Elogio a Lima
- Redacción El Salmón

- hace 3 días
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Lima no seduce. No coquetea. No presume. Lima existe. Y con eso le basta.Hay ciudades que se ofrecen como espectáculo: fachadas limpias, postales listas para Instagram, centros históricos maquillados como actores viejos. Lima no. Lima se muestra con la camisa mal planchada, el cielo gris, el tráfico eterno y el olor a cebiche mezclado con smog. No es una ciudad que quiera gustar: es una ciudad que resiste.
Y en esa resistencia hay una forma de belleza. Lima es una capital que aprendió a sobrevivir antes que a lucirse. Sobrevive al centralismo que ella misma produce, a la informalidad que la desborda, al abandono que la atraviesa. Sobrevive al desorden, a la desigualdad, al caos. Y aun así, funciona. No bien. No perfecto. Pero funciona.
Funciona cuando miles de personas cruzan la ciudad cada día en combis destartaladas para llegar a trabajos que pagan poco, pero sostienen familias enteras. Funciona cuando los mercados populares siguen alimentando a millones con productos que vienen de todo el país. Funciona cuando los barrios inventan comunidad donde el Estado nunca llegó.
Funciona también en la tribuna popular, donde el cemento vibra y la garganta se rompe cantando por una camiseta blanquiazul. Porque Lima es, además, la ciudad de Alianza Lima: el club nacido en barrio, hecho de puerto, de pueblo, de derrota digna y de gloria sufrida. En una ciudad dura, Alianza no promete victorias fáciles: promete pertenencia.
Lima es una ciudad hecha de migraciones. Nadie llega a Lima por amor; se llega por necesidad. Y, sin embargo, en esa necesidad se arma algo parecido a una identidad. Una identidad que no se hereda: se construye. A punta de trabajo, de calle, de esquina, de negocio pequeño, de casa ampliada piso por piso. Y también a punta de fútbol, de domingos eternos, de derrotas que duelen como si fueran personales.
Lima no es un lugar: es un proceso. Aquí conviven el virrey y el ambulante, el chef de estrella Michelin y la señora que fríe anticuchos en la vereda, el empresario que vive en San Isidro y el obrero que duerme tres horas en San Juan de Lurigancho. No se miran, no se mezclan, no se entienden. Pero comparten ciudad. Y a veces, comparten una misma camiseta, una misma rabia, un mismo canto. Y eso, en un país fragmentado, ya es un milagro modesto.
También es memoria. No la memoria oficial de los balcones coloniales, sino la memoria viva de las marchas, los apagones, los atentados, los toques de queda, las crisis económicas, los gobiernos fallidos. Lima recuerda. Aunque no siempre quiera. Recuerda también sus finales perdidas, sus descensos, sus regresos, porque en esta ciudad el fútbol no es espectáculo: es biografía. Y aun así, produce cultura. Produce música, produce periodismo, produce literatura, produce cocina, produce protesta. Produce sentido. Produce hinchadas que no abandonan, incluso cuando todo invita a hacerlo.
No es una ciudad bella. Es una ciudad viva. Y en un continente donde tantas capitales se maquillan para el turismo mientras olvidan a su gente, Lima sigue siendo, ante todo, una ciudad para quienes la habitan. Caótica, desigual, dura. Pero real. Tan real como una tribuna popular cantando bajo el cielo gris. Lima no promete nada.Y por eso, cuando algo funciona, sorprende.













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