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Cáscaras: tres formas de preguntarse qué queda cuando el cuerpo falla

29 ago
4 min de lectura


¿Qué queda de una persona cuando su cuerpo cambia, envejece, es herido o enferma? Esa pregunta recorre Cáscaras, la obra de Eduardo Adrianzén dirigida por Giovanni Arce, pero no aparece formulada de la misma manera en cada historia. La obra reúne tres relatos independientes, situados en épocas y circunstancias muy distintas, para explorar la relación entre el cuerpo, la identidad, la culpa y la memoria.


La primera, “Capón”, se instala en la ciencia ficción. Emilio muere en 2047, a los 84 años, y despierta en 2197 dentro de un cuerpo clonado de 33. El mundo que encuentra está dominado por el Imperio Chino y quien lo recibe es un cyborg “humanizado” encargado de explicarle las reglas de una sociedad que le resulta completamente ajena. Pero el verdadero conflicto no está solo en imaginar cómo será el mundo dentro de 150 años, sino en preguntarse qué significa seguir siendo uno mismo cuando el cuerpo que nos acompaña durante toda la vida puede ser sustituido.


Emilio conserva su memoria, su carácter y también esa resistencia a aceptar las normas que lo definía antes de morir. Pero ¿basta con conservar los recuerdos para seguir siendo la misma persona? La pregunta resulta especialmente sugerente en un momento en que la tecnología empieza a modificar nuestra relación con el cuerpo y con la identidad. La clonación, la prolongación artificial de la vida y las discusiones sobre inteligencia artificial han hecho que algunas preguntas que antes parecían estrictamente futuristas empiecen a formar parte de conversaciones mucho más cercanas.


“Tres dedos” cambia de registro. Valentín, un sanador holístico de 33 años, recibe la visita de Ernesto, un antiguo compañero de colegio que ejerció violencia contra él cuando ambos tenían 13. Ernesto llega con una petición brutal: quiere que Valentín le destroce tres dedos con un martillo. Lleva veinte años cargando con la culpa y parece convencido de que necesita experimentar en su propio cuerpo una parte del dolor que provocó.


La situación es incómoda porque no ofrece una salida sencilla. ¿Puede el dolor físico reparar una violencia anterior? ¿La víctima tiene que perdonar para liberarse de lo ocurrido? ¿Y qué sucede cuando el culpable necesita que la víctima participe de su propia expiación? La obra no convierte estas preguntas en una discusión abstracta sobre la justicia: las lleva directamente al cuerpo.


“Cleopatra y Chechezade” nos lleva a 1989, en plena epidemia del sida. Eugenio, conocido en las discotecas gay limeñas como “la China” y bajo el personaje de Cleopatra, está gravemente enfermo. Cheche, su amigo de toda la vida, lo acompaña y cada noche le cuenta historias, como una Sherezade que intenta prolongar la vida de alguien que sabe que puede estar acercándose al final.


Aquí el cuerpo enfermo vuelve a ocupar el centro, pero aparece además el peso de una sociedad que convierte la enfermedad en estigma. El sida no era únicamente una amenaza médica. En el Perú de aquellos años estaba acompañado por el miedo, la desinformación y una fuerte condena social hacia quienes lo padecían, especialmente dentro de la comunidad homosexual. La enfermedad podía convertirse así en una doble condena: la del cuerpo y la de la mirada de los demás.


Lo que sostiene las tres historias juntas no es una trama común, sino una misma preocupación que cada una lleva por un camino distinto. En “Capón”, el cuerpo puede ser reemplazado; en “Tres dedos”, puede convertirse en territorio de castigo; en “Cleopatra y Chechezade”, puede enfermar y quedar expuesto a la mirada de los demás. La obra se mueve así entre la ciencia ficción, el drama, el humor oscuro y la memoria sin encerrarse en un solo registro. Su apuesta está justamente en esa variedad.


Hay un mérito particular en la escritura de Eduardo Adrianzén: consigue construir historias que dejan preguntas de fondo sin dejar de ser historias que interesan y entretienen. Sus obras pueden ser reflexivas e incluso trascendentes, pero no parecen escritas para demostrar una idea; están sostenidas por situaciones, personajes y conflictos que atrapan al espectador. Esa capacidad tiene también que ver con una larga experiencia escribiendo tanto para públicos masivos como para el teatro independiente. En Cáscaras, esa experiencia se nota en una dramaturgia que puede plantear preguntas sobre la identidad, la violencia, la enfermedad o la muerte sin perder nunca de vista algo esencial: que el público ha ido al teatro, antes que nada, a escuchar una buena historia.


En la actuación, Giovanni Arce confirma por qué es uno de los actores más consolidados de la escena independiente limeña. Su manejo de la voz y el cuerpo le permite construir con precisión los distintos personajes que interpreta. Rodrigo Chávez, por su parte, destaca por su versatilidad y por la naturalidad con que transita entre los tres relatos, adaptándose a los diferentes tonos y situaciones de la obra. Ambos sostienen con solvencia una puesta que exige cambios de registro constantes.


Dilectos Teatreros tiene en su trayectoria montajes como Clorinda, Herederos: nuestra sangre, nuestra historia o ¿Por quién vota Fredesvinda?, obras preocupadas por dialogar con la memoria y con distintos momentos de la historia peruana reciente. Cáscaras se desplaza hacia un terreno menos reconocible: ya no se trata directamente de reconstruir un episodio histórico, sino de imaginar, recordar y deformar la realidad para volver sobre algunas de sus preguntas persistentes.


Una cáscara es una protección, una superficie que contiene algo, pero también aquello que puede romperse. En las tres historias, el cuerpo cumple algo parecido: contiene una identidad, una memoria, una culpa, una enfermedad, una historia. Y cuando esa envoltura se rompe —porque envejece, porque es golpeada o porque enferma— aparece la pregunta que la obra deja flotando: si el cuerpo no es permanente, ¿qué parte de nosotros creemos realmente que sí lo es?


Cáscaras se presenta de viernes a lunes a las 8:30 p. m. (domingos a las 8:00 p. m.) en el Auditorio del Británico Cultural (Bellavista 531, Miraflores), hasta el 31 de agosto. Las entradas cuestan S/ 50 en general y S/ 30 para estudiantes, jubilados y Conadis, y están disponibles por Joinnus.

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