no se ha convertido ya en nuestro destino inevitable. La IA no es algo que simplemente "usamos"; es un entorno que nos habita y preconfigura nuestra relación con el mundo. En este sentido, las humanidades se encuentran tratando de justificar su existencia en un mundo que solo valora lo cuantificable y lo útil. La paradoja es que, cuanto más potentes son nuestras máquinas, más necesitados estamos de aquello que no tiene utilidad práctica inmediata. La poesía, la historia y la filosofía no sirven para fabricar nada, pero sirven para que lo que fabriquemos no termine por destruir nuestra esencia humana. Un argumento generado por IA puede ser "mejor" lógicamente, pero un poema escrito desde el dolor humano es "superior" porque es real.
Llegados a este punto, la pregunta persiste: ¿sobrevivirán las humanidades? La respuesta más honesta es que no lo sabemos. Esta incertidumbre estructural se manifiesta en la delegación de la voluntad, donde la comodidad algorítmica erosiona el deseo de ejercer el juicio crítico. La autonomía de lo técnico sugiere una dinámica que trasciende la voluntad humana, donde las formas de conocimiento no cuantificables podrían ser marginadas por un sistema que solo reconoce la eficiencia del resultado. Al desdibujarse la figura del autor, se desmorona la historia intelectual; sin esa genealogía de conciencias en diálogo, las humanidades pierden su objeto de estudio y su razón de ser. Estamos ante un final abierto donde la mediación algorítmica total amenaza con anular la experiencia directa del mundo, fuente de toda pregunta humanística. Nuestra labor es habitar esa incertidumbre con la frente en alto.













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