La economía de la crueldad: el fundamento material del neofascismo

La economía de la crueldad constituye el cimiento estructural del neofascismo contemporáneo. Entendemos por economía de la crueldad aquel dispositivo de insensibilización moral y burocrática que, disfrazado de rigor científico y eficiencia, naturaliza el sufrimiento humano y la depredación vital para subordinarlos a la rentabilidad. Por su parte, el neofascismo se define como una racionalidad política autoritaria y desterritorializada que, aliada al libertarismo tecnológico, no busca hipertrofiar el Estado, como el fascismo histórico, sino desmantelar sus funciones protectoras, privatizando la coerción y segmentando a la sociedad civil mediante la psicopolítica digital. Al anular la empatía e instrumentalizar los vínculos, esta economía de la crueldad legitima y normaliza el descarte social, erigiendo el terreno indispensable donde germinan y se consolidan las prácticas neofascistas de nuestra compleja época actual.
Genealogía de la economía de la crueldad: del psicoanálisis del consumo a la eugenesia cognitiva
Para comprender la densidad de nuestro presente, el quehacer de la historia intelectual nos exige rastrear las continuidades y rupturas en los modos de organizar y justificar el sufrimiento social a lo largo de los siglos XX y XXI. La economía de la crueldad no es un accidente, sino el corolario de un largo proceso de transformación de las ideas, las estructuras materiales y la manipulación de la psique humana.
Su origen estructural moderno puede situarse en la ilusión del liberalismo económico decimonónico. Como ha documentado la historiografía económica, la premisa de un mercado autorregulador era puramente utópica, ya que una institución de este tipo no podía existir sin aniquilar la sustancia humana y la naturaleza de la sociedad (Polanyi, 1989). El fundamento de esta dislocación fue la conversión de la vida humana y el hábitat natural en "mercancías ficticias", dejando a las poblaciones a merced de los vaivenes de la especulación y sentando las bases de una violencia sistémica inédita (Polanyi, 1989).
Sin embargo, a medida que el siglo XX avanzaba y la sociedad de masas se consolidaba, la justificación de la desigualdad y la preservación del poder requirieron mecanismos de control mucho más sofisticados que la coerción mercantil o física. Fue necesario colonizar el paisaje interior del individuo. A principios del siglo pasado, Sigmund Freud postuló que los seres humanos estaban impulsados por fuerzas sexuales y agresivas primitivas ocultas en lo profundo de la mente, fuerzas que, de no ser controladas, conducirían al caos y la destrucción (Curtis, 2002). Esta visión pesimista de la naturaleza humana aterrorizó a las élites, quienes vieron en las masas a una horda irracional y peligrosa (Curtis, 2002).
Fue Edward Bernays, sobrino de Freud y pionero de las relaciones públicas, quien comprendió que estas fuerzas irracionales podían ser manipuladas (Curtis, 2002). Bernays mostró a las corporaciones estadounidenses cómo podían hacer que las personas desearan cosas que no necesitaban, vinculando los bienes producidos en masa con sus anhelos emocionales inconscientes (Curtis, 2002). Para evitar la sobreproducción capitalista, arquitectos financieros como Paul Mazer advirtieron que la sociedad debía pasar de una cultura de "necesidades" a una de "deseos", entrenando a las personas para que sus deseos eclipsaran sus necesidades reales (Curtis, 2002). Autores políticos como Walter Lippmann argumentaron paralelamente que, dado que el "rebaño desconcertado" era irracional, se requería una nueva élite capaz de gestionar la democracia mediante técnicas psicológicas (Curtis, 2002). El ciudadano cívico fue así metamorfoseado en un consumidor dócil; bajo esta nueva lógica, la democracia se redujo a la idea de que no es el pueblo quien gobierna, sino sus impulsos y deseos (Curtis, 2002).
Durante la posguerra, esta psicopolítica se institucionalizó. Anna Freud y la psiquiatría oficial buscaron fortalecer el ego de los individuos para que se adaptaran y conformaran a la sociedad, reprimiendo sus instintos (Curtis, 2002). Psicoanalistas como Ernest Dichter inventaron los grupos focales no para escuchar racionalmente al consumidor, sino para extraer su "yo secreto", manipulando sentimientos de culpa y anhelos de estatus para diseñar la "estrategia del deseo" que estabilizaría el orden capitalista (Curtis, 2002). En sus extremos más oscuros, esta obsesión por el control interno llevó a la CIA y a psiquiatras como Ewen Casimplen a experimentar con torturas de electrochoque y drogas para borrar la memoria de los individuos y reprogramarlos como autómatas, un fracaso rotundo que evidenció la profunda crueldad del paradigma de control (Curtis, 2002).
A fines de la década de 1960, surgió en los Estados Unidos una contracultura impulsada por las ideas de Wilhelm Reich, Herbert Marcuse, entre otros, quienes denunciaron que la sociedad y las corporaciones lavaban el cerebro de la población (Curtis, 2002). Reich argumentaba que los impulsos inconscientes eran intrínsecamente buenos y que era la represión social la que los volvía peligrosos (Curtis, 2002). Marcuse señaló lúcidamente que la prosperidad vacía y la obsolescencia programada creaban una existencia esquizofrénica y acumulaban una enorme destructividad (Curtis, 2002). Pensadores como Arthur Miller advirtieron que la obsesión por controlar al hombre y "curar" su sufrimiento producía un sentido lobotomizado de la felicidad (Curtis, 2002).
No obstante, la economía de la crueldad demostró una asombrosa capacidad de adaptación. El capitalismo cooptó este anhelo de liberación personal (Curtis, 2002). Utilizando la jerarquía de necesidades de Abraham Maslow, institutos de investigación categorizaron el nuevo individualismo en "estilos de vida", ofreciendo a los individuos la ilusión de expresar su rebeldía a través del consumo de productos específicos (Curtis, 2002). Esta victoria del narcisismo despojó al individuo de su dimensión política colectiva (Curtis, 2002).
Paralelamente a esta colonización psicológica, la economía del siglo XX desarrolló un aparato de clasificación biopolítica impulsado por la eugenesia, que buscó medir y cuantificar el valor de la vida humana. Investigadores como Henry Goddard tradujeron la pobreza y el fracaso social en deficiencias genéticas heredadas, instalando pruebas de inteligencia para categorizar a los "marrones" y a los inmigrantes como amenazas económicas para la nación (Chan, 2025). Esta "economización de la vida" tipificó a los sectores vulnerables como una carga irracional, forjando la duradera categoría de los "pobres inmerecedores" (the undeserving poor) (Chan, 2025). A finales del siglo XX, esta matriz resurgió con la publicación de obras como The Bell Curve, las cuales afirmaban que la nueva economía de la información recompensaba naturalmente a una "élite cognitiva", justificando el recorte brutal de las políticas de bienestar bajo el argumento de que invertir en poblaciones genéticamente inferiores era un desperdicio de recursos (Chan, 2025). Este largo recorrido histórico evidencia que la economía de la crueldad se ha perfeccionado sistemáticamente: pasó de la mercantilización física del trabajo a la captura psicoanalítica del deseo y a la tipificación eugenésica del valor humano.
La economía de la crueldad como base estructural del neofascismo
Esta densa trama de cosificación y exclusión no es un simple fenómeno superestructural; constituye la base material, operativa y epistemológica sobre la cual se erige el neofascismo contemporáneo. En nuestra época, el fascismo y el neoliberalismo se encuentran profundamente enmarañados, resultando imposible desligar el uno del otro (Roggerone, 2022). La racionalidad neoliberal ha preparado el terreno para la movilización de fuerzas antidemocráticas feroces, actuando como una máquina de guerra que captura y violenta la subjetividad colectiva (Roggerone, 2022).
La materialidad de esta crueldad se ejerce a través de lo que desde la antropología crítica se denomina una "pedagogía de la crueldad". Hablamos de actos y prácticas cotidianas que enseñan, habitúan y programan a los sujetos para transmutar la vitalidad en cosas (Segato, 2018). En la fase apocalíptica actual del capital, el ataque espectacular a los cuerpos vulnerables y a los territorios mediante el extractivismo no constituye una anomalía, sino el lenguaje preciso en el que se expresa la reificación total de la vida (Segato, 2018). La repetición incesante de la violencia promueve una desensibilización sistemática, disminuyendo los umbrales de empatía para que la empresa depredadora funcione sin resistencias afectivas (Segato, 2018). Como consecuencia ineludible, se forja una personalidad modal de estructura psicopática, no vincular y defectiva en emociones, que resulta absolutamente funcional para sostener la acumulación (Segato, 2018).
En el plano epistemológico, esta insensibilización encontró su legitimación de posguerra en la Escuela Austriaca. El pensamiento neoliberal —y en especial la obra de Friedrich Hayek— no es una simple teoría descriptiva, sino un proyecto teleológico de legitimación de la sociedad burguesa que restringe la realidad a una institucionalidad mercantil (Azofeifa Sánchez, 2003). La teoría neoclásica impone el modelo de equilibrio general exigiendo la reducción del comportamiento humano a simples indicadores mercantiles, obligando a suponer, de manera falaz, una variabilidad ilimitada de los salarios que ignora la materialidad biológica de las necesidades humanas (Azofeifa Sánchez, 2003). Al divinizar el mercado como un orden milagroso, el neoliberalismo exige una sumisión absoluta; cualquier intento constructivista de procurar la justicia social es condenado como un acto de orgullo que conduce a la tiranía (Azofeifa Sánchez, 2003). Bajo esta mística, la libertad se agota en el derecho de propiedad, y el ser humano es libre únicamente en la medida en que los precios son libres (Azofeifa Sánchez, 2003).
Sobre este sustrato de indolencia planificada y fanatismo de mercado prospera la lógica política del neofascismo. A diferencia del fascismo de la década de 1930, que prometía la disolución del individuo en una comunidad orgánica bajo la tutela del Estado, los liderazgos reaccionarios del siglo XXI son de corte entreguista y privatizador (Roggerone, 2022). Su emergencia es el corolario trágico del fracaso de los populismos reformistas, los cuales, al intentar administrar el capitalismo mediante una "voluntad de inclusión" puramente consumista, terminaron modelando aspiraciones ancladas en el régimen de individuación neoliberal (Roggerone, 2022).
Este declive se vio acelerado por la adopción de las técnicas corporativas de manipulación en la propia esfera política. Estrategas transformaron las campañas electorales en estudios de mercado, utilizando encuestas de neuro-personalidad para apelar a los miedos íntimos y a los caprichos de los votantes, abandonando cualquier ideario colectivo en favor de un clientelismo de estilo de vida (Curtis, 2002). Al mercantilizar la política, los gobiernos progresistas y de centroizquierda operaron como dispositivos de desmovilización ciudadana, asumiendo que la democracia era simplemente complacer deseos primitivos y subconscientes (Curtis, 2002). La capitulación del reformismo frente a la maquinaria de guerra del neoliberalismo dejó un vacío que fue velozmente ocupado por el neofascismo, el cual se presenta ahora como el garante último del programa de desposesión cuando las democracias formales ya no logran contener el colapso (Roggerone, 2022).
La dimensión tecnológica de esta base material es insoslayable. El neofascismo se nutre de la infraestructura de las corporaciones tecnológicas de alcance global. La vanguardia de este movimiento es el tecnolibertarismo, cuyo ideario ha sido resumido bajo las siglas GOALS: Crecimiento, Optimización, Automatización, Libertad y Salvación (van Wijk & Ferreira Gomes, 2026). Para esta nueva oligarquía, el crecimiento a cualquier costo justifica la desigualdad; los dilemas sociales son tratados como simples "errores de software" que deben ser optimizados mediante la automatización e inteligencia artificial; y la libertad es definida estrictamente de forma negativa, como la ausencia total de regulación e interferencia estatal (van Wijk & Ferreira Gomes, 2026). Figuras como Peter Thiel declaran abiertamente que la política es un estorbo y que la libertad ya no es compatible con la democracia (Thiel, 2009).
Esta hostilidad hacia lo público empuja a las megacorporaciones a constituirse en actores geopolíticos autónomos, buscando refugio en paraísos regulatorios como ciudades privadas, estados-red o incluso el espacio exterior (Tjalve, 2024; van Wijk & Ferreira Gomes, 2026). La emergente industria espacial comercial evade activamente los marcos normativos internacionales, asumiendo roles militares y de comunicaciones globales que desestabilizan la soberanía de los Estados (Tjalve, 2024). Al privatizar la respuesta a la crisis climática o dominar los satélites en zonas de conflicto, estas corporaciones instauran una anarquía extractivista que multiplica las rivalidades terrestres (Tjalve, 2024). El capital tecnológico huye de las ruinas que ha generado, operando como un caballo de Troya que dinamita el bienestar común desde sus propios cimientos (Tjalve, 2024).
El sistema de creencias del neofascismo: El arquetipo del Winner y el Loser
El andamiaje de la economía de la crueldad no podría sostenerse sin una profunda reconfiguración del sistema de valores y creencias de las sociedades contemporáneas. Desde los años ochenta, impulsado por el auge del Reaganomics en Estados Unidos y el thatcherismo en el Reino Unido, se infiltró en la cultura política un esquema binario y moralizante que clasifica a la humanidad bajo dos arquetipos implacables del capitalismo: el ganador (winner) y el perdedor (loser).
Este paradigma axiológico es la traducción cultural del individualismo metodológico y normativo, una convicción que decreta que solo los seres humanos individuales tienen intereses y que los colectivos sociales son ficciones peligrosas (Mittermaier, 2020). Desde esta óptica doctrinaria, libertarios como Murray Rothbard sostienen que "el 'interés público' es un término sin sentido... y por lo tanto es descartado por los libertarios" (Mittermaier, 2020). Al vaciar el lenguaje de su contenido solidario e interdependiente, la política se reduce a un campo de batalla de apetitos privados, sometiendo el orden social a una regresión perpetua de conflictos atomizados donde la deliberación cívica es anulada (Mittermaier, 2020).
En la cúspide de esta pirámide moral se sitúa el ideario del "ganador", encarnado hoy por la figura del ingeniero informático o el capitalista de riesgo de Silicon Valley. Este sujeto es percibido como el motor indiscutible del progreso y la innovación, cuya acumulación obscena de riqueza es justificada bajo la promesa transhumanista de que la tecnología, eventualmente, entregará la salvación y la abundancia a la especie, superando incluso la mortalidad (van Wijk & Ferreira Gomes, 2026). El winner se legitima a sí mismo a través del espejismo de la meritocracia, asumiendo que su dominio es el producto biológico de pertenecer a la "élite cognitiva" (Chan, 2025).
En contraste absoluto, el perdedor adquiere una nueva dimensión punitiva. Ya no es una víctima de la precarización, el desempleo estructural o la desposesión colonial; es recatalogado bajo la lógica tecno-eugenésica como un individuo inherentemente deficiente. La maquinaria algorítmica del presente perfecciona la exclusión de los "pobres inmerecedores" mediante procesos de evaluación de riesgo, puntuación crediticia y métricas de rendimiento que racionalizan fríamente la denegación de asistencia (Chan, 2025). Un "laberinto de procesos altamente racionalizados e hiper-técnicos se interpone entre los ciudadanos... y los recursos que necesitan para evitar la tragedia" (Chan, 2025). Esta burocratización aséptica de la violencia, estructurada sobre lógicas de superioridad raciales y de clase, ejecuta sentencias de muerte civil y física sin necesidad de derramamiento público de sangre (Chan, 2025).
El neofascismo contemporáneo es el corolario político inexorable de este vacío moral. Frente a la desarticulación de los vínculos comunitarios y la anulación de la política como herramienta de transformación colectiva, los sujetos precarizados, bombardeados por el imperativo del consumo, pero privados de los medios materiales para alcanzarlo, son presas fáciles del resentimiento. El liderazgo neofascista no canaliza esta frustración hacia la emancipación estructural, sino hacia el odio a la alteridad, hacia el castigo del más débil, ofreciendo la gratificación psicológica de la exclusión como sustituto de la verdadera soberanía popular.
La economía de la crueldad no es un fallo temporal del sistema, sino su ontología operativa central. Combatir el neofascismo del siglo XXI nos exige una labor titánica de desobediencia conceptual. Asimismo, implica rechazar terminantemente el falso dilema entre la eficiencia tecno-capitalista y la supuesta decadencia democrática, para reinstaurar una retórica de valor ético en torno a la solidaridad, la empatía y la deliberación colectiva. Solo al desmontar el mito destructivo del individuo aislado que persigue deseos irracionales, y al recuperar la densidad histórica y ética del interés público, podremos oponer una verdadera resistencia humanista frente a la maquinaria de descarte que hoy amenaza con consumir nuestro horizonte civilizatorio. La siguiente reflexión girará en torno a la lucha con la economía de la crueldad y su ideología neofascista.
Economía de la crueldad, transhumanismo y posthumanismo
La economía de la crueldad no agota su despliegue en la precarización laboral ni en la captura algorítmica de la atención; encuentra su horizonte teleológico más radical en las matrices discursivas del transhumanismo y el posthumanismo tecnocientífico (Thomas, 2024). Lejos de constituir un vano ejercicio de especulación futurista o una emancipación ilustrada de las limitaciones biológicas, el proyecto transhumanista opera como la coartada metafísica y material del capitalismo tardío para decretar la obsolescencia programada de la condición humana común.
En este entramado, la vulnerabilidad corpórea, la finitud y los lazos de interdependencia —núcleo mismo de la ética y la deliberación política— son reclasificados como fallas de diseño, taras biológicas o «discapacidades» intrínsecas que exigen una intervención correctiva y privatizada (Hauskeller, 2016; Thomas, 2024). La transición de la «Humanidad 1.0» a entidades posthumano-tecnológicas consuma así el descarte definitivo de las poblaciones que carecen de valor instrumental para la acumulación (Fuller & Lipinska, 2014; Thomas, 2024).
Esta racionalidad se articula a través de una sofisticada ingeniería ideológica condensada en constelaciones como el ideario TESCREAL y el longtermismo (Thomas, 2024; Torres, 2024), donde el cálculo utilitarista abstracto legitima la insensibilización moral frente a las catástrofes del presente. Filósofos del transhumanismo contemporáneo han llegado a postular que cualquier sufrimiento histórico concreto, degradación ecológica o genocidio palidece hasta la insignificancia frente al costo de oportunidad que supondría retrasar la colonización del cosmos por billones de mentes digitales sintéticas (Bostrom, 2003; Torres, 2024). Bajo la lógica del «desperdicio astronómico», la preservación de la vida digna en el aquí y el ahora queda subordinada al imperativo de alcanzar la «madurez tecnológica» (Bostrom, 2003, 2013). Paralelamente, propuestas de mejoramiento biológico y moral compulsivo, acompañadas de la renuncia a las libertades civiles en favor de arquitecturas panópticas de vigilancia, justifican el autoritarismo cibernético bajo el pretexto de corregir la supuesta naturaleza defectiva del ser humano (Persson & Savulescu, 2012; Thomas, 2024). Así, los problemas estructurales derivados del orden socioeconómico son reducidos a un mero problema de cableado genético y neuronal.
Llevada a su extremo operativo, esta cosmovisión desemboca en lo que explícitamente se ha conceptualizado como necronomics o biopolítica de la muerte: un régimen donde el valor de la existencia se mide estrictamente por su contribución a la maximización de la potencia instrumental (Fuller, 2019; Thomas, 2024). Aquellos seres humanos no mejorados, marginados de las dinámicas del capital cognitivo o refractarios a la disciplina de la optimización perpetua, son simbólicamente despojados de su condición de sujetos de derecho y catalogados como lastres improductivos o «zombis» que deben ser barridos o confinados a realidades virtuales anestesiantes (Fuller, 2019; Thomas, 2024). Esta jerarquización ontológica converge de manera natural con el neofascismo aceleracionista (e/acc) y las formulaciones neorreaccionarias (NRx), que abogan abiertamente por la demolición de las instituciones democráticas y la instauración de enclaves corporativos autocráticos regidos por la pura eficiencia algorítmica y el darwinismo de mercado (McQuillan, 2022; Thomas, 2024).
El proyecto transhumanista encarna una forma secularizada y perversa de escatología religiosa: promete la resurrección de los patrones de información, la inmortalidad digital y la salvación cósmica mediante la fusión de la conciencia con la máquina (Kurzweil, 2025; Thomas, 2024), mientras destruye la base material y ecológica que sostiene la vida terrestre. Al disolver al sujeto ético en flujos de datos cuantificables y transferir la soberanía del juicio a la administración impersonal de los sistemas expertos y la inteligencia artificial, se sella la desposesión de la decisión política (McQuillan, 2022; Sadin, 2018). El transhumanismo no supera la economía de la crueldad; representa su coronación ontológica: un dispositivo civilizatorio que convierte la deshumanización sistémica en un deber evolutivo incuestionable (Thomas, 2024).
Referencias Bibliográficas
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