"Las Aves": la utopía que termina pareciéndose al poder que quiso escapar
- Redacción El Salmón

- 10 jul
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Aranwa Teatro pone en escena, en pleno año electoral, una comedia de hace 2,400 años que funciona como espejo incómodo del Perú de 2026. La versión de Mateo Chiarella no necesita actualizar el texto para que suene contemporáneo: le basta con no traicionarlo.
Hay algo perturbador en ver una obra escrita en el 414 a. C. y descubrir que sigue describiendo con precisión algunos de los mecanismos mediante los cuales se construye y ejerce el poder. Esa es la sensación que deja Las aves, la versión libre de Aristófanes que Aranwa Teatro presenta en el Teatro Ricardo Blume (Jr. Huiracocha 2160, Jesús María) hasta el 16 de agosto, bajo la dirección de Mateo Chiarella Viale.
La trama, para quien no la conozca: Pistetero y Evélpides, huyendo de sus acreedores, escapan de Atenas en busca de una ciudad donde puedan vivir a su antojo. Tras encontrarse con Tereo, un rey convertido en ave, deciden rebelarse contra dioses y hombres en un plan que terminará transformando el mundo tal como se le conocía. Lo que arranca como fantasía escapista —construir una ciudad en el aire, lejos de la corrupción ateniense— deriva en algo mucho más complicado: un proyecto de poder que replica, con nuevo nombre y nueva bandera, los mismos vicios de los que los protagonistas huían.
Conviene recordar, además, el momento en que Aristófanes escribió la obra. Las aves se estrenó en el 414 a. C., durante las Grandes Dionisias de Atenas, apenas un año después del inicio de la Expedición a Sicilia, cuando la ciudad todavía confiaba en que su expansión militar consolidaría su hegemonía sobre el mundo griego. La campaña terminaría convirtiéndose en uno de los mayores desastres de la historia ateniense, aunque ese desenlace aún era desconocido cuando la comedia llegó a escena.
La obra cuestiona la facilidad con la que un proyecto nacido bajo la promesa de libertad puede terminar reproduciendo las lógicas de dominación que pretendía superar. La crítica especializada ha debatido ampliamente si Aristófanes aludía a la política ateniense de su tiempo o si proponía una reflexión más amplia sobre la tentación del poder. Probablemente la vigencia de Las aves reside precisamente en que admite ambas lecturas sin agotarse en ninguna de ellas.
Ahí está el nervio de la obra. No se trata simplemente de una historia sobre la maldad de un tirano externo, sino de la facilidad con la que cualquiera puede terminar convirtiéndose en aquello que antes combatía. El ciudadano desencantado que sueña con empezar de nuevo puede acabar reproduciendo las mismas prácticas cuando encuentra la oportunidad de decidir por los demás. Esa es también la lectura que privilegia Chiarella en esta puesta: cómo un proyecto nacido de la promesa de construir un mundo mejor termina subordinado a las ambiciones de quienes lo dirigen.
Sería igualmente un error convertir Las aves en una simple alegoría del Perú de 2026. Aristófanes escribía para un público que reconocía en escena los debates, los personajes y las tensiones de la democracia ateniense, pero nunca redujo la comedia a un comentario coyuntural. Esa combinación entre sátira política inmediata y reflexión de largo alcance explica que la obra siga interpelando a espectadores separados por más de dos mil años.
Esa doble lectura —universal pero también dolorosamente local— es lo que distingue a un montaje bien pensado de uno meramente oportunista. Las aves no recurre a guiños explícitos a la restauración de la bicameralidad, al fuero militar policial, a la captura de instituciones o a cualquiera de los episodios de autoservicio político que hemos visto desfilar este año. No los necesita porque la forma en que el poder termina justificándose en nombre del bien común sigue siendo reconocible, cambien los nombres propios.
Y hay un dato que conviene subrayar sin caer en el sensacionalismo: el propio director admite que la actualidad lo alcanzó incluso más de lo previsto. Sabían que la obra se estrenaría en un año políticamente complejo, pero los acontecimientos recientes la volvieron todavía más vigente. No es una frase promocional; es, más bien, un diagnóstico incómodo sobre la persistencia de ciertos patrones en la vida pública peruana, que ni el tiempo ni el cambio de régimen logran desactivar.
El montaje tampoco se sostiene únicamente sobre la vigencia del texto. Chiarella apuesta por una puesta en escena de ritmo ágil, donde las máscaras, el vestuario de inspiración griega, los títeres y la música original recuperan el carácter festivo y casi musical que distinguía a la comedia antigua, sin convertir el espectáculo en una reconstrucción arqueológica. Todo fluye con naturalidad y al servicio de la sátira, permitiendo que el humor físico conviva con una reflexión política que nunca pierde ligereza.
En ese dispositivo escénico sobresalen las actuaciones de Alberto Isola y Ricardo Velásquez. Ambos construyen una dupla de enorme precisión, con un dominio del tempo cómico que hace creíble tanto el absurdo como la progresiva deriva autoritaria de sus personajes. Isola aporta una presencia escénica y una economía expresiva que convierten cada gesto en una declaración de intenciones, mientras Velásquez equilibra la picardía, la ironía y el desconcierto sin perder nunca el pulso del humor. Lo notable es que ese oficio no eclipsa al resto del elenco, sino que funciona como un punto de apoyo para que Brunella Odar, Renzo Quintanilla y Germán Ojeda desplieguen con soltura una serie de personajes y registros, dando forma a un conjunto sólido en el que conviven la experiencia de los actores consagrados con la energía y frescura de intérpretes de una generación más joven.
Es un acierto que la crítica social no venga empaquetada en un tono aleccionador. La obra confía en que el espectador peruano, curtido por una actualidad noticiosa saturada de escándalos de poder, hará solo las conexiones necesarias. No hace falta que el texto le explique nada.
Si hay algo que distingue a esta puesta de una simple pieza de denuncia es que no ofrece una salida limpia. La obra pone en escena el entusiasmo de imaginar otro mundo y, al mismo tiempo, la facilidad con la que ese impulso puede derivar en nuevas formas de poder. No hay una revolución que quede a salvo de sus propias contradicciones, ni una fantasía de fuga que termine siendo inocua.
En un año en que buena parte del país sigue buscando su propia Nubicuculandia —esa ciudad ideal en las nubes, lejos de la corrupción que la rodea—, conviene recordar la advertencia que Aristófanes dejó hace 24 siglos: no hay garantía de que, una vez llegados ahí arriba, no repitamos exactamente lo mismo.
"Las Aves" se presenta de viernes a domingo en el Teatro Ricardo Blume (Jr. Huiracocha 2160, Jesús María) hasta el 16 de agosto de 2026.










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