Guillermo Zermeño: el historiador conceptual
- Ricardo Falla Carrillo

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La obra del historiador y teórico mexicano Guillermo Zermeño Padilla constituye una de las contribuciones más sistemáticas a la teoría y la epistemología de la historia en el ámbito hispanoamericano. Profesor e investigador en el Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México y referente de la historia conceptual en nuestra lengua, Zermeño ha examinado a lo largo de cuatro décadas los fundamentos teóricos sobre los cuales se construye el conocimiento del pasado.
A través de investigaciones como La cultura moderna de la historia (2002/2010), Historias conceptuales (2017) y su obra de madurez Historiografía, temporalidad y saber histórico (2025), su trabajo ha cuestionado la premisa de que el pasado se entrega de forma directa y neutra al investigador. El presente ensayo examina su trayectoria intelectual, sus aportes metodológicos a la historia de los conceptos y la relevancia de sus reflexiones sobre el tiempo, el archivo y la escritura para comprender de manera rigurosa los procesos políticos, sociales y culturales de América Latina.
Trayectoria intelectual y el giro historiográfico: la comunicación y la observación de segundo orden
Para comprender la significación académica de Guillermo Zermeño Padilla (México, 1952) es necesario situar su trabajo frente a los modelos que predominaron en la historiografía latinoamericana durante buena parte del siglo XX. Durante décadas, la disciplina histórica en la región estuvo dominada por una perspectiva empirista que concebía al historiador como un observador neutral, cuya función consistía en acudir al archivo para extraer testimonios y reconstruir los acontecimientos de manera fáctica. Esta postura establecía una división jerárquica: por un lado, la "Historia" entendida como el acontecer real y objetivo; por el otro, la "historiografía", relegada a una función secundaria de registro bibliográfico o inventario descriptivo de lo que otros habían escrito.
Zermeño, en diálogo y colaboración con Alfonso Mendiola a través de la revista Historia y Grafía de la Universidad Iberoamericana, sometió este modelo a un examen crítico. En el texto "De la historia a la historiografía: las transformaciones de una semántica" (Mendiola y Zermeño, 1995), se argumentó que el conocimiento histórico no opera sobre objetos físicos inmediatos, sino sobre emisiones lingüísticas y discursivas que demandan ser descifradas como actos de comunicación. La sociedad, desde este marco teórico deudor de la sociología de Niklas Luhmann y de las investigaciones de Michel de Certeau, no es un conjunto de sustancias estáticas, sino una trama dinámica de producción de sentido. Como señalaron Mendiola y Zermeño (1995):
La autodescripción de la sociedad de la segunda mitad de este siglo comprende a la sociedad como un sistema de comunicaciones, es decir, lo específico de la sociedad no son las cosas sino la producción de sentido. De la sociedad como cosa a la sociedad como sentido. Este cambio es el que termina con las evidencias en que se sustentó el conocimiento de la ciencia de la historia hasta fines de los cincuenta. [...] Si la historia como ciencia trabaja sobre escritura y no sobre "hechos", se termina la distinción que ésta tenía con la historiografía. Esta última sólo insiste en una cosa: la historia se hace con grafía y produce grafía. (pp. 254-255)
Esta premisa epistemológica renovó el tratamiento de las fuentes documentales en el análisis de los procesos latinoamericanos. El documento de archivo —sea una relación de méritos virreinal, un memorial indígena, un expediente judicial o un acta constitucional— dejó de ser tratado como una ventana transparente a la realidad fáctica para ser conceptualizado como un "texto de cultura". Esto implica que todo testimonio histórico es una emisión producida dentro de condiciones institucionales, retóricas y sociales precisas, orientada a destinatarios concretos y estructurada según normas de aceptabilidad de su propia época.
En La cultura moderna de la historia (Zermeño Padilla, 2002/2010), el autor profundizó esta línea al estudiar la historia de la disciplina como una práctica social e institucionalizada. Demostró cómo la "ciencia histórica" emergió durante el siglo XIX en estrecha vinculación con los requerimientos del Estado nacional, desarrollando reglas metodológicas para fijar una memoria pública y legitimar identidades cívicas. Para el estudio de América Latina, este enfoque ofrece una herramienta analítica decisiva: permite desnaturalizar los relatos fundacionales de los Estados decimonónicos y examinar críticamente cómo las élites políticas y letradas construyeron discursivamente el pasado para cohesionar a sociedades fragmentadas. La historiografía se define, así como una observación de segundo orden: un análisis metódico sobre cómo las comunidades humanas se han observado, clasificado y narrado a sí mismas a lo largo del tiempo.
La historia conceptual y los procesos de modernización política en América Latina
La vertiente más difundida de la obra de Zermeño corresponde a su labor en la historia conceptual. En interlocución con las formulaciones de Reinhart Koselleck y como uno de los principales coordinadores del proyecto internacional Iberconceptos, Zermeño adaptó esta perspectiva teórica al estudio de los mundos ibéricos e hispanoamericanos, superando la simple importación acrítica de modelos europeos.
La historia conceptual, en la perspectiva de Zermeño, no equivale a una historia de las ideas abstractas ni a un catálogo etimológico. Su propósito radica en demostrar que los conceptos no son meros reflejos pasivos de los cambios estructurales, sino componentes activos que articulan y hacen posibles las transformaciones históricas. Los conceptos son índices y factores del acontecer: condensan la experiencia histórica acumulada y abren expectativas de acción para los agentes sociales. En la presentación del expediente monográfico de Historia Mexicana sobre la modernidad conceptual (Zermeño Padilla, 2011), el historiador delimitó esta articulación:
[...] el mismo Koselleck no era nada ingenuo al pensar que no toda la realidad del pasado era reducible a un gesto lingüístico, pero sabía, al mismo tiempo, que sin lenguaje no hay realidad histórica. Con ello sólo se insistía en el límite que separa a la realidad sensible (la vivencia) de la realidad observada (la experiencia). Así, no habría historia sin lenguaje, pero tampoco lenguaje sin historia. Por esa razón, para Koselleck la Begriffsgeschichte sólo era el paso previo para la formulación de una teoría o la comprensión de la historia. Una historia imbuida de un sentido particular de temporalidad. (p. 1446)
El volumen Historias conceptuales (Zermeño Padilla, 2017) constituye la aplicación más acabada de este método al periodo de transición transcurrido entre 1750 y 1850. Este lapso —marcado por las reformas borbónicas, la crisis monárquica de 1808 y las declaraciones de independencia a partir de 1810-1821— configuró un momento de reordenamiento semántico fundamental para América Latina. Las transformaciones no ocurrieron exclusivamente en los campos de batalla o en las sedes gubernamentales, sino también en el ámbito de las comunicaciones impresas, donde el lenguaje sociopolítico heredado del Antiguo Régimen fue sometido a una profunda mutación.
Un ejemplo analítico central es la transformación del término historia. Durante el orden virreinal, la historia funcionaba como un saber moral, subordinado a la retórica y a una temporalidad litúrgica y providencialista. Siguiendo el tópico ciceroniano de la historia magistra vitae, el pasado era concebido como un depósito invariable de ejemplos morales que debían orientar el presente. Sin embargo, la fractura imperial de 1808 y la subsiguiente conformación de los regímenes republicanos dislocaron la relación entre el pasado vivido y el futuro proyectado. Los nuevos actores políticos rechazaron el pasado colonial de trescientos años como un periodo de ilegitimidad, experimentando una condición de orfandad política que exigió la creación de nuevas bases de legitimidad. La historia dejó de ser un arte narrativo plural para erigirse en la Historia en singular colectivo: un proceso abierto, secularizado y orientado hacia el futuro. En Historias conceptuales, Zermeño Padilla (2017) explica este cambio en los siguientes términos:
Hacia 1800 estas dos formas de ordenar los restos históricos —o de inscribir el tiempo en el espacio y viceversa, diacronía (narración) y sincronía (acontecimiento)— se conjuntaron. La "historia tradicional", con minúscula, de carácter plural, se encontró con la "Historia" con mayúscula, es decir, con la concepción de un tiempo fluido pero centralizado en un presente continuo y abierto al futuro. El tiempo providencial y escatológico dejó de ser la única pauta para ordenar los sucesos del pasado. El tiempo serial cronológico se asimiló al tiempo sincrónico y quedó interiorizado en el tiempo que pasa [...]. En ese gesto apareció un acto de apropiación por parte del presente de toda clase de pasados, contenidos en la dimensión de un futuro abierto, impredecible, contingente. (p. 69)
Este marco conceptual resulta metodológicamente útil para comprender las dinámicas políticas y sociales de América Latina. Permite rastrear cómo el término revolución pasó de denotar un movimiento circular de restauración o revuelta astronómica a significar una transformación social orientada hacia el porvenir; cómo libertad se desplazó desde los fueros y privilegios corporativos hacia los derechos individuales y ciudadanos; y cómo categorías como mestizaje, civilización, pueblo o cacique fueron resignificadas durante los siglos XIX y XX para estructurar proyectos de integración estatal, políticas de exclusión o redes de intermediación política en el continente (Spíndola Zago, 2018). La historia conceptual previene al analista contra las interpretaciones anacrónicas que proyectan significados contemporáneos sobre el vocabulario de los actores del pasado, permitiendo captar la complejidad de los lenguajes políticos en sus momentos específicos de enunciación.
El archivo, la narrativa y las aporías del presente
La sistematización más rigurosa de las propuestas epistemológicas de Zermeño se encuentra en su obra Historiografía, temporalidad y saber histórico (Zermeño Padilla, 2025). En este estudio, el autor atiende la distancia que frecuentemente separa la formulación teórica de la práctica empírica de los historiadores. Zermeño plantea que la investigación histórica es intrínsecamente teórica, pues la organización de los datos documentales y la estructuración de las narrativas dependen siempre de esquemas conceptuales y modelos de temporalidad que el investigador asume de manera explícita o implícita. En el texto introductorio de la obra, Zermeño Padilla (2025) señala esta vinculación:
Si pensamos en la historia y sus formas de escribirla y representarla, podría caber, incluso, la posibilidad de considerarla como una actividad esencialmente "teórica" en el sentido de que sus narraciones son formas de ordenar y dar sentido a lo que constituye un mero esqueleto o punto de partida: la cronología. "Teórica" en el sentido de moverse en relación con diferentes escalas y alcances cognitivos. En las que cada una de sus formalizaciones discursivas no son sino diferentes formas de "hacer teoría", es decir, de dar inteligibilidad a lo que por sí mismo no lo tiene o se ofrece a la mirada de manera azarosa y siempre incompleta. Al grado que podría decirse que no hay historia posible que no presuponga un esquema conceptual previo, explícito o implícito, a fin de establecer un orden a lo que no lo tiene por sí mismo. (pp. 10-11)
El libro desarrolla un examen histórico sobre el concepto de archivo, mostrando que los fondos documentales del periodo colonial no surgieron como repositorios para la investigación académica, sino como instrumentos de gobierno y control legal del Antiguo Régimen destinados a resguardar privilegios, títulos y derechos de propiedad. Solo cuando el orden institucional liberal derogó aquel marco jurídico, los antiguos papeles de gobierno perdieron su eficacia administrativa inmediata y fueron resignificados como patrimonio documental y fuentes de la historia nacional.
Al analizar la constitución de la disciplina en el siglo XIX, Zermeño examina críticamente el modelo metodológico de Leopold von Ranke, advirtiendo los supuestos metafísicos de su aspiración a mostrar los hechos con total neutralidad. Frente a esta premisa, la obra recupera las lecciones de la Histórica (Historik) de Johann Gustav Droysen. Droysen estableció que el pasado como sustancia ontológica es irrecuperable; el historiador únicamente dispone en el presente de restos y testimonios que aún no han dejado de pasar (noch unvergangen ist). En consecuencia, el método histórico se fundamenta en la operación de comprender investigando (forschend zu verstehen), reconociendo que todo conocimiento sobre el pasado se elabora a partir de las preguntas y la memoria del presente.
Esta fundamentación metodológica se complementa mediante un examen de la teoría narrativa y la filosofía de la ciencia del siglo XX, acudiendo a los trabajos de Arthur C. Danto y Siegfried Kracauer. A través del análisis de las oraciones narrativas de Danto, Zermeño explica por qué la historia no puede asimilarse al modelo de las ciencias naturales nomotéticas. A diferencia de la física, que busca formular leyes universales de valor predictivo, el discurso histórico opera de forma retrospectiva: describe acontecimientos iniciales en función de desenlaces posteriores que los agentes históricos ignoraban en el momento de actuar.
Asimismo, a partir de Kracauer, Zermeño propone concebir a la historiografía como un saber situado en una antesala (anteroom): un espacio intermedio entre el presente y el pasado que atiende los fragmentos y las manifestaciones de la vida cotidiana sin reducirlas a una teleología unívoca. Para los estudios sociales latinoamericanos, esta perspectiva metodológica ayuda a desmontar los grandes esquemas deterministas —sean de corte liberal, positivista o marxista doctrinario— que intentaron explicar el devenir de la región a partir de leyes evolutivas fijas, permitiendo recuperar la contingencia de las decisiones políticas y la pluralidad de los actores sociales.
La obra diagnostica la crisis del régimen moderno de historicidad en el escenario contemporáneo, en consonancia con sus análisis sobre el cronotopo histórico (Zermeño, 2021). Durante los siglos XIX y XX, las sociedades occidentales e iberoamericanas organizaron su experiencia temporal en torno a la noción de progreso lineal y a la expectativa de un futuro transformador. Sin embargo, la aceleración tecnológica, la crisis de los proyectos ideológicos universales y los cambios en las comunicaciones han debilitado esta concepción.
En la actualidad, siguiendo las observaciones de François Hartog y Hans Ulrich Gumbrecht, predomina una condición de presentismo o presente amplio: el futuro se percibe con incertidumbre, mientras que el pasado se acumula de manera constante mediante demandas de memoria, reivindicaciones de derechos humanos, disputas territoriales y políticas patrimoniales.
Frente a esta coyuntura, Zermeño plantea la pertinencia de incorporar el giro espacial en el análisis histórico, reconociendo cómo las diversas regiones y comunidades de América Latina experimentan y procesan de manera diferenciada los efectos de la globalización. La historiografía contemporánea es convocada a ejercer una función reflexiva: una práctica disciplinar que renuncie a erigirse en tribunal de condena para convertirse en un medio de análisis crítico de las condiciones que han configurado las realidades del presente.
Consideraciones finales
La trayectoria de Guillermo Zermeño Padilla aporta un conjunto de categorías indispensables para la teoría de la historia y el análisis social en América Latina. Su trabajo demuestra que la labor historiográfica no consiste en la acumulación de datos descontextualizados ni en la emisión de veredictos morales retrospectivos, sino en el análisis riguroso de las mediaciones lingüísticas, conceptuales e institucionales a través de las cuales las sociedades dan sentido a su existencia temporal.
Al articular la historia conceptual con la crítica epistemológica del quehacer historiográfico, Zermeño proporciona herramientas metodológicas para estudiar las contradicciones de la modernidad en la región, la evolución de las instituciones republicanas y los dilemas memoriales de nuestro tiempo. En un contexto signado por la fragmentación discursiva y la incertidumbre respecto al porvenir, su obra confirma que la investigación crítica del pasado continúa siendo un recurso analítico fundamental para examinar las complejidades del presente y comprender las posibilidades de transformación social en el continente.
Referencias
Certeau, M. de. (1993). La escritura de la historia (J. López Moctezuma, Trad.; 2.ª ed.). Universidad Iberoamericana.
Hartog, F. (2007). Regímenes de historicidad. Presentismo y experiencias del tiempo (N. Durán y P. Avilés, Trads.). Universidad Iberoamericana.
Koselleck, R. (1993). Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos (N. Smilg, Trad.). Paidós.
Mendiola, A., y Zermeño, G. (1995). De la historia a la historiografía: Las transformaciones de una semántica. Historia y Grafía, (4), 245-261.
Spíndola Zago, O. (2018). Historias conceptuales [Reseña del libro Historias conceptuales, de G. Zermeño Padilla]. Prismas. Revista de Historia Intelectual, 22(1), 238-241.
Zermeño, G. (2011). Historia/Historia en Nueva España/México (1750-1850). Historia Mexicana, 60(3), 1733-1806.
Zermeño, G. (2021). El cronotopo moderno de la historia y su crisis actual. En F. Wasserman (Ed.), Tiempos críticos: historia, revolución y temporalidad en el mundo iberoamericano (siglos XVIII y XIX) (pp. 35-57). Prometeo Editorial.
Zermeño Padilla, G. (2010). La cultura moderna de la historia. Una aproximación teórica e historiográfica (2.ª ed.). El Colegio de México. (Obra original publicada en 2002).
Zermeño Padilla, G. (2011). Presentación: Algunos conceptos básicos de la modernidad mexicana, 1750-1850. Historia Mexicana, 60(3), 1445-1452.
Zermeño Padilla, G. (2017). Historias conceptuales. El Colegio de México.
Zermeño Padilla, G. (2025). Historiografía, temporalidad y saber histórico. Prensas de la Universidad de Zaragoza.










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