Nos habíamos odiado tanto
- Ricardo Falla Carrillo

- 19 abr
- 6 Min. de lectura

Las últimas décadas en el Perú podrían ser recordadas no solo por la vertiginosa sucesión de presidentes o el colapso de un modelo de gestión pública. Sino por el afloramiento de un subsuelo afectivo que creíamos haber invisibilizado: el odio. Lo que en la superficie se presentaba como una crisis de gobernabilidad, en la profundidad del tejido social se revelaba como una erosión sistemática de la reciprocidad y de la ausencia de reconocimiento. No obstante, este fenómeno no es una anomalía reciente, sino la reactivación de una herida histórica mal cicatrizada o nunca tratada.
Las tensiones políticas, ideológicas y culturales que hoy nos fracturan encuentran su genealogía en las primeras décadas del siglo XX, específicamente en los años 20 y 30, cuando el surgimiento de las masas y el choque de proyectos civilizatorios contrapuestos configuraron una semántica de la exclusión que nunca logramos superar. Es como si habitáramos en una “historia del odio” que hoy, ante la incertidumbre, se transmuta en lo que Martha Nussbaum denomina la "monarquía del miedo", esa emoción primitiva que busca culpables más que soluciones y que hoy impide cualquier consenso democrático básico.
El retorno de la "monarquía del miedo": afectos y fracturas multitemporales
Para comprender el estado actual de la política peruana, es importante recordar la premisa de la gran Martha Nussbaum: el miedo es la emoción más primitiva y narcisista, y es la que hoy gobierna el espacio público peruano. Nussbaum advertía que, ante la sensación de vulnerabilidad y la pérdida de control sobre el futuro, las sociedades tienden a buscar chivos expiatorios.
En el Perú, este miedo no es solo una reacción a la inestabilidad institucional de la última década, sino que está anclado en lo que podríamos denominar una "fractura multitemporal". Coexisten en nuestro territorio tiempos históricos distintos que nunca terminaron de integrarse: un tiempo republicano que aspira a la modernidad globalizada, un tiempo colonial de castas que sobrevive en las estructuras de poder, y un tiempo milenarista que late en los Andes como una promesa de justicia pendiente.
Siguiendo a la interesante escritora británica, Sara Ahmed, el odio circula socialmente para "pegar" cuerpos a identidades específicas. En el Perú, este "pegamento" emocional ha servido para reactivar los antagonismos de las décadas de 1920 y 1930. En aquel entonces, el surgimiento del aprismo y el socialismo fue visto por las élites como una amenaza existencial, desencadenando una respuesta autoritaria, excluyente y popular (el "urrismo" y el sánchezcerrismo, dos movimientos fascistas peruanos) que sentó las bases de una enemistad irreconciliable, que ha tenido múltiples encarnaciones en el tiempo. Hoy, esa misma estructura afectiva se manifiesta en la polarización extrema.
El miedo de los sectores urbanos y las élites hacia el "otro" andino o hacia cualquier proyecto de cambio social se traduce en una ira retributiva que busca la anulación política del adversario. No se trata simplemente de una diferencia de opinión; es, como diría Nussbaum, un proceso de deshumanización donde el oponente deja de ser un ciudadano para convertirse en una amenaza que debe ser eliminada.
Esta dinámica ha configurado una nueva identidad política fuertemente antiurbana y contra limeña. El odio, en este contexto, funciona como un mecanismo de defensa frente a una Lima que es percibida no solo como el centro del poder político, sino como la heredera directa de la "Nueva Castilla" colonial.
El socialismo andino, al fundirse con un etnonacionalismo milenarista, ha creado una mística de la resistencia que ve en la ciudad el lugar de la corrupción y la alienación. Aquí, el miedo de la ciudad hacia el campo y el odio del campo hacia la ciudad se retroalimentan en un círculo vicioso que erosiona cualquier posibilidad de reciprocidad. La "monarquía del miedo" se instala, así como el régimen afectivo de una nación que no puede reconocerse en su diversidad, sino que se fragmenta en compartimentos estancos de odio cultural y étnico.
La semántica de la enemistad y los contra conceptos asimétricos
La crisis peruana es también una crisis del lenguaje. Reinhart Koselleck, el “historiador pensante”, nos enseñó que la historia se construye a través de conceptos que definen quiénes somos y quiénes son los otros. En la última década, hemos asistido a la consolidación de lo que Koselleck denomina "contra conceptos asimétricos". En el discurso político nacional, los términos no se utilizan para describir realidades, sino para excluir al adversario de la categoría de "humano", "patriota" o "demócrata".
La distinción entre amigo y enemigo, que el filósofo conservador, Carl Schmitt, situó en la esencia de lo político, ha dejado de ser una categoría de análisis para convertirse en una praxis cotidiana. Al moralizar la política —un riesgo sobre el que Chantal Mouffe nos ha advertido insistentemente—, hemos transformado al adversario (aquel con quien se compite bajo reglas comunes) en un enemigo (aquel a quien se debe destruir). Esta lógica, que ya era evidente en la persecución política de los años 30, ha retornado con fuerza: cuando la política se convierte en una lucha entre el "bien" y el "mal", el compromiso y la negociación se perciben como traiciones.
Este uso asimétrico del lenguaje ha fragmentado la esfera pública. Las palabras ya no sirven para comunicar, sino para estigmatizar. Si el adversario es etiquetado como un agente del mal o un enemigo del desarrollo, cualquier acción comunicativa mínima se vuelve imposible. Esta semántica del odio ha calado tan hondo que incluso las instituciones llamadas a ser árbitros de la democracia —el Congreso, la Fiscalía, el Tribunal Constitucional— han terminado utilizando este lenguaje de exclusión para justificar la anulación del otro. La ausencia de un léxico común es, quizás, la mayor de nuestras orfandades. Sin conceptos compartidos, el mundo común del que hablaba Hannah Arendt se desvanece, dejando en su lugar una masa atomizada de ciudadanos que solo se reconocen en el odio compartido hacia un tercero.
La erosión de la acción comunicativa y el triunfo del antagonismo
En un entorno donde el odio es el principal movilizador, la "acción comunicativa" mínima —entendida como la búsqueda de un entendimiento orientado al acuerdo— es la primera víctima. En el Perú de hoy, el diálogo no es un fin, sino una táctica de distracción. La falta de un consenso democrático básico no es solo una falla de los líderes políticos; es el resultado de un proceso social de sedimentación de odios ideológicos y étnicos que han sido instrumentalizados por diversos sectores.
La politóloga belga, Chantal Mouffe propone que el reto de la democracia es transformar el "antagonismo" en "agonismo". El agonismo reconoce el conflicto, pero mantiene el respeto por el adversario. Sin embargo, la última década peruana ha marcado el camino inverso: la regresión del agonismo hacia el antagonismo puro. Hemos pasado de discutir políticas públicas a cuestionar el derecho de existencia política del otro. Este retorno a lo atávico se ve potenciado por lo que el teólogo, Juan José Tamayo, denomina "la internacional del odio", esa alianza entre sectores de extrema derecha y fundamentalismos que ven en la pluralidad democrática una amenaza a un orden moral que consideran absoluto.
La fractura multicultural del Perú, lejos de ser celebrada como una riqueza, ha sido utilizada como una cantera de resentimientos. El odio cultural se entrelaza con el odio de clase y el odio ideológico, creando una trama de exclusión casi impenetrable. Cuando un sector de la población siente que su identidad es despreciada sistemáticamente, y otro sector siente que su estatus está bajo amenaza perpetua, el terreno queda abonado para el mesianismo y el autoritarismo. La política deja de ser el ejercicio de la razón pública para convertirse en una descarga pulsional donde lo importante no es construir un país, sino ver derrotado al enemigo.
La ausencia de un mundo común: ¿hacia una deconstrucción del odio?
Llegamos al presente con la amarga constatación de que "nos habíamos odiado tanto" que hemos abandonado la posibilidad de una vida compartida. La desafección democrática actual es, en realidad, un hartazgo ante una nomenclatura política que ha hecho del odio su única herramienta de gestión, empujado a sectores de la ciudadanía a una colisión posiblemente mortal. Como señalaba Arendt en sus reflexiones sobre el totalitarismo, cuando los seres humanos pierden el "mundo común" —ese espacio de mediación que nos protege de nosotros mismos— quedan expuestos a las fuerzas más oscuras de la movilización de masas.
La pregunta que nos interpela como ciudadanos es si es posible revertir esta erosión. La deconstrucción del odio, como sugiere Tamayo, requiere no solo de reformas legales, sino de una transformación en la pedagogía política y en la sensibilidad social. Necesitamos recuperar la capacidad de dar testimonio de la humanidad del otro, incluso en el disenso más profundo. La labor de las universidades y de los espacios intelectuales debe ser la de reconstruir esos puentes de comunicación mínima que han sido dinamitados por la polarización.
Sin un consenso democrático básico —que no es uniformidad de opinión, sino aceptación de unas reglas de juego y de la legitimidad del otro—, el Perú seguirá atrapado en un ciclo de autodestrucción. La política del odio es, en última instancia, una política de la esterilidad; no genera nada más que nuevos odios. El desafío es transitar hacia una ética de la reciprocidad que reconozca nuestras fracturas multitemporales y multiculturales no como muros infranqueables, sino como los componentes de una identidad compleja que aún no hemos terminado de integrar. Solo así podremos dejar de ser una nación que se define por lo que odia, para empezar a ser una que se reconozca en lo que, a pesar de todo, todavía podemos construir en común.
Bibliografía de referencia
Ahmed, S. (2015). La política cultural de las emociones. UNAM.
Arendt, H. (1951). Los orígenes del totalitarismo.
Koselleck, R. (2004). Futuro Pasado. Paidós.
Mouffe, C. (2007). En torno a lo político. FCE.
Nussbaum, M. (2018). La monarquía del miedo. Paidós.
Tamayo, J. J. (2020). La internacional del odio. Icaria.










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