La violencia que no queremos mirar
- Rafael de la Piedra Seminario

- hace 4 días
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Vivimos tiempos contradictorios en el Perú. Nos alarma —con toda razón— la extorsión, el sicariato, el robo al paso, la violencia que parece devorar nuestras ciudades a plena luz del día. Cada semana surge un nuevo video, una nueva estadística, un nuevo escándalo político que ocupa nuestra atención. Sin embargo, en medio de esta avalancha de caos público, hemos dejado de mirar un drama que ocurre dentro de nuestras propias casas.
Mientras los noticieros reportan cifras escalofriantes de asesinatos, otra violencia —igual de grave, pero infinitamente más silenciosa— continúa creciendo: la violencia contra la mujer. No ha disminuido; lo que ha pasado es más inquietante: se ha vuelto una sombra discreta en un país saturado de tragedias. Pero que algo sea invisible no significa que no exista. A veces lo invisible duele más.
Las ideas mal entendidas
Si algo ha enseñado la filosofía —y Savater lo diría sin titubear— es que la injusticia rara vez empieza con un golpe. Nace, más bien, de ideas mal entendidas. Y nosotros culturalmente arrastramos varias: que el amor “todo lo soporta”, que los celos son prueba de cariño, que la mujer debe aguantar todo “por la familia”, que las peleas fuertes “son normales”, y que “siempre ha sido así… no lo vas a poder cambiar”.
Pero, una frase humillante disfrazada de broma, un control camuflado de preocupación, un comentario que reduce la dignidad del otro; es el inicio de todo. La violencia física será el último tramo de un camino que comenzó cuando alguien renunció a ser tratado con respeto. Y lo peor, es que ni siquiera se dio cuenta.
En el fondo, hablamos del mito del “amor rosa” distorsionado y de un reparto desigual del poder. Como todo mito peligroso, se sostiene porque se repite y se normaliza. La costumbre —esa gran anestesia— es a veces la forma más discreta pero peligrosa de la injusticia.
Cifras que no podemos ignorar
Los últimos datos no dejan espacio a la indiferencia:
En el primer semestre de 2025 se registraron 78 feminicidios, un aumento del 11.4 % respecto al año anterior.
Hubo 133 intentos de feminicidio; mujeres que sobrevivieron casi por azar.
Más de la mitad de las víctimas tenía entre 18 y 29 años.
Las desapariciones de mujeres aumentaron: 31 % más en adultas y 41 % más en niñas y adolescentes.
Según el INEI, el 53.8 % de peruanas ha sufrido violencia de su pareja.
Estas cifras no deberían servir solo para indignarnos por un instante sino obligarnos a enfrentar aquello que hemos invisibilizado, o que preferimos no tener tan presente.
La violencia contra la mujer no es solo un problema social: es, sobre todo, un problema ético y cultural. Cultural, porque hunde sus raíces en hábitos, discursos y costumbres que repetimos sin pensar. Ético, porque la convivencia es un acto moral: exige respeto, empatía, libertad… y el coraje de decir “no” a cualquier forma de humillación.
No basta culpar a “la sociedad” como si fuera un ente abstracto. La sociedad somos nosotros: lo que callamos, lo que justificamos, lo que toleramos, lo que fingimos no escuchar. Las injusticias muchas veces no persisten por la fuerza de los violentos, sino por la pasividad de quienes las observan.
La responsabilidad de mirar… y actuar
La ética no es una teoría guardada en un libro, sino se juega en lo cotidiano: en cómo tratamos a los demás, en cómo intervenimos cuando alguien necesita apoyo, en cómo nos posicionamos frente a la injusticia.
La violencia contra la mujer no desaparecerá por decreto ni por campañas bien intencionadas. Exige pensamiento crítico, sensibilidad ética y una ciudadanía que no mire hacia otro lado. Y entonces conviene hacernos una pregunta incómoda:¿Qué tipo de país construimos cuando permitimos que tantas mujeres vivan con miedo?
Cada 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, instaurado por la ONU en 1999. La fecha no busca dramatizar; sino nos recuerda que detrás de cada número hay un rostro, un nombre, una vida interrumpida o marcada por un acto de violencia.
La transformación empieza en pequeño: en la manera de hablar, en los límites que ponemos, en cómo acompañamos, en el valor de no justificar nunca aquello que hiere y duele. No se trata de cambiar al país entero en un día, sino de cambiar —cada uno— la parte que está en nuestras manos transformar.
Si algo nos enseña esta fecha es que la violencia no es inevitable: es humana; pero también es humana la capacidad de construir relaciones más libres, más justas y dignas. Y ese camino empieza por un gesto simple pero decisivo: atrevernos a ver lo que durante demasiado tiempo hemos preferido ignorar… para finalmente cambiarlo.
Fuentes consultadas
Defensoría del Pueblo del Perú. Qué pasó con ellas – Reporte Igualdad y No Violencia N.º 60, 61 y 62 (Enero–Marzo 2025).
Defensoría del Pueblo del Perú. Incremento de feminicidios y desaparición de mujeres en el primer semestre de 2025. Julio 2025.
INEI. Encuesta Demográfica y de Salud Familiar (ENDES 2023).
Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables. Atenciones en Centros Emergencia Mujer durante el 2024.
Infobae Perú. “Cada dos días de 2025 una mujer fue víctima de feminicidio en Perú.” Mayo 2025.
Infobae Perú. “Feminicidios no cesan en Perú: 93 casos en 2025.” Agosto 2025.













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