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New York: espejo incómodo de nuestro mundo




“Nunca he sentido tanto frío en mi vida”. Esa fue la primera frase que escuché apenas bajé del bus que me llevó de Virginia a New York. Y no se trataba solo del viento helado que cortaba la piel, sino de un frío más hondo y persistente: el de una ciudad que, aun rebosante de gente, parece haber perdido la cercanía y el calor humano. En la gran manzana todo se mueve, todo corre, todo suena, todo brilla, pero casi nada te toca. El contraste con nuestras ciudades latinoamericanas es inevitable, ya que incluso en medio de nuestro caos, existe una calidez casi ingenua: la palabra compartida, la mirada cómplice, el cuerpo que no teme la proximidad.

 

New York impresiona, abruma y seduce, pero lo hace desde una distancia fría. No deja indiferente a nadie, pero tampoco acoge. Es una ciudad de extremos y contrastes brutales, una suerte de zoo humano, como diría el zoólogo británico Desmond Morris, donde la condición humana se exhibe sin filtros y sin diálogo. Al caminar por sus calles, parques y museos se escuchan un sinfín de lenguas, pero ese coro global no construye conversación: cada voz parece hablar para sí misma.

 

Viajando en metro —ese intrincado sistema subterráneo que se asemeja a un inquietante organismo vivo— uno descubre el amplio y variopinto espectro de la humanidad contemporánea. Personas casi fantasmagóricas que hablan solas o gritan sin destinatario alguno conviven, a pocos metros, con figuras que parecen extraídas de revistas de moda o campañas publicitarias: cuerpos casi perfectos, cuidadosamente construidos. Turistas venidos de todas las partes del planeta se mezclan con una ingente cantidad de trabajadores abrumadoramente cotidianos.

 

Esta coexistencia radical retrata a una sociedad fragmentada y trepidante, donde las historias se cruzan y se superponen sin tocarse realmente. Allí se entiende mejor cómo la esencia de Estados Unidos, y particularmente de New York, reside en las sucesivas olas migratorias que ha tenido a lo largo de toda su historia. No deja de ser paradójico ver que, en los trabajos más duros y exigentes, uno se encuentra con inmigrantes que apenas dominan un inglés básico, a veces casi inentendible.

 

Por otro lado, los momentos de calor humano fueron pocos, sencillos y marcantes. Personas sencillas realizando su labor de servicio: una locuaz camarera dominicana en un restaurante cerca de Times Square, una cajera muy amable en un pequeño supermercado en el Bronx, un servicial coterráneo en el metro. Fueron momentos de contraste, de empatía y afabilidad. 

 

New York es una ciudad gastada, pero centelleante y majestuosa a la vez. Grande, ruidosa, desbordante y seductora, pero un poco abandonada. Esa sensación de deterioro visible en muchos de sus espacios públicos parece reflejar una crisis más profunda: la de una nación que vive aferrada a la nostalgia de lo que fue, mientras sus líderes intentan vendernos la idea del retorno a una grandeza pasada que ya no convence y que difícilmente se percibe como posible.

 

«En Nueva York, jungla de concreto donde se hacen los sueños, no hay nada que no puedas hacer…», es el estribillo que escuchas reiterativamente desde sus llamativos y coloridos triciclos que te invitan a subirte cuando caminas por sus gélidas calles.

 

Uno de los momentos más sobrecogedores de mi viaje fue sin duda la visita al memorial del 11 de septiembre. Allí se experimenta una reverencia casi espontánea. El silencio, las voces bajas y la contención emocional hablan más que cualquier discurso. El memorial es un recordatorio elocuente de los efectos devastadores del radicalismo ideológico y del fanatismo llevado al extremo. El desconcierto del primer impacto, el pánico que se intensifica con el segundo avión, la sensación de impotencia ante una violencia incomprensible e impensada: todo ello parece quedar suspendido en ese espacio, con sus enormes estructuras metálicas que caen en el vacío. Retratos en la pared que sobrecogen por su ausencia. Pero también emergen historias de heroísmo anónimo y de una humanidad silenciosa, profundamente poderosa. Acontecimiento que nos vincula a la actual vulnerabilidad global.

 

New York se presenta como un espejo incómodo de nuestro mundo contemporáneo: fascinante y cansada, poderosa pero vulnerable, casi adictiva. Una gran ciudad que te quiere seducir constantemente. Así la recorrió este peruano: como quien camina por una ciudad que sigue imponiendo presencia aún cuando haya perdido un poco de su carisma original. Entre el frío de sus calles y la indiferencia de sus gestos, la gran manzana contrasta violentamente con el desorden y la calidez latinoamericana, donde las ciudades gritan a través de sus personas. New York, en cambio, deslumbra y aturde, pero no dialoga. Mucho ruido, pero pocas nueces.

 

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