IA: entre la catástrofe y la hegemonía global

Una advertencia viene circulando desde hace algún tiempo en determinados círculos de la industria tecnológica y científica. Sin embargo, ha adquirido una notoriedad cada vez mayor y, sobre todo, una dimensión preocupante en el último mes de septiembre. Se viene afirmando que en un horizonte de entre seis y doce meses podría producirse un ataque devastador mediante el uso de inteligencia artificial. ¿Qué significa realmente esta advertencia? Y, sobre todo, ¿por qué detrás de ella se esconde una contradicción mucho más profunda que trasciende el ámbito tecnológico?
Mientras algunos de los propios protagonistas del desarrollo de la inteligencia artificial alertan sobre la posibilidad de que estas tecnologías desencadenen riesgos catastróficos para la humanidad, los Estados y las grandes corporaciones tecnológicas mantienen incentivos crecientes para acelerar su desarrollo. Esta aparente contradicción tiene una explicación fundamental: la competencia geopolítica entre las grandes potencias por alcanzar la supremacía tecnológica, económica y militar.
En este contexto, la inteligencia artificial deja de ser exclusivamente una herramienta comercial, científica o tecnológica de uso cotidiano para convertirse en un instrumento estratégico de primer orden. Su desarrollo ya no responde únicamente a las dinámicas de innovación y mercado, sino también a los imperativos de seguridad nacional, defensa y lucha por la hegemonía internacional.
Las primeras señales de alarma: septiembre y las advertencias desde Silicon Valley
Para comprender la dimensión del problema, conviene examinar la secuencia de acontecimientos que se desarrolla durante septiembre.
El 3 de septiembre de 2026, OpenAI presentó GPT-6 Astra (Gómez Villegas, 2026), su modelo más avanzado hasta ese momento, y lo describió como el primero en alcanzar el nivel “Crítico” de capacidad de ciberseguridad dentro de su Marco de Preparación, es decir, con las herramientas y los permisos adecuados, puede descubrir vulnerabilidades desconocidas y desarrollar exploits para aprovecharlas, incluso en sistemas altamente protegidos, con un elevado grado de autonomía. Esto implica que la inteligencia artificial no solo podría ejecutar ataques informáticos sofisticados, sino también automatizarlos y multiplicarlos a gran escala, facilitando el desarrollo de ataques masivos contra numerosos sistemas simultáneamente (OpenAI, 2026). Surge así una paradoja: la misma tecnología que permite fortalecer la ciberseguridad también puede convertirse en una poderosa herramienta para vulnerarla. El salto cualitativo es significativo: ya no estamos hablando solamente de sistemas capaces de responder preguntas, escribir código o generar contenidos, sino de modelos que pueden ejecutar operaciones complejas con grados crecientes de autonomía.
Cinco días después, el 8 de septiembre, Jacob Coxon, empleado de Anthropic —una de las principales competidoras de OpenAI—, anuncia públicamente su renuncia. En una entrevista en la que explica los motivos de su decisión, señala que dentro de la propia compañía existe la percepción de que el desarrollo de estas tecnologías podría terminar provocando la extinción de la humanidad. Su conclusión es contundente: no desea seguir trabajando en una tecnología que, según esa evaluación, podría poner en peligro la supervivencia de nuestra especie (Gibney, 2026).
Al día siguiente, interviene Evan Hubinger, responsable del área de alineamiento de Anthropic, un campo de investigación orientado a garantizar que los sistemas de inteligencia artificial permanezcan bajo control humano. En respuesta a las declaraciones de Coxon, Hubinger reconoce que tiene razón y añade su propia estimación: considera que existe aproximadamente un 10% de probabilidades de que la humanidad sea extinguida (Gibney, 2026). La preocupación adquiere una dimensión todavía más concreta cuando el 10 de septiembre Anthropic informa que ha detectado y bloqueado 35 intentos de utilizar Claude con fines relacionados con el desarrollo de armas biológicas (CNN, 2026). Este hecho introduce un elemento fundamental en el debate: ya no se trata únicamente de especulaciones sobre lo que una IA podría llegar a hacer en el futuro, sino de intentos reales y documentados de utilizar sistemas avanzados para actividades potencialmente devastadoras.
Dos días después, el 12 de septiembre, interviene Dario Amodei, director ejecutivo de Anthropic. Su mensaje eleva todavía más el nivel de preocupación. Amodei coincide con las advertencias de Coxon y Hubinger y señala que el desarrollo de estas tecnologías está ingresando en una etapa particularmente delicada. Desde su perspectiva, existe la posibilidad de que, en un horizonte de apenas seis a doce meses, pueda producirse un ataque catastrófico (Manning, 2026).
Las advertencias de Anthropic encuentran eco en otros protagonistas de la industria tecnológica. Sam Altman, de OpenAI, y Elon Musk, de xAI, también han intervenido en el debate y reconocido la existencia de riesgos que podrían tener consecuencias extremadamente graves, asociados tanto al desarrollo como al uso de la inteligencia artificial (Manning, 2026).
Y aunque a primera vista, la solución parece evidente: establecer regulaciones, controles y mecanismos de cooperación internacional que permitan prevenir los usos destructivos de la inteligencia artificial. Sin embargo, esta respuesta aparentemente lógica tropieza con una realidad mucho más compleja: los intereses geopolíticos de las grandes potencias y su permanente competencia por la hegemonía mundial. Por tanto, la cuestión fundamental ya no consiste simplemente en determinar si los empresarios tecnológicos reconocen los peligros de esta tecnología, sino en comprender qué ocurre cuando la prevención de esos riesgos entra en contradicción con los intereses estratégicos de los Estados.
Aquí surge una primera gran paradoja: los principales protagonistas de la industria tecnológica advierten sobre los riesgos de una carrera que ellos mismos finalmente contribuyen a impulsar. Reconocen ciertamente los peligros, pero, al mismo tiempo, detener o ralentizar el desarrollo de la inteligencia artificial tampoco parece una alternativa sencilla, especialmente en un escenario de competencia global en el que ninguna potencia está dispuesta a ceder ventajas tecnológicas a sus rivales.
Estados Unidos y China: la inteligencia artificial como instrumento de poder
En este contexto aparece Donald Trump, cuya posición frente al avance de la inteligencia artificial introduce un elemento adicional en el debate. Su planteamiento no consiste en frenar el adelanto de esta tecnología, sino en asegurar que exista un poder político capaz de supervisarla y mantenerla bajo control. En ese sentido, sostiene: “La única salvaguarda que necesita la IA es un presidente fuerte e inteligente (¡con un alto cociente intelectual!), ¡y Estados Unidos cuenta con ello de sobra!” (Gil, 2026). En términos políticos, esta postura parte de la premisa de que, si la inteligencia artificial llegara a descontrolarse, el Estado debería conservar la capacidad de intervenir.
Sin embargo, el problema adquiere otra dimensión cuando entra en escena China. El 13 de septiembre llega desde el gigante asiático un mensaje cuyo contenido fundamental es que, si Estados Unidos decide desacelerar su desarrollo de inteligencia artificial, China no hará lo mismo, sino que continuará acelerando el suyo (Roach & Cheng, 2026).
Esta advertencia contiene el núcleo del dilema estratégico que atraviesa toda la carrera por la inteligencia artificial: si una potencia reduce voluntariamente la velocidad de su desarrollo tecnológico mientras su principal competidor continúa avanzando, corre el riesgo de perder una ventaja estratégica.
Por esta razón, la discusión deja de ser exclusivamente tecnológica y se convierte en un problema de seguridad internacional. La pregunta ya no es solamente qué riesgos puede generar la inteligencia artificial, sino también qué riesgos están dispuestos a asumir los Estados para evitar quedar rezagados frente a sus competidores.
Para quienes venimos siguiendo de cerca la creciente competencia tecnológica entre Estados Unidos y China, resulta evidente que esta disputa ha adquirido dimensiones que trascienden ampliamente el ámbito de la innovación y el desarrollo industrial. Ambas potencias se encuentran inmersas en una confrontación estratégica que abarca sectores fundamentales como los semiconductores, la computación avanzada, la inteligencia artificial, las telecomunicaciones, la ciberseguridad y los sistemas militares.
En semejante escenario, la inteligencia artificial adquiere una función completamente nueva: deja de ser solamente una herramienta para incrementar la productividad y la rentabilidad empresarial y se convierte en parte de la infraestructura del poder económico, político y militar de las grandes potencias.
Esta transformación permite comprender por qué las advertencias sobre los riesgos de la IA coexisten con una aceleración de su desarrollo. No se trata únicamente de una competencia entre empresas por conquistar mercados, sino de una disputa entre Estados potencia por preservar o ampliar sus capacidades estratégicas. Y es precisamente en este punto donde las advertencias de Anthropic comienzan a conectarse con otro fenómeno de enorme trascendencia: la transformación de Silicon Valley en un componente cada vez más importante del aparato de defensa estadounidense.
Silicon Valley y la integración entre tecnología privada, Estado y defensa
Uno de los ejemplos más representativos de este proceso es Palantir y su director ejecutivo, Alex Karp.
Palantir no constituye simplemente una empresa tecnológica que comercializa programas informáticos para el Gobierno. Su trayectoria expresa una transformación mucho más profunda de las relaciones entre tecnología privada, Estado, inteligencia y poder militar.
La compañía nació en 2003, con una inversión inicial de In-Q-Tel, el fondo de capital de riesgo vinculado a la CIA. Desde sus primeros años desarrolló herramientas orientadas a las necesidades de organismos de inteligencia y defensa. Su plataforma Gotham ha sido utilizada en escenarios militares como Irak y Afganistán.
Esta trayectoria permite identificar una evolución significativa en la relación entre el Estado y las grandes empresas tecnológicas.
Si inicialmente los organismos estatales recurrían a las compañías privadas para ampliar sus capacidades de procesamiento de información, análisis e inteligencia, el modelo que representa Palantir apunta hacia una integración mucho más estrecha: que la infraestructura tecnológica privada se convierta en una pieza indispensable de las capacidades estratégicas del propio Estado. Estamos ante corporaciones que participan en el desarrollo de infraestructuras fundamentales para la seguridad nacional, la inteligencia y las operaciones militares (Bria, 2025).
La frontera entre el poder tecnológico privado y el poder estatal comienza, de esta manera, a volverse cada vez más difusa. Las capacidades de las grandes corporaciones dejan de ser un recurso complementario y pasan a formar parte de los instrumentos mediante los cuales los Estados proyectan su poder.
El 28 de septiembre: Trump reúne a los gigantes tecnológicos
La convergencia entre el poder político y las grandes corporaciones tecnológicas tuvo una expresión significativa el pasado 28 de septiembre, cuando Donald Trump reunió a los principales ejecutivos de la industria tecnológica estadounidense. Entre los participantes figuraban representantes de OpenAI, Anthropic, Nvidia, SpaceX, Meta y Google, empresas fundamentales en el desarrollo de la inteligencia artificial y de la infraestructura tecnológica que sustenta la actual competencia global (Schulze et al., 2026).
El encuentro se produjo en medio de crecientes advertencias de investigadores y empresarios sobre los riesgos que estas tecnologías representan para la humanidad. En ese contexto, Trump anunció que los ejecutivos habían suscrito un documento que calificó de moralmente vinculante, concebido como un compromiso para garantizar la seguridad de sus respectivos sistemas de inteligencia artificial.
El acuerdo, difundido por el propio presidente en Truth Social, contempla la implementación de medidas para asegurar el funcionamiento adecuado de los modelos, detectar y corregir posibles fallos y someterlos a evaluaciones de auditores independientes. También establece compromisos para impedir que estas tecnologías vulneren o accedan sin autorización a sistemas técnicos de terceros.
El documento llegó a ser descrito por Trump como “casi una constitución”. Además, anunció la creación de un comité encargado de supervisar la seguridad de estas herramientas, aunque no precisó quiénes lo integrarían ni cuáles serían sus atribuciones (Schulze et al., 2026).
Sin embargo, hay un detalle particularmente revelador. Amodei calificó el acuerdo como una forma de “ganar de manera segura”, en alusión a una declaración anterior de Trump, quien habría dicho que “quien gane en inteligencia artificial, gana” (Roach & Cheng, 2026).
Esta expresión sintetiza la contradicción que atraviesa toda la carrera tecnológica: mientras se reconoce la necesidad de establecer mecanismos de seguridad para prevenir consecuencias catastróficas, se mantiene como objetivo prioritario alcanzar la supremacía frente a las demás potencias.
La seguridad, por tanto, no aparece desligada de la competencia, sino incorporada a ella. El propósito no es renunciar a la carrera, sino encontrar la manera de continuar avanzando sin perder el control de las tecnologías que pueden determinar su resultado.
El problema de fondo: ¿quién controla a quienes desarrollan la inteligencia artificial?
Las características del acuerdo también han generado cuestionamientos entre los especialistas.
Jose Miguelito Enriquez, investigador de gobernanza de inteligencia artificial de la Universidad Tecnológica de Nanyang, reconoció que el pacto refleja un “consenso emergente” sobre la necesidad de abordar los riesgos de esta tecnología, pero advirtió que no resuelve una cuestión fundamental: la responsabilidad de los desarrolladores frente a los incidentes que puedan ocasionar sus sistemas (Chia, 2026).
En una línea aún más crítica, Kimberlee Weatherall, profesora de Derecho de la Universidad de Sídney, calificó el acuerdo como “profundamente decepcionante”. Su cuestionamiento apunta a la ausencia de obligaciones regulatorias vinculantes y de consecuencias claramente definidas ante un eventual incumplimiento. A su juicio, el documento deja en manos de las propias empresas la definición de lo que debe entenderse por seguridad, sin establecer mecanismos suficientes de responsabilidad ni sanciones efectivas. En definitiva, considera que se trata de “una distracción” (Chia, 2026).
Estas observaciones plantean la siguiente interrogante: ¿pueden las corporaciones tecnológicas establecer sus propias reglas, supervisar su cumplimiento y determinar los límites de seguridad de las tecnologías que ellas mismas desarrollan?
El problema adquiere mayor relevancia si consideramos que estas compañías concentran enormes recursos financieros, infraestructura computacional, talento científico y capacidades tecnológicas. A ello se suma su participación cada vez más estrecha en los sistemas de defensa e inteligencia de los Estados.
Se configura así una situación particularmente compleja: las mismas corporaciones que desarrollan tecnologías capaces de generar riesgos de alcance global participan en la definición de los mecanismos destinados a prevenirlos, mientras sus productos y capacidades adquieren una importancia creciente para la seguridad nacional de las principales potencias.
El desafío de la gobernanza de la IA no consiste, por tanto, únicamente en establecer estándares técnicos de seguridad. También implica determinar quién asume la responsabilidad por sus consecuencias, quién tiene autoridad para establecer límites y qué mecanismos independientes pueden garantizar su cumplimiento.
La gran contradicción de la era de la inteligencia artificial
La secuencia de acontecimientos de septiembre permite identificar una contradicción estructural que marcará la política internacional de los próximos años e incluso décadas. Los mismos actores que advierten sobre los riesgos catastróficos asociados a la inteligencia artificial —ya sea por su utilización maliciosa, por fallos o comportamientos imprevistos de los sistemas autónomos o por una eventual pérdida de control humano sobre ellos— son protagonistas de una carrera tecnológica que ninguno parece dispuesto a detener. Los gobiernos reconocen estos peligros, pero consideran que renunciar al liderazgo en este campo podría significar una pérdida de poder económico, militar y geopolítico frente a sus competidores.
Estados Unidos busca preservar su liderazgo tecnológico frente a China, mientras que esta última procura consolidar su autonomía y evitar cualquier subordinación tecnológica. En medio de esta disputa, las grandes corporaciones tecnológicas adquieren una importancia creciente, pues sus capacidades e innovaciones resultan cada vez más indispensables para los objetivos económicos y de seguridad de los Estados.
El resultado es una dinámica en la que la competencia por alcanzar la supremacía tecnológica puede terminar debilitando los mecanismos de cooperación internacional necesarios para controlar los riesgos que esa misma competencia genera.
La inteligencia artificial, por consiguiente, está dejando de ser una simple revolución tecnológica para convertirse en uno de los principales instrumentos de la disputa por la hegemonía mundial.
Y aquí reside el verdadero problema: no necesariamente en la falta de conocimientos para identificar los riesgos de estas tecnologías, sino en que los intereses económicos, políticos y militares que impulsan su desarrollo pueden dificultar la construcción de acuerdos efectivos para controlarlas.
La gran incoherencia es que las potencias están desarrollando tecnologías cuya capacidad destructiva podría terminar perjudicando sus propios intereses, mientras que las consecuencias de una catástrofe de gran escala difícilmente quedarían confinadas al territorio de un solo país. Una escalada militar, un ataque contra infraestructuras críticas o un incidente biológico de alcance transnacional no distinguirían entre vencedores y vencidos.
Esto introduce una dimensión todavía más inquietante en la competencia internacional: los riesgos generados por la búsqueda de supremacía tecnológica pueden adquirir una magnitud que supere la capacidad de cualquier Estado para contenerlos individualmente; incluso una potencia que consiguiera una ventaja decisiva podría terminar enfrentándose a consecuencias que comprometan su propia seguridad y estabilidad.
En última instancia, la gran disputa del siglo XXI no será solamente por desarrollar la inteligencia artificial más avanzada, sino por controlar la infraestructura tecnológica que determinará quién concentra el poder económico, militar y político en el nuevo orden mundial.
Así que, el verdadero peligro de esta carrera no es solamente que una potencia consiga dominar la inteligencia artificial antes que sus competidores, sino que, en el intento de conseguirlo, la humanidad termine desarrollando capacidades cuyo poder destructivo supere su propia capacidad para gobernarlas.
Referencias
Bria, F. (2025, noviembre). Takeover by Big Tech. Le Monde diplomatique. https://mondediplo.com/2025/11/02tech](https://mondediplo.com/2025/11/02tech
Chia, O. (2026, 30 de septiembre). Three takeaways from Trump's 'Super Intelligence' summit. BBC News. https://www.bbc.com/news/articles/cly0e0v2e4eo](https://www.bbc.com/news/articles/cly0e0v2e4eo
CNN. (2026, 10 de septiembre). Anthropic bloquea posibles usos de la IA para desarrollar armas biológicas. CNN. https://cnnespanol.cnn.com/2026/09/10/ciencia/anthropic-bloquea-armas-biologicas-potenciales-trax](https://cnnespanol.cnn.com/2026/09/10/ciencia/anthropic-bloquea-armas-biologicas-potenciales-trax
Gibney, E. (2026, 22 de septiembre). Will AI really kill us all? The science behind the hype. Nature, 658, 13–14. https://doi.org/10.1038/d41586-026-02941-3
Gil, A. (2026, 14 de septiembre). Trump descarta nuevas regulaciones para la IA: “Hay una conspiración enfermiza”. elDiario.es. https://www.eldiario.es/internacional/trump-descarta-nuevas-regulaciones-ia-hay-conspiracion-enfermiza_1_13508835.html](https://www.eldiario.es/internacional/trump-descarta-nuevas-regulaciones-ia-hay-conspiracion-enfermiza_1_13508835.html
Gómez Villegas, S. (2026, 3 de septiembre). OpenAI lanza Astra, modelo con el da un salto en computación, software y ciberseguridad. La República. https://www.larepublica.co/globoeconomia/openai-lanza-astra-modelo-con-el-da-un-salto-en-computacion-software-y-ciberseguridad-4473937
Manning, J. (2026, 21 de septiembre). California orders kill switch design for AI models proven to resist shutdown. Tech Times. https://www.techtimes.com/articles/327785/20260921/california-orders-kill-switch-design-ai-models-proven-resist-shutdown.htm
OpenAI. (2026, 1 de septiembre). El camino hacia Astra: capacidades críticas y salvaguardas de vanguardia. https://openai.com/es-ES/index/path-to-astra/
Roach, A., & Cheng, E. (2026, 14 de septiembre). China says AI CEOs' call for a slowdown is 'fear mongering'. CNBC. https://www.cnbc.com/2026/09/14/china-ai-slowdown-us-tech-ceos.html
Schulze, E., Stoddart, M., & Peller, L. (2026, 29 de septiembre). Top AI leaders to meet with Trump at White House amid dire warnings about technology. ABC News. https://abcnews.com/Politics/top-ai-leaders-meet-trump-white-house-amid/story?id=136832988











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