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Demócratas de cristal




Obviamente el voto en blanco o viciado es una elección legítima para cualquier ciudadano. El problema surge cuando grupos políticos y líderes de opinión hacen proselitismo político de este voto bajo un discurso de limpieza moral, invitando al público a seguir sus asumidas buenas maneras democráticas y alto nivel de patriotismo.


Pero militar el voto viciado no es ni un acto de patriotismo ni una cruzada democrática. A lo más es como darse un like a sí mismo y, para futuros candidatos, es cálculo político ramplón. Porque el centro político contemporáneo y su afán de bothsidesism tiene poquísima sustancia y es fácilmente caricaturizable: “Ustedes quieren derechos, los otros quieren asesinarlos, ¿por qué no dejan de lado sus radicalismos?” se ve en los varios memes sobre el centro político y su necesidad fetichista de equiparación.


Esta limitada operación argumentativa también se observa cuando se dice que tanto Sánchez como Fujimori son iguales porque ambos tienen “tradiciones autoritarias”. Porque claro, 10 años de autoritarismo, asesinato, corrupción sistemática y depredación institucional se equipara al discurso burdo, sin sustancia ni poder real que leyó Castillo antes de ser depuesto y encarcelado. 


Militar el voto viciado es irresponsable porque todos sabemos que el desastre institucional, el desbarajuste fiscal y los pobres indicadores sociales que tenemos hoy son en gran medida resultado de la depredación institucional edificada con esmero por el Fujimorismo desde el 2016. Sin embargo, parece que este ataque continuo al Estado, a la sociedad civil y, en general, al sistema democrático no les preocupa mucho a pesar de que este partido ha buscado deslegitimar elecciones, se ha zurrado en el derecho ciudadano al referéndum y viene aplastando la agencia política de aquellos que no están de acuerdo con su agenda predatoria. Y todo esto sin ser formalmente gobierno.


¿Cómo van a actuar teniendo el Ejecutivo, el Congreso y los organismos autónomos capturados? Ya no sería un autoritarismo en la sombra, sino una dictadura total. ¿Cómo se equipara esto con el alucinado peligro que representaría Roberto Sánchez? Se habla del Castillismo como el séptimo círculo del infierno, pero la precariedad de su corto gobierno se debió en parte a su irresponsabilidad y clientelismo y en gran parte a los ataques sistemáticos de la ultraderecha para sacarlo del poder, y que el mismo Fujimorismo admitió. ¿Es tan difícil hacer distinciones? ¿O todo vale para vanagloriarse de ser representantes de un imaginado voto pulcro, inmaculado?


No tengo dudas de que este voto, empaquetado bajo un aura de intelectualismo y moralismo endeble y bastante insoportable, se riñe con un sentido básico de defensa de los valores democráticos. Porque no hacer nada cuando frente a tus narices está cerca de formalizarse una dictadura a toda regla no es muy cívico ni republicano, que digamos. 


Sin embargo, el mayor problema del voto viciado es que no se trata solo de la elección presidencial, sino de un posicionamiento político que se mantendrá luego de la elección. Porque si Sánchez gana, lo hará con un margen ajustado. Y entonces ¿cuál será la posición de estos adalides de la democracia frente a los gritos de fraude, las nulidades de los votos rurales, los planes de sacarlo del poder “usando el marco legal” y “lo antes posible”? Algunos se pronunciarán tímidamente al inicio, pero muchos se pondrán de costado, o incluso militarán el adelanto de elecciones. Esta película ya la hemos visto y es muy probable que se repita. O, quizá, algo hayamos aprendido del pasado reciente. 















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