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La desigualdad como estilo de vida culturalmente aceptado


La inequidad como ejercicio cultural acogido y homologado por todos, incluso por los que menos tienen: una explicación desde la antropología y economía.


Explorando el Instagram [IG] con mi esposa -cuando termina el día- solemos reírnos de los reel o aquellos pequeños videos que muestran personas en situaciones complicadas pero hilarantes, perritos o gatitos haciendo maniobras que no solo nos generan ternura sino risa. Son banalidades que ella -periodista, editora, traductora y escritora rusa- y yo, economista nos permitimos.


No obstante, siempre nos encontramos con cuentas IG cuyo contenido nos premia en simultáneo.


Una de ellas es la cuenta IG de Candela Antón, una antropóloga [y recién me entero, actriz o al menos en ello incursionó en un tiempo], donde habló en casi minuto y poco más de la desigualdad y cómo las dimensiones culturales -y hay que decirlo, ideológicas- la “justifican” y justificaron a lo largo de la historia económica y social así como política del planeta.


Normalicemos la desigualdad


Antón inicia con un hook [gancho] de campeonato, preguntándose ella: ¿cómo las sociedad aceptan la desigualdad sin desencadenar ello en un conflicto? entendemos guerras, guerras civiles, revoluciones, levantamientos, estallidos sociales.


Tras este gancho -directo a la quijada de aquel decil más alto que se come cuatro quintos de la torta- Antón responde que hacemos de la desigualdad un asunto cotidiano porque existe todo un “sistema de legitimación simbólica”, dice ella.


Sí, desde el inicio de los tiempos; en los umbrales de la historia y si me apuran como economista, todo señala que el homo sapiens sapiens liberó el concepto de desigualdad y le otorgó el carácter que ustedes -lectores- deseen:


Que si él es el jefe de la tribu y su familia registra determinados privilegios es porque el dios tal -y el mazo que lleva en la mano- así lo quisieron.


Que si él es rey y su familia registra determinados privilegios es por mandato divino; y por el ejército y la nobleza así como el clero que lo siguen.


Que si él es un mega rico y su familia registra determinados privilegios es por mandato de una herencia, subsidio, estímulo económico de un Gobierno o trabajadores baratos en el sudeste asiático y la India que sueldan microprocesadores para aquel teléfono inteligente.


La desigualdad -sea social, económica, política, ideológica- funciona porque en los últimos 5 000 años simplemente la hemos visto como una dimensión que es parte de nuestro día a día, de nuestro cotidiano quehacer.


Porque además de detectar que es un problema concebirla como “algo normal”, el problema es cómo lidiamos con ella; y en ello, no hemos sido -como sociedad- muy “exitosos” pese a la revolución mexicana, rusa, china, etc.


La inequidad: su estudio


En el punto precedente, es clave el aporte del economista francés Thomas Piketty en sus dos obras esenciales para mi gusto: El Capital en el Siglo XXI [2013] y Capital e Ideología [2019].


En la primera, Piketty -investigador de la Escuela de Economía de París- advierte de una inecuación que concluye todo el espacio de la desigualdad.


Sobre todo aquella que corresponde a inequidad patrimonial, herencias y patrimonios ociosos identificando a estos como vectores que ha perpetuado la disrupción entre grupos económicos minoritarios con poder dinerario y político versus los ingresos totales de una economía o aquel -como se dijo- decil más alto que fagocita ingresos, rentas y salarios de una nación entre un 40% hasta un 80% según sea el caso.


Basta ver cómo el francés analiza los últimos 140 años de la sociedad francesa -muy aburguesada por cierto- y revisar El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas y Auguste Maquet o El Coronel Chabert de Honoré de Balzac para que él haya caído en cuenta de cuán avanzado y normalizado está el discurso desigualitario.


Hace más de una década, cuando estaba sentado en la sala de redacción mi querida LaMula leyendo El Capital en el Siglo XXI descubrí que -al fin- alguien le puso la cola al burro; que alguien identificó -algebraicamente, de momento- dónde está la madre del cordero.


La inecuación central


En este punto me pondré algo técnico, sepan ustedes disculpar.

Piketty logró reducir el entramado de los clásicos de la literatura francesa como ejemplo y decantar en la siguiente relación:


r>g


Donde:


r = tasa de ganancia del capital [rendimientos, dividendos de acciones, intereses de bonos, rentas inmobiliarias temporales o perpetuas, herencias, fideicomisos]; y

g = tasa de crecimiento económico [PBI real, productividad, ingresos].


Tranquilidad, vamos a analizar el significado algebraico.


Si  r>g, el capital que se ha ido acumulando y creciendo lo hace de manera las dinámica -célere- que el crecimiento de la economía agregada; entonces:


○     Los propietarios del capital son testigos del incremento de su riqueza proporcionalmente más que el resto de la población que se hace más pobre monetariamente hablando.

○     Lo que provoca una concentración dinámica de la riqueza en pocas manos y ello alienta -económica e históricamente- a la desigualdad estructural que Piketty leyó en las obras de Dumas o de Balzac.


Herederos y “el pobre es pobre porque quiere”


Y surgen -a propósito de la inecuación r>g- patrimonios hereditarios que corren el peligro de ser “ociosos” no aportando a la productividad general y productividad de factores [uso eficiente del capital, del trabajo, de la tierra, de la tecnología] en beneficio de la sociedad. 

En corto:  no dan “chamba”.


Pero esto lo describió el francés hace más de una década, y él no se esperaba -de pronto, sí- que surgiera una “clase trabajadora” o una horquilla de hogares de bajos a medianos ingresos defensora de los ricos y mega ricos; y que hoy despotrica -gritando “comunista” a todo lo que no piense como ellos- en redes, vota a Donald Trump o a Javier Milei.


Y que estando sobre endeudada y llegando a rastras a fin de mes, defiende a los banqueros, justifica los desahucios y ataca a los inmigrantes; no sin antes advertir que “el pobre es pobre porque quiere”.


De regreso con Candela Antón, este rango muestral poblacional confirma la frase -de la antropóloga- cita aquella que reza ante la pregunta “por qué se permite la desigualdad”; pues porque se legitima, se le da carácter consuetudinario, político, ideológico, discursivo, sistemático.


E identitario. Cuando es todo lo contrario para el trabajador que se dice libertario pero que apoya la guerra comercial arancelaria, y mientras paga a plazos su nuevo iPhone desarrollado con ayudas del Estado en el pasado; olvidándose que el “bisabuelo” de su celular fue un sistema de radiofonía portátil inventado en la Unión Soviética.


Sociedades y desigualdad


En este punto es clave conocer qué es una sociedad ternaria que, en palabras de Piketty, se resume en “aquellas compuestas por tres grupos sociales distintos; cada uno con un rol en la comunidad siendo éste indispensable para su perpetuación: el clero, la nobleza y el pueblo llano.”


Este tipo de estratificación fue transformándose -dice el economista galo- hasta las sociedades modernas tras su paso por “la revolución burguesa” que precedió a la revolución industrial y que actualmente catamos a los -antaño- señores feudales en un Elon Musk o Jeff Bezos o en un Bill Gates.


Este ecosistema provocó un discurso hegemónico, según Piketty donde “todo a la derecha, nada a la izquierda; menos al centro”; donde -dice el economista- esta retórica nos llevó a detectar “aquellos paraísos fiscales de los que algunos sospechan [y con razón] que roban al resto del planeta, por no olvidar países cuya prosperidad está basada en las emisiones de carbono y en el calentamiento global”.


Es el “hipercapitalismo mundializado”, dice.


Lo increíble: lo aceptamos.


Candela Antón cita el trabajo de Bourdieu y Passeron [1970]. De acuerdo con los autores, “Aunque aparenta ser neutral y meritocrática, la escuela favorece a los estudiantes que provienen de clases medias y altas, porque ya poseen el capital cultural [formas de hablar, conocimientos, gustos, hábitos] que el sistema escolar valora. Los estudiantes de sectores populares, en cambio, parten en desventaja, pues no comparten ese mismo capital cultural.”


La escuela, dicen los autores, ejerce una cultura “violenta” al imponer lo “superior” como lo “dominante” o lo que debe dominar soslayando que esto funciona para las élites; también se exagera aquello de la meritocracia, cuestión que en América Latina es más evidente; y finalmente, dicen, “La escuela funciona como un mecanismo de selección social: clasifica, orienta y jerarquiza a los estudiantes”.


La escuela demuestra que el sistema escolar no es un simple espacio de ascenso social, sino un dispositivo que reproduce y legitima las desigualdades de clase, disfrazándose de mérito individual, es la conclusión.


Antón nos habla de Mary Douglas, donde la autora demuestra que las nociones de pureza e impureza son instrumentos simbólicos para sostener jerarquías sociales. Clasificar a determinados grupos como “contaminantes” o “fuera de lugar” es una forma de legitimar su subordinación y, con ello, reproducir la desigualdad estructural.


En simultáneo la española señala el trabajo de Lois Dumont en la India, a propósito de su sistema de castas y la jerarquía como principio basal.


Dumont concluye que el sistema de castas de la India es un sistema ideológico holista en el que la desigualdad no se vive como injusticia, sino como parte de un orden religioso y de cosmovisión que organiza jerárquicamente a la sociedad vía la oposición pureza versus impureza.


La desigualdad queda así naturalizada y justificada.


A contracorriente pero que le da poder de demostración a la tesis de Antón con un contra ejemplo, ella advierte a propósito del estudio de James Woodburn quien observó a los Hadza, un pueblo cazador-recolector de Tanzania, lo que sigue.


Woodburn concluyó que los Hadza conservan la igualdad a través de mecanismos sociales e institucionales que bloquean y diluyen el surgimiento de jerarquías, acumulación y dominación. Su economía de retorno inmediato y su cultura del compartir garantizan un igualitarismo sostenido, en contraste con sociedades agrícolas o estatales donde surge la desigualdad estructural.


Impuestos versus desigualdad: ¿cuestión de fe?


El economista peruano y uno de los directores del Banco Central de Reserva, Germán Alarco en su libro Riqueza y desigualdad en el Perú: visión panorámica [2019] dice -citando a Joseph Stiglitz- que este “considera como causas de la desigualdad la presencia de fallas del mercado como las asimetrías de información, fallas de Gobierno por exceso o ausencia de regulación, búsqueda de rentas, la desregulación, la reducción de las inversiones públicas, la financiarización [SIC] de la economía”.


Lo citado por Alarco es clave porque nos permite dibujar un escenario donde el Estado sea quien cierre estas brechas; sí, un “Estado-Hadza”.


Nota: Alarco también destaca en su libro el rol del coeficiente GINI para medir la desigualdad en términos de ingresos.


Es claro que para inclinar la balanza hacia el camino o trayectoria de la igualdad no sólo social o cultural o ideológica, sino económica una política impositiva que bascule con más eficacia y eficiencia la relación r>g cae de madura.


Ese rango donde -de acuerdo con datos de UBS Global Wealth Report 2025- el 1% de los adultos más ricos del planeta [60 millones] concentra una horquilla del 48,1% de la riqueza mundial [2024]; o si se desea por deciles, los más ricos [top 10 %] fagocitan alrededor del  76% de la riqueza global [2022], advierte el World Inequality Report [2022]; bien, estas horquillas se pueden moderar con impuestos progresivos, advierten economistas y firmas gestoras de activos.


Esto señala en simultáneo -y según el laboratorio de ideas- una distribución desigual al extremo: una décima parte de la población controla más de tres cuartas partes de toda la riqueza del planeta, mientras que la mitad más pobre apenas accede al 2%.


Según Piketty en Capital e Ideología [2019], una política fiscal que se lea desde impuestos elevados no golpea a los más ricos en tanto sí impacta en la reducción de la desigualdad.


Con promedios -de impuesto a la renta- de entre 80% y 89% entre 1932 y 1980, tanto en Estados Unidos como en Reino Unido “no parece que estos niveles aplicados por medio siglo hayan causado la destrucción del capitalismo. Más bien todo lo contrario”, advierte el francés.


“La creciente progresividad fiscal contribuyó de manera notable a reducir las desigualdades en el siglo XX”, dice.


“Para los adeptos a Ronald Reagan y Margaret Thatcher el descenso de la progresividad fiscal se convirtió -cuando llegaron al poder- en el ícono de lo que se conocería como ‘la revolución conservadora'”, agrega.


“Este giro político e ideológico de la década de los 80 tuvo un impacto considerable en las desigualdades no sólo en Estados Unidos y Reino Unido, sino en todo el mundo”, porfía Piketty.


Un impuesto a los más ricos está lejos, tanto como aquellos años 50 u 80 del siglo pasado; ¿por qué? porque hoy, con un mundo polarizado y con el pensamiento crítico neutralizado y cauterizado donde el ataque ad hominem es la trayectoria de cualquier “debate”, es un anatema este asunto de los impuestos a las mega fortunas o mega salarios.


Y donde la valla creada por aquellos sistemas de legitimación simbólica, económica, política, social e ideológica va ganando la batalla.


De momento, lo citado por Antón lleva sentido porque existen dos clases de defensores del modelo anti igualitario: los megamillonarios y los idiotas. Mira tú saldo en el banco y detecta cuál de los dos eres.


FIN. 

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