La otra arma. El caso del Liceo Naval

En noviembre de 2021, en la Oxford High School de Míchigan, Ethan Crumbley, de 15 años, mató a cuatro compañeros con una pistola que su padre le había regalado cuatro días antes. La fiscalía hizo historia: procesó a sus padres James y Jennifer Crumbley por homicidio involuntario, no por apretar el gatillo, sino por poner el arma en las manos de un adolescente que ya mostraba señales evidentes de crisis. Ambos fueron condenados a 10 y 15 años de prisión. Fue la primera vez en Estados Unidos que unos padres pagaban cárcel por la masacre cometida por su hijo.
No fue la última. En septiembre de 2024, en la Apalachee High School de Georgia, Colt Gray, de 14 años, mató a dos estudiantes y dos maestros con un rifle estilo AR-15 que su padre, Colin Gray, le había regalado en Navidad. El patrón se repite con una precisión escalofriante: meses antes, el FBI ya había investigado al adolescente por amenazas de tiroteo escolar. Colin Gray fue sentenciado a 15 años de prisión.
En Lima, diez alumnos del Liceo Naval Almirante Guise agredieron sexualmente a un compañero de 16 años dentro de un bus escolar, de regreso de un partido de futbol. La Fiscalía de Familia pidió internamiento preventivo para seis de ellos. Se habla de responsabilidad civil de los padres, de la institución, de los profesores que iban en el bus.
Estos diez adolescentes no usaron un arma de fuego para hacerle daño a un compañero. Estaban premunidos de poder, de impunidad, llevaban consigo otra arma: la certeza de que el cuerpo de otro- discriminado, seguramente racializado- podía usarse como territorio de conquista sin consecuencias, ya habían experimentado la impunidad.
Esa certeza no nace en un bus escolar. Se cultiva, desde la infancia en hogares donde el clasismo enseña a mirar hacia abajo, el racismo enseña a quién no hay que respetar, y la masculinidad tóxica enseña que la hombría se demuestra sometiendo a otro.
El padre de uno de los investigados sostuvo en su defensa que fue "un juego que se les fue de las manos", que su hijo no es parte de "una jauría". No hay quien dé la cara, no hay quien se haga responsable. El argumento de los Crumbley y de Colin Gray también fue: “yo no sabía, yo no vi las señales. Casi “yo no tengo que ver con esto”.
Los modelos que tuvieron consecuencias
Estos diez adolescentes viven en la misma ciudad en la que un candidato recurrió al lenguaje de la violación como herramienta de presión política y salió indemne. Rafael López Aliaga, candidato presidencial de Renovación Popular, es hoy el modelo más visible de esa impunidad. Cuando la primera vuelta empezó a jugarle en contra, amenazó directamente al entonces presidente del JNE, Roberto Burneo, con "meterle" su llamado "plan Morrocoy" para que "se haga hombre". No fue un desliz aislado: extendió esa amenaza a otras autoridades. Nada de eso le impidió seguir en carrera. Hoy el mismo funcionario al que desafió, le permite, contraviniendo la Constitución, inscribirse como candidato.
Dos países, dos armas, una misma pregunta pendiente
En Estados Unidos, la ley empieza a responder a la pregunta de quién le puso el arma en la mano al que disparó. En el Perú, frente al caso del Liceo Naval, la pregunta equivalente ni siquiera se ha formulado con esa claridad: no se trata solo de qué colegio, qué profesor o qué padre miró para otro lado, sino qué valores se transmiten en cada uno de esos espacios.
Procesar a los diez adolescentes es necesario. Sancionar al colegio, también. Pero si el país sólo mira a ese bus y a ese colegio, se nos va a escapar lo más importante: el arma no se compró en una tienda ni se regaló en Navidad. Se transmite en los medios, en cada casa y cada tribuna pública y enseña que ciertos cuerpos —y ciertos actos contra ellos— importan menos que otros.
La pulsión de dominio es un componente constitutivo de la sexualidad humana desde la infancia. Freud fue claro en esto: no hay que "explicar" de dónde sale el impulso de someter al otro, porque siempre está disponible. Lo que hay que explicar es qué lo contiene. Qué es lo que le hace freno a la violencia.
Visto así, el caso del Liceo Naval no es la historia de diez adolescentes anormales, diez monstruos, sino la de una pulsión ordinaria —presente en cualquier grupo de varones jóvenes— que no encontró ningún límite simbólico capaz de contenerla.
La pulsión de dominio no retrocede con represión punitiva. Se domeña, en cada gesto que le enseña a un varón joven, dónde está el límite. Cuando esa función falla en cascada —en el hogar, en la escuela, en la cúpula del poder— lo que queda no es un accidente aislado en un bus escolar. Es lo esperable.











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