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El eclipse de la razón




En el año 536 d.C., el historiador bizantino Procopio de Cesárea registró un fenómeno que alteraría el curso de la civilización: el sol, durante casi un año, brilló con una palidez lunar, sumiendo a aquel mundo en una penumbra gélida. Hoy, gracias a la dendrocronología y el análisis de núcleos de hielo, confirmamos que una serie de erupciones volcánicas cataclísmicas desencadenaron un invierno volcánico que devastó cosechas y facilitó la expansión de la peste.


Este evento marcó el inicio de lo que la historiografía ha denominado la "edad oscura" entre Occidente y Oriente, un periodo donde la fragilidad biológica y climática forzó un repliegue de la cultura escrita y el comercio. Sin embargo, más allá de la literalidad geológica, el concepto de "oscurantismo" ha migrado hacia la sociología del conocimiento para describir algo más peligroso: la renuncia deliberada a la luz de la razón y la caída en la minoría de edad intelectual, sustentada en la superstición, el dogmatismo e ideas irracionales. 


Esta reflexión se propone analizar la "miseria del oscurantismo" no solo como una etapa de carestía histórica, sino como una tentación recurrente que acecha a la humanidad. A través de la lente de Gerald Holton (n.1922) sobre la anticiencia y recuperando el vigor de la Ilustración, el positivismo lúcido y la sospecha crítica de Marx y Nietzsche, exploraremos cómo el siglo XXI parece estar gestando una nueva edad oscura. Este fenómeno no nace de la falta de información, sino de una saturación manipulada de datos que, paradójicamente, alimenta la ignorancia, la superstición y el dogmatismo. Al citar a Carl Sagan (1934-1996), recordamos que la ciencia y el pensamiento racional ilustrado, son una vela en la oscuridad; hoy, esa luz parece parpadear ante el vendaval del pensamiento acrítico y la fragmentación de los consensos racionales que una vez dieron forma a la esfera pública moderna, obligándonos a una vigilancia intelectual constante, ante el acecho de fuerzas políticas y culturales oscurantista.


El origen material de la sombra: El 536 y la parálisis de una civilización


El colapso que se inició a mediados del siglo VI no fue producto de una decadencia moral súbita, sino de una vulnerabilidad sistémica ante un entorno hostil que desarticuló las bases de la supervivencia. La oscuridad física, que persistió por cerca de un siglo y medio, no solo enfrió la tierra, sino que congeló la producción intelectual y el intercambio de saberes acumulados desde la antigüedad clásica. En un mundo donde la muerte negra y el hambre eran realidades cotidianas, el conocimiento especulativo y el rigor empírico se convirtieron en lujos inaccesibles. La ignorancia, en este contexto inicial, no fue una elección deliberada, sino una consecuencia trágica de la miseria material. La "edad oscura" se consolidó, así como un periodo de supervivencia mínima donde el pensamiento fue reemplazado por la plegaria y la técnica por el mito, sentando las bases de una cosmovisión cerrada y temerosa.


Sin embargo, este trauma fundacional dejó una huella indeleble en el imaginario occidental, convirtiendo la falta de luz en la metáfora perfecta para cualquier retroceso donde la razón es eclipsada por el fanatismo. Con el tiempo, el término "oscurantismo" dejó de referirse a la ausencia de sol para señalar la obstrucción deliberada del conocimiento por parte de quienes detentan el poder o la influencia social. Esta transición metafórica es crucial para entender cómo las sociedades, ante la incertidumbre económica y social, tienden a refugiarse en discursos que prometen seguridad a cambio de obediencia ciega. La miseria del oscurantismo radica en su capacidad para transformar el miedo legítimo ante el caos en una estructura de poder basada en la ignorancia compartida. Es aquí donde la historia del siglo VI se conecta con nuestra modernidad: cuando las estructuras racionales fallan en proveer certezas, el ser humano es tentado por el retorno a lo arcano.


Gerald Holton y la arquitectura de la anticiencia


Para diseccionar el oscurantismo moderno, es imperativo acudir a la distinción que físico e historiador de la ciencia, Gerald Holton, establece entre la ciencia y lo que él denomina "anticiencia". En su análisis, la anticiencia no es simplemente una falta de instrucción académica, sino una cosmovisión estructurada que busca activamente deslegitimar los métodos de validación racional. El oscurantista contemporáneo no es quien ignora la verdad, sino quien construye una arquitectura de pensamiento "alternativa" que hace imposible el diálogo fundado al rechazar los estándares de evidencia. Holton identifica que estos movimientos surgen con fuerza cuando grupos sociales se sienten alienados por la complejidad del progreso científico o cuando las élites perciben que la búsqueda libre de la verdad amenaza su hegemonía. En esta dicotomía, el oscurantismo opera como un mecanismo de defensa psíquica contra la complejidad del mundo moderno, ofreciendo explicaciones simplistas y dogmáticas a problemas multidimensionales.


La teoría del oscurantismo en Holton sugiere que la anticiencia es una patología de la democracia que florece cuando el escepticismo saludable se transforma en un cinismo paralizante frente a la autoridad experta. Al desconfiar de toda autoridad epistémica, el oscurantista no se libera, sino que se entrega a nuevas formas de servidumbre bajo liderazgos carismáticos o teorías conspirativas que ofrecen un sentido de pertenencia. Esta dinámica crea un entorno donde la evidencia es descartada si no se ajusta al prejuicio ideológico, lo que Holton describe como un ataque frontal a la estructura misma de la realidad compartida. Así, el oscurantismo deja de ser una ausencia de luz para convertirse en una "luz negra": un sistema que ilumina solo lo que confirma el dogma y deja en la sombra todo aquello que obligaría al individuo a cuestionar sus propias convicciones. Es la renuncia definitiva al aprendizaje como proceso de corrección de errores.


La Ilustración, el positivismo lúcido y la vela de Sagan


Frente a la expansión del pensamiento mágico e irracional, es fundamental recuperar el espíritu de la Ilustración y lo que podríamos denominar un "positivismo lúcido". A diferencia del cientificismo ciego, un positivismo rescatable es aquel que defiende la organización racional de la sociedad y la importancia de los hechos verificables como base indispensable para la justicia.


Antes del positivismo, Immanuel Kant (1724-1804), definió la Ilustración como la salida del hombre de su minoría de edad, una invitación al riesgo ético de pensar por cuenta propia sin tutelajes externos. Hoy, este llamado es más urgente que nunca, pues nos enfrentamos a una sociedad que, teniendo todas las herramientas técnicas para la autonomía, parece preferir la comodidad del algoritmo ejecutado por centros de poder económicos. En ese sentido,  la Ilustración no debe verse como un proyecto concluido del siglo XVIII, sino como una actitud crítica permanente que sospecha de cualquier verdad que no acepte ser sometida al debate.


En esta misma línea, la obra de Carl Sagan, particularmente El mundo y sus demonios, resuena como un manifiesto necesario para el siglo XXI. Sagan advertía sobre los peligros de una sociedad tecnológica donde los ciudadanos han perdido la capacidad de comprender los métodos científicos que sostienen su bienestar cotidiano. La ciencia, como "vela en la oscuridad", no pretende poseer la verdad absoluta, sino ofrecer el mejor kit de detección de mentiras disponible contra la superstición galopante. Recuperar esta tradición implica entender que el conocimiento científico es una herramienta democrática que nos protege del engaño de los demagogos. El oscurantismo se combate no con más información —que hoy abunda— sino con una educación en el método: la capacidad de dudar con rigor, de exigir pruebas y de rechazar las explicaciones sobrenaturales o pseudocientíficas que pretenden explicar la miseria humana sin resolver sus causas.


La tradición crítica: Marx, Nietzsche y la sospecha del dogma


La lucha contra el oscurantismo también debe nutrirse de la "hermenéutica de la sospecha" representada por Marx y Nietzsche, quienes nos enseñaron a mirar detrás de las verdades establecidas. Marx señaló que las ideas dominantes suelen ser las ideas de la clase dominante, y que el oscurantismo a menudo sirve para ocultar relaciones de poder y explotación bajo el manto de la inevitabilidad o la tradición. Una tradición crítica del marxismo hoy debe señalar cómo el oscurantismo de mercado o ideológico busca desviar la atención de las desigualdades estructurales mediante el fomento de guerras culturales que solo benefician a las élites. La ignorancia no es un vacío, es a menudo un producto fabricado deliberadamente para mantener el status quo. Al desmitificar las "verdades sagradas" de la economía o la política, el pensamiento crítico marxista actúa como un disolvente contra el dogmatismo que impide la transformación social.


Por otro lado, Friedrich Nietzsche nos ofrece la herramienta para destruir los ídolos que el oscurantismo erige en cada época para someter la voluntad. Su crítica a la moral de rebaño y su llamado al "espíritu libre" son esenciales para resistir la presión de los nuevos dogmatismos, ya sean de signo reaccionario o falsamente progresista. Nietzsche sospechaba de toda verdad que buscara consolar al hombre en su debilidad en lugar de impulsarlo a su propia superación intelectual y vital. Recuperar a Nietzsche hoy significa tener el valor de enfrentarse al nihilismo que se disfraza de certidumbre dogmática en las redes sociales. El filósofo del martillo nos recuerda que el oscurantismo más peligroso es aquel que se esconde tras una apariencia de virtud o moralidad superior. La verdadera ilustración requiere la voluntad de destruir las propias sombras internas y rechazar las muletas metafísicas que nos impiden caminar.


El oscurantismo sin fronteras: Izquierdas y derechas en el siglo XXI


Es un error analítico grave suponer que el oscurantismo es propiedad exclusiva de un sector político; por el contrario, la tentación de la ceguera voluntaria atraviesa todo el espectro ideológico actual. Existe un oscurantismo de derechas, manifiesto en el negacionismo científico, la nostalgia por órdenes sociales premodernos y la desconfianza hacia la academia y el rigor intelectual. Pero también observamos un creciente oscurantismo de izquierdas, que, bajo la bandera de la justicia distributiva, a menudo cae en la censura de la libre investigación, la relativización extrema de la verdad científica en favor de dogmas identitarios y una cultura de la cancelación que asfixia el disenso necesario. Ambos extremos comparten una desconfianza profunda hacia el diálogo racional y la búsqueda de consensos basados en la evidencia, prefiriendo la pureza doctrinal a la complejidad contradictoria de la realidad humana.


Esta convergencia en el pensamiento acrítico revela que el oscurantismo contemporáneo es, en esencia, un rechazo a la alteridad y a la posibilidad de estar equivocado. Cuando la política se convierte en una religión secular, el adversario no es alguien con quien se debate, sino un "infiel" que debe ser silenciado o convertido. La miseria de este oscurantismo ideológico radica en que anula la función deliberativa de la democracia, sustituyéndola por una cámara de eco donde solo resuenan los prejuicios propios. La sospecha hacia lo prudente y lo racional se ha vuelto la norma: ser moderado o apelar a la lógica es visto como una traición a la causa. Así, el siglo XXI está construyendo su propia edad oscura sobre los cimientos de una intolerancia mutua que desprecia la herencia ilustrada de la tolerancia y el respeto por los hechos objetivos.


El acecho de una nueva edad oscura


Desde los siglos XVIII y XIX, la modernidad ha vivido al acecho de un retorno a las sombras, pero es en estas décadas del siglo XXI donde la amenaza parece volverse sistémica. A diferencia del colapso del 536, nuestra "edad oscura" potencial no nacería de una catástrofe geológica, sino de una implosión de nuestras facultades críticas frente a la manipulación algorítmica y la desinformación masiva. La falta de consensos racionales ha llevado a una sociedad fragmentada donde ya no compartimos siquiera una base mínima de realidad objetiva. La ignorancia ya no es la ausencia de libros, sino la incapacidad de distinguir el conocimiento veraz de la propaganda sofista que inunda nuestras pantallas. Estamos ante un oscurantismo tecnocrático que utiliza las herramientas de la razón para socavar la razón misma, creando ciudadanos pasivos que consumen certezas precocinadas.


Este contexto nos obliga a reconsiderar la validez de la Ilustración como un escudo contra la barbarie intelectual que se disfraza de modernidad. No se trata de un optimismo ingenuo en el progreso, sino de una defensa estratégica de los pilares que permiten una vida libre y digna: la libertad de expresión, el rigor científico y la autonomía del sujeto. La tentación oscurantista es hoy más seductora porque se presenta como una forma de rebeldía contra las élites, cuando en realidad es la entrega definitiva a los nuevos poderes que se benefician de un pueblo fanatizado. La lucha del presente es, por tanto, una lucha por la atención y por el juicio crítico independiente. Recuperar el derecho a la duda y a la reflexión pausada es el primer paso para resistir este invierno del pensamiento que amenaza con congelar, una vez más, los avances de la civilización.


El imperativo de la lucidez


La historia del oscurantismo nos enseña que las edades oscuras no son accidentes inevitables de la naturaleza, sino claudicaciones éticas e intelectuales de la voluntad humana. Así como el enfriamiento global del siglo VI puso a prueba la resiliencia física de aquel espacio geográfico, el oscurantismo actual pone a prueba nuestra solidez moral y nuestra capacidad para sostener el proyecto de la modernidad frente al asedio del pensamiento mágico. La miseria del oscurantismo es, en última instancia, una miseria de la libertad; quien renuncia a pensar por sí mismo, entrega las llaves de su destino a los demonios de la superstición y el poder despótico. Por ello, nuestra labor fundamental es mantener encendida la llama de la sospecha racional frente a cualquier discurso que prometa salvación a cambio de silencio o certezas absolutas.


La vigencia de la Ilustración en el siglo XXI radica en su capacidad para actuar como un correctivo contra nuestras propias derivas irracionales y sectarias. Debemos resistir desde una "prudencia ilustrada" que combine el rigor del positivismo lúcido con la profundidad de la sospecha crítica, evitando caer en los dogmatismos de cualquier signo ideológico. Como advertía Carl Sagan, si no somos capaces de hacer preguntas escépticas y de exigir pruebas a quienes nos gobiernan o nos informan, estamos a merced de los charlatanes y tiranos que siempre prosperan en la oscuridad. Defender el Logos no es un ejercicio nostálgico, sino un imperativo de supervivencia civilizatoria. Solo a través del ejercicio incansable de la razón y el reconocimiento de nuestra compartida vulnerabilidad ante la ignorancia, podremos evitar que la sombra que comenzó en el 536 vuelva a cerrarse sobre nosotros.


Referencias bibliográficas


Bury, J. B. (2009). La idea del progreso: Una investigación sobre su origen y crecimiento. Alianza

Cassirer, E. (2014). La filosofía de la Ilustración. Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1932).

Haldon, J., et al. (2014). El evento volcánico de 536-540 d.C. y la "Pequeña Edad de Hielo" del siglo VI. Journal of Quaternary Science, 29(4), 335-345.

Holton, G. (2002). Ciencia y anticiencia. Nivola

Kant, I. (2013). ¿Qué es la Ilustración? (A. Maestre & J. Romagosa, Trads.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1784).

Marx, K. (2007). La ideología alemana. Akal. (Obra original publicada en 1932).

Nietzsche, F. (2011). La gaya ciencia. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1882).

Pinker, S. (2018). En defensa de la Ilustración: Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso. Paidós.

Procopio. (1914). Historia de las guerras. Gredos

Sagan, C. (2023). El mundo y sus demonios: La ciencia como una luz en la oscuridad. Planeta.

 

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