Chile 1962: un país en escombros que se negó a rendirse
- Redacción El Salmón

- hace 19 horas
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El terremoto más grande de la historia, la batalla más violenta del fútbol, y Garrincha cargando a Brasil en la espalda.
Era 1962. El mundo estaba al borde del abismo, y esta vez no era metáfora. En abril del año anterior, una brigada de exiliados cubanos entrenados y financiados por la CIA había desembarcado en Bahía de Cochinos con la intención de derrocar a Fidel Castro y había fracasado en 72 horas con una espectacularidad que avergonzó a Kennedy y consolidó la revolución cubana como hecho irreversible.
En agosto del 61, la República Democrática Alemana había empezado a construir el Muro de Berlín de noche, mientras los berlineses del este dormían, y al amanecer la ciudad más dividida del mundo era también la más literalmente dividida, con alambre de púas y hormigón donde antes había calles. En octubre del 62 —apenas cuatro meses después del Mundial— el mundo pasaría trece días mirando el teléfono esperando el fin: la Crisis de los Misiles de Cuba puso a Kennedy y a Jruschov frente a frente sobre un precipicio nuclear del que salieron, por suerte y por negociación, sin caer.
Yuri Gagarin había orbitado la Tierra en abril del 61. John Glenn respondió por el lado americano en febrero del 62. La carrera espacial era también una carrera de prestigio, de narrativa, de demostración de qué sistema —el capitalismo o el socialismo— producía seres humanos más capaces de rozar las estrellas.
En ese mundo al rojo vivo, Chile organizaba un Mundial de fútbol. Y el hecho de que lo organizara era, en sí mismo, una historia que merecía contarse.
El terremoto y la frase que salvó el torneo
El 22 de mayo de 1960, a las 15 horas 11 minutos, la tierra se abrió bajo el sur de Chile. El terremoto de Valdivia registró 9,5 en la escala de Richter. Es el sismo más poderoso del que se tiene registro instrumental en la historia de la humanidad. Mató a más de dos mil personas —algunas estimaciones llegan a seis mil—, destruyó ciudades enteras, generó un tsunami que cruzó el Pacífico y llegó a matar gente en Hawái, en Japón, en las Filipinas. El sur de Chile quedó convertido en una geografía diferente.
Chile había ganado el derecho a organizar el Mundial en 1956, cuatro años antes del terremoto. Después de la catástrofe, la pregunta obvia era si el país tenía la capacidad material y económica de seguir adelante con el proyecto. La FIFA empezó a mirar opciones alternativas. Argentina esperaba con la maleta preparada.
Carlos Dittborn, el presidente de la Asociación de Fútbol de Chile, viajó a Berna para defender la candidatura de su país ante el comité ejecutivo de la FIFA. Lo que dijo allí quedó grabado en la historia del fútbol latinoamericano con la fuerza de las frases que sintetizan algo más grande que sí mismas: "porque no tenemos nada, haremos todo".
La FIFA votó a favor de Chile. Dittborn volvió a Santiago y durante dos años trabajó sin descanso en la organización del torneo. Murió de un infarto el 26 de mayo de 1962, treinta días antes de que comenzara el Mundial que había salvado. Tenía 38 años. El estadio de Arica, la ciudad más al norte de Chile donde se jugaron varios partidos, lleva su nombre.
Un país que Allende miraba desde la oposición
Para entender Chile en 1962 hay que entender que era un país en una tensión política que tardaría once años en resolverse de la peor manera.
Jorge Alessandri gobernaba desde 1958 con un programa conservador que representaba a los grandes propietarios agrícolas y a la burguesía industrial, en un país donde la desigualdad era tan profunda que las estadísticas parecían ficción. El 10 por ciento más rico de la población concentraba más de la mitad del ingreso nacional. Los campesinos del sur seguían trabajando en condiciones que recordaban más al siglo XIX que al XX.
En la elección de 1958, Salvador Allende había perdido por menos de 35.000 votos. El médico socialista del Frente de Acción Popular, que postulaba la vía democrática al socialismo con una convicción que muchos en la izquierda latinoamericana miraban con escepticismo —¿podía el capitalismo ser desmantelado con papeletas?— había estado a un pelo de ganar. Perdería de nuevo en 1964, ganaría en 1970, y en 1973 moriría en La Moneda mientras los aviones de Pinochet la bombardeaban.
Pero en 1962 todo eso estaba en el futuro. Chile era un país frágil, desigual, que organizaba un Mundial de fútbol sobre los escombros de un terremoto y con la dignidad terca de los que saben que no tienen mucho pero se niegan a admitirlo en voz alta.
Los italianos y el artículo que encendió Santiago
Antes de que empezara el torneo, varios periodistas italianos viajaron a Chile a hacer crónicas del país anfitrión. Lo que escribieron fue una colección de condescendencia colonial que hoy leída produce vergüenza ajena y que en 1962 produjo furia chilena.
Santiago era descrita como una ciudad llena de miseria, de polvo, de subdesarrollo. Un periodista escribió que Chile era un país de taxistas, prostitutas y desnutrición. Otro dijo que el nivel de vida era incomparable con Europa. El tono general era el de alguien que visita un zoo y toma notas sobre los animales con la distancia del científico que no considera necesario disculparse por el desinterés.
Los chilenos leyeron esos artículos. Los jugadores chilenos los leyeron. El técnico Fernando Riera los leyó.
Cuando el sorteo puso a Chile e Italia en el mismo grupo, la combinación de esos artículos con el orgullo herido de un país que había sobrevivido al peor terremoto del siglo XX y que tenía algo que demostrar produjo las condiciones perfectas para lo que vendría.
La Batalla de Santiago
El 2 de junio de 1962, Chile e Italia se enfrentaron en el Estadio Nacional de Santiago. Lo que siguió es recordado hasta hoy como uno de los episodios más violentos de la historia del fútbol.
El partido empezó mal y empeoró con una consistencia que sugería premeditación. A los ocho minutos, el italiano Giorgio Ferrini fue expulsado por una entrada criminal. Se negó a abandonar el campo. El árbitro inglés Ken Aston tuvo que llamar a la policía chilena para sacarlo del terreno de juego. Aston tenía 44 años y había arbitrado durante dos décadas, y después diría que nunca en su vida había sentido tanto miedo en una cancha.
Leonel Sánchez, el extremo izquierdo chileno, le rompió la nariz a Humberto Maschio con un puñetazo en plena jugada que el árbitro no vio o prefirió no ver. Las cámaras de la BBC lo registraron desde varios ángulos con una claridad que no dejaba lugar a dudas. Sánchez siguió jugando.
Mario David fue expulsado después de intentar una patada voladora que habría dejado fuera de combate a cualquiera que hubiera alcanzado. No alcanzó. Fue igualmente expulsado.
Italia terminó el partido con nueve jugadores, recibió dos goles y perdió 2-0. En las tribunas del Estadio Nacional, la gente festejó con la intensidad de quien siente que el resultado va mucho más allá de tres puntos.
La transmisión de la BBC abrió con David Coleman diciendo en cámara, antes de mostrar las imágenes: "Lo que estáis a punto de ver es el espectáculo más estúpido, más espantoso, más repugnante y más degradante que probablemente se haya visto en la historia del fútbol." Luego pusieron el partido.
Ken Aston volvió a Inglaterra pensando que el fútbol necesitaba un sistema más claro para comunicar las sanciones. Años después, parado en un semáforo en Londres, miró las luces cambiar de amarillo a rojo y tuvo la idea. Inventó las tarjetas amarilla y roja, que se usaron por primera vez en el Mundial de México 1970. La Batalla de Santiago cambió para siempre la manera en que el fútbol se comunica con sus propios actores.
Pelé dura dos partidos
Brasil llegaba como campeón defensor con el mejor jugador del mundo, 21 años, en la plenitud de su talento. Duró dos partidos.
En el segundo encuentro del grupo, contra Checoslovaquia, Pelé sintió un tirón muscular al inicio del partido. Salió cojeando. No volvió a jugar en el torneo. Brasil tenía que encontrar una manera de ganar el Mundial sin su figura más luminosa.
La encontró donde siempre la había tenido, pero a la que quizás no había prestado suficiente atención por tener a Pelé al lado. Garrincha tomó el torneo entre sus piernas torcidas y no lo soltó.
Garrincha en la cima
Lo que Garrincha hizo en Chile 1962 es una de las actuaciones individuales más extraordinarias en la historia de los Mundiales. Fue el motor, el desequilibrio, la razón de cada victoria brasileña desde el momento en que Pelé se fue lesionado.
Contra Inglaterra en cuartos de final, marcó dos goles: el primero de cabeza, que era una especialidad que nadie le atribuía; el segundo con un disparo desde fuera del área que el portero inglés Ron Springett vio entrar sin poder hacer nada. Brasil ganó 3-1.
En la semifinal contra Chile, Garrincha marcó dos goles más. Y fue expulsado en el segundo tiempo por una patada a un adversario que fue respondida con una pedrada desde las tribunas —a Garrincha le abrieron la cabeza con una piedra mientras abandonaba el campo. Entró al vestuario sangrando, expulsado, y con Brasil ya clasificado a la final.
La situación era delicada: la expulsión significaba suspensión automática para la final. La delegación brasileña apeló ante la FIFA con todos los argumentos disponibles. La FIFA analizó el caso, consideró los antecedentes, pesó las circunstancias atenuantes, y levantó la sanción. Garrincha jugó la final.
Había algo poético y también algo inequitativo en ese levantamiento de sanción: Brasil era el campeón defensor, era el equipo más taquillero del torneo, y la final sin Garrincha era un producto menos interesante que la final con Garrincha. El fútbol y el dinero toman decisiones juntos desde hace mucho tiempo.
Amarildo llena los zapatos imposibles
El 17 de junio de 1962, Brasil y Checoslovaquia jugaron la final en el Estadio Nacional de Santiago. Checoslovaquia era un equipo sólido, organizado, con un fútbol inteligente que en Europa del este tenía una tradición larga. Josef Masopust, su mediocampista, era posiblemente el mejor centrocampista del torneo y ese año ganaría el Balón de Oro. Marcó el 1-0 con una definición fría y precisa que durante algunos minutos hizo pensar que la final podía ser complicada.
Amarildo empató antes del descanso. Amarildo era el hombre que había sustituido a Pelé, una tarea tan ingrata como ponerse a recitar poesía inmediatamente después de Neruda. Lo hizo con una dignidad que el fútbol premia pocas veces: sin intentar ser Pelé, siendo simplemente Amarildo, que era bastante.
En el segundo tiempo, Zito y Vavá cerraron la historia. Brasil 3-1 Checoslovaquia. Brasil bicampeón del mundo. Garrincha, que había cargado el torneo solo durante dos semanas, levantó los brazos con esas piernas torcidas que los médicos de su infancia habían sentenciado, y el Estadio Nacional de Santiago respondió con un aplauso que era para él y también para Dittborn, que no había llegado a verlo, y para los trabajadores que habían reconstruido estadios sobre la tierra que el terremoto había partido dos años antes.
Chile terminó tercero, su mejor actuación histórica en un Mundial. Eladio Rojo, Leonel Sánchez, Carlos Campos, Honorino Landa: nombres que en Chile todavía se pronuncian con el respeto que se reserva para los que dieron más de lo que tenían.
El tercer puesto contra Yugoslavia lo ganaron 1-0. El gol lo marcó Eladio Rojo. En Santiago la gente lo celebró como si fuera la copa misma, porque en el fútbol el contexto importa tanto como el resultado, y ese tercer puesto de un país que había sobrevivido el peor terremoto del siglo y que había organizado un torneo sobre los escombros tenía un valor que ningún marcador podía medir del todo.
Allende, que miraba desde la oposición, vio ganar a Chile y vio ganar a Brasil con un equipo que mezclaba razas y clases sociales y que jugaba con una alegría que las dictaduras no producen. Quizás pensó, con el optimismo que lo caracterizaba, que el continente avanzaba.
Once años después, los aviones de Pinochet bombardearían el Estadio Nacional de Santiago donde Garrincha había bailado con la pelota entre sus piernas torcidas, y ese mismo estadio se convertiría en campo de concentración donde miles de chilenos serían torturados y asesinados.
El fútbol pasa por los mismos lugares que la historia. No puede evitarlo.










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