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Batalla en el corazón de la tierra: crónica de las elecciones presidenciales desde Pataz




Mientras las elecciones presidenciales se desarrollaron en medio de un agitado contexto de ataques personales, ideológicos y discriminatorios, existe otra manera de entender la política. Es la política abordada desde la experiencia, la memoria, los afectos y las contradicciones. Y, aun así, expresan una forma integrada de comprender el Perú, desde sus necesidades, miedos, deseos, carencias y proyectos. En esta crónica, el autor recorre una parte de la provincia de Pataz, entre los distritos de Parcoy y Buldibuyo, conversando y reflexionando con una diversidad de personajes, interpelando todos sobre cómo se asumen las elecciones para sus localidades, así como sus orientaciones políticas y sus propias convicciones personales, con el trasfondo de la minería como escenario. 


⸸⸸⸸


Llegar al aeródromo de Pías, a las siete de la mañana, es como quedar imbuido por una alfombra azul de tierra y asfalto, con montañas mirándote severamente desde arriba. Los Andes, claro. La avioneta es violenta y golpea la pista como un maretazo sobre un espigón. Me ha despertado. Ingenieros, jefes y administrativos hacen fila para bajar. El complejo tiene una obscuridad bella, mientras el cielo asoma tímido y el frío toca mi cuello. De estas sombras viene la luz, me comentan mis audífonos. Olvidé apagar la música. 


Una hora y media después, estoy en Llacuabamba. Es un pueblo de asiento minero para nada pequeño. Las construcciones son verticales, las calles confusas y el comercio ha prosperado bastante bien. El día no es enteramente soleado. Por momentos, la garúa brota. Alguien por allí murmura: no llega todavía el verano. Y otro reniega: carajo, dejé mi ropa afuera. Un grupo de ronderas camina por una de las bajadas principales del pueblo. Bambolean sus binzas, un látigo muy peculiar que usan en la sierra norte para castigar.


—Lo hacen de los huevitos del toro. Así lo trenzan, todo junto, para que duela más. A mí una vez me cayó como juego en Tayabamba —me dice la señora María Rosa, también rondera. Fue mi primera entrevistada durante el viaje.


María Rosa me cuenta que Llacuabamba se ha llenado de gente de todas partes del Perú. Vienen desde Piura, Lambayeque, Cajamarca, Huánuco, Áncash, Lima, Junín, Huancavelica, Ayacucho y un largo etcétera. De todo lugar, hasta de la selva. Ella recuerda cuando el pueblo era pequeño, de adobe y con muchos árboles; el ambiente rural de su niñez. La minería lo ha cambiado todo. Llacuabamba creció intempestivamente, de la noche a la mañana. Las personas buscan trabajo en las grandes mineras de la zona, pero muchos más apuntan hacia la minería artesanal. Todas las mañanas, desfilan botas firmes, pantalones de seguridad y, si levantas un poco más la cabeza, a veces cascos.


La casa de María Rosa es amplia, horizontal, llena de habitaciones. Ella todo el tiempo habla de comida y también te la ofrece. Es cocinera, su marido es cocinero, su hija es chef y tienen un restaurante en el pueblo. Viaja y come, o viaja para comer. Ama el ají. A mí me cuesta probarlo, recién estoy aprendiendo desde hace unos meses. Su ají colorado es muy rico…, y potente. Le robo tres vasos de agua.


—¿Costeño?


—También soy mitad serrano —le respondo.


A María Rosa le interesa la política. No simpatiza con Keiko Fujimori, pero sí con Alberto. Cree que el Chino trajo buenas obras adonde nadie llegaba y realmente se acordaba de los pobres. Pero Keiko no es su padre. Dice que tiene una mirada malévola, es muy fingida y nunca quiso que él salga de la cárcel. En cambio Kenji, comenta, es muy humano, tiene el corazón enorme. Hizo todo lo posible para negociar con el viejito (se olvidó el nombre de Kuczynski) y como sea sacó a su padre de la cárcel. Lo llenó de besos, abrazos, mucho amor, mientras su hermana, calculadora, quería regresarlo a prisión. Para María Rosa, Kenji simboliza ese espíritu bueno que cree que el fujimorismo tiene:


—Kenji votará por JP —afirma con total seguridad.


Para María Rosa, Juntos por el Perú apenas representa una especie de mal menor; no una esperanza o un cambio. Pero piensa que los fujimoristas sabotearán al nuevo presidente (también olvidó el nombre de Roberto Sánchez), así como lo hicieron con Pedro Castillo, y esto traerá mucha inestabilidad no solo política, sino también económica. Con Keiko allí detrás, no ve mejores opciones. El país estará peor.


—Esa mujer tiene mucho poder, y así quiere más.


Llacuabamba no es ese pueblo de asiento minero desordenado, con basura, barro y perros por todos los rincones. Aunque sí, también los hay, pero es más que eso. Por sus calles encuentras diversidad de tiendas, pollerías, chifas, gimnasios y hasta un market de considerable tamaño. Cada barrio tiene su loza deportiva y abundan los peloteros por las noches. Cerca de mi hotel, una iglesia evangélica nos castiga con sus cánticos de 100 decibeles. Y en el terminal terrestre, diariamente salen colectivos para los pueblos intermedios y algunos para las comunidades más cercanas. Abundan las Toyota Hilux. A veces parecen toros peleando por ganar un lugar en las carreteras estrechas. Cuando bufan, el tráfico suele ser intenso.


Un día después, dejo atrás el pueblo y me dirijo a la comunidad de El Tambo. La localidad es sinuosa, ligeramente inclinada, y a pesar del mes todavía verde. Según me comentan, hace un siglo, este lugar era una pequeña estancia con una solitaria casita de descanso. Ahora ha crecido mucho, atraídos por el trabajo en la tierra: extraer el oro. Pero el pueblo no tiene concesiones mineras; deben dirigirse hacia las localidades hermanas, generalmente cruzando el río Parcoy. Frente al colegio, un grupo de hombres conversa sobre política. Se acercan las elecciones y muestran su preocupación:


—Aquí todos apostamos por JP, porque a Keiko le tenemos miedo. Si ella agarra el poder, no lo suelta más. Mañana protestamos y amanecemos muertos —comenta Carlos, dirigente, comunero y minero. 


—Pero dicen que el otro bando va a traer el comunismo. Allí también da miedo, pe —este es el señor Aurelio, mirada triste, sonrisa sincera—. Que los rojos van a botar a las empresas, que nos van a quitar nuestras tierras.


—Así dicen, pero los terroristas son ellos, los naranjas.


Un comunero nos contó que Keiko Fujimori llegó a Tayabamba, la capital provincial, acompañada del alcalde, quien caminaba medio escondido, medio avergonzado. Fueron unos cuántos gatos, dice. No la quiere nadie. Pero en realidad Fuerza Popular sí tiene sus adeptos. Fue la segunda candidatura más votada en la provincia y visiblemente tiene muchos simpatizantes. Aun así, en El Tambo muchos muestran optimistas de que Juntos por el Perú se lleve con ventaja las elecciones. Creen que la trayectoria de Sánchez y su apoyo a la formalización de la minería artesanal animará a sus copoblanos. El boca a boca corre fuerte esta semana:


  —Yo estoy seguro de que va a ganar JP —comenta un profesor del pueblo—. Si las elecciones fueran limpias, se la lleva fácil. He escuchado bastante gente en los pueblitos y van con ellos, con Pedro Castillo…, Pedro Sánchez. 


Yo también confundo sombreros. Un comunero me pregunta cómo vemos la situación desde Lima; le comento con cierta vergüenza lo que pasa en mi ciudad. También le cuento cómo se mira a la provincia de Pataz y a la minería artesanal: me advirtieron que era tierra de nadie y que me cuidara de hablar con cualquier persona. Y que en la capital solo se imaginan la zona como un territorio manejado por la economía ilegal, extorsionadores, delincuentes y asesinos. 


—Aquí en Parcoy todo es tranquilo —me comenta en voz baja, sorprendido.

—¿Sabes qué pasa? —interviene Carlos—. Allá en Lima son racistas. Por eso sacaron a Pedro Castillo. No pueden soportar que un comunero como yo, cholo, llegue a la presidencia. Porque prácticamente él era como yo, como cualquiera de nosotros. Y ahora viene otro. 


Todos asienten. 




Regreso a Llacuabamba ya obscureciendo. La entrada del pueblo está siempre controlada por la ronda campesina. Registran todo carro sospechoso que entre, y el que no quiere, lo requisan a la fuerza. De noche, muchos jóvenes se divierten en discotecas o night club. Los sábados y domingos son un bullicio tremendo, que compite contra la iglesia evangélica. Qué barbaridad, comenta una señora sobre un borracho que se cayó intentando amarrarse los pasadores. En los pasajes, hay jóvenes que simplemente se relajan conversando con amigos y amigas sin mayores planes. Toman una gaseosa, miran su celular, preguntan por Pepe (debe haber muchos Pepes). Así es la noche. Será larga.


A la mañana siguiente, partimos más despejados. Nuestra gran bestia Hilux ingresó bulliciosa por Parcoy, la pequeña capital distrital. Allí diferentes carteles de Fuerza Popular ocupan las calles principales. En las paredes irregulares, el rostro de Keiko se presenta arrugado, molesto, impaciente, esperando que la apoyen. ¿Has visto cómo sonríe?, me preguntaron en Llacuabamba. Compartimos el mismo miedo, pensaba. Esta vez entramos a Buldibuyo, otro distrito de Pataz. Me gusta ese nombre, Bul-di-bu-yo, pienso que la lengua puede trabajar realmente al pronunciarla.


El lugar al que llegamos es otra comunidad, se llama La Paccha. Allí hay una canchita deportiva donde espero a un entrevistado. Un perro caramelo, pequeño y no tan flaco me bota molesto. Es mi territorio, me dice. Por fin me encuentro con el señor Florencio. Me cuenta que la localidad en sí se fundó a partir de 1910, con la llegada de la empresa minera. Atraídos por el trabajo, desde diversos pueblos aledaños bajaron para extraer oro. No era terreno de hacendados, era un territorio libre, a lo mejor con unas cuantas casas o ninguna, comenta. Y nunca se hablaba quechua. 


—Qué lengua habría, pues. Pero ni mis padres ni mis abuelitos hablaban quechua. Y yo ya tengo mis años, ah —me aclara.


Conversamos un poco sobre política. La comunidad se encuentra realmente dividida. Hay mucha gente que no cree en las promesas de Keiko, otros tienen miedo de Roberto Sánchez, y a algunos les da lo mismo ambos. La minería es un tema sensible aquí, con el trabajo también dividido entre la gran minería y la minería artesanal, aunque a veces conviven juntas. ¿Qué conviene?, dependerá de quién nos ofrezca más, sentencia don Florencio. Una señora se nos acerca y nos dice que Keiko es orden, seguridad, trabajo. Los jóvenes quieren eso, asegura. Le han comentado que es la única opción viable.


—¿Y usted fijo vota por Keiko? —le pregunto.

—Todavía no sé —me responde la señora. Don Florencio y ella se ríen. 


Ahora me encuentro en casa del señor Sixto. Para llegar, tuve que saltar un tremendo hueco en el camino de herradura y subir por una escalera de mano, todo porque no vi que su casa tenía una entrada con un pequeño jardín. Don Sixto lleva puesto una casaca amarilla con una gran raya negra, como automovilista de rally, y un gorro que hace juego con ella. Tiene setenta y tres años, pero parece de menos. Me ofrece una silla de plástico muy cómoda, con tapete, y conversamos bajo el sol de mediodía. Tiene un perro marrón grande, perezoso. Me guiña el ojo, cómplice. 


—La verdad todavía no me decido —me confiesa—. Creo que los dos mienten y no van a hacer nada por nadie. Vienen a robar. Si me preguntas a quién le tengo más miedo, creo que a la China. Esa es peor. Pero también al otro, Sánchez. Los lapicitos son choros, pe. 




Para don Sixto, la minería es muy importante para la zona: nacieron mineros, crecieron mineros, morirán mineros. Buscar el oro los define desde tiempos ancestrales. Cree que hasta los preíncas buscaban el mineral. Piensa que las empresas se aprovechan de ellos, pero no les queda de otra, es la única forma que tienen para sobrevivir. Ha sido trabajador manual, técnico, guardián y hasta transportista. Su vida siempre estuvo ligada a la minería. Ahora descansa echado, mira la quebrada, le sonríe al aliso flaco que plantó hace quince años. Respira resignado.


—No creo que las cosas cambien mucho. Ya no creo en nadie, estoy viejo, pero no quiero que se pongan peor. 


El camino de retorno a Llacuabamba es suave, apenas caluroso, aunque con algo de polvo traído por el viento. Cerca del pueblo hay un cementerio inclinado y a su lado, en medio de la carretera, una construcción abandonada. Son graderías de un estadio, con columnas a medio levantar, rodeadas en el sendero por eucaliptos que, a cierta hora del día, dan la sensación de un paisaje impresionista. La camioneta pasa por debajo de las tribunas, cruzando las ruinas modernas. Mira alrededor, no queda nada que conservar: mis audífonos me susurran, esta vez porque se los pido. 


En el pueblo, nos sentamos un rato a conversar con los ingenieros de una de las empresas mineras más grandes de la zona. Ninguno de ellos ha nacido en La Libertad. Vienen del centro o del sur del Perú, todos criados en zonas rurales, y han estudiado en universidades públicas fuera de Lima. También están a la expectativa de las elecciones. Comentan que, entre los mineros que conocen, la mayoría se inclina por Roberto Sánchez, pero muchos dirigentes de sus comunidades —sobre todo las más grandes— prefieren al fujimorismo. 


—Hay comunidades que son tan grandes que dejan que sus miembros elijan a su voluntad. No puede evitarlo, pues. Pero los dirigentes no, prefieren al fujimorismo, porque creen que pueden negociar con ellos por allí un favorcito, o que interceda con las mineras —me confiesa Jorge, ingeniero pequeño, lentes grandes, siempre sonriente—. Lo ven como un negocio tener al fujimorismo en el Gobierno. 


—¿Y los dueños de la mina?


Todos nos miramos… Estalla la risa.


Los ingenieros creen que el fujimorismo es un peligro: corrupción, negociado, abuso. Muchos de ellos deben tratar con dirigentes de las comunidades y realmente, afirman ellos, prefieren que el trato sea más horizontal a que haya acuerdos debajo de la mesa. Hay mucha tensión aquí si no les cumples; finalmente, nosotros no tenemos la última palabra, comenta uno desanimado. Por el otro lado, desconfían de Juntos por el Perú, pero creen que por lo menos tiene una mejor capacidad de representación. Allí hay una salida para muchos comuneros, mineros y comuneros-mineros, sobre todo los que quieran formalizar su trabajo.


—La gran minería aquí cede parte de sus concesiones a las comunidades para que extraigan oro y se las vendan a las empresas mismas. Por allí los comuneros tienen, a la vuelta, su terrenito donde excavan sin permiso y eso genera problemas. A eso apuntan ellos, a formalizarse —comenta de nuevo Jorge—. Entonces con Sánchez están viendo esa salida. Se han pasado la voz de que puede favorecerles. 


—¿Y tú qué crees?


—No le creo a ninguno. A ambos partidos los veo igual, negociando con los mineros informales para no perder votos. Pero creo que si Keiko tuviera que meter bala por si le protestan, lo haría sin asco —me responde.


La mañana siguiente es nublada y ha traído un frío medio perverso. Somos varios en la camioneta e intentamos aliviar el cuerpo frotando las manos entre las mangas. A las afueras del pueblo, hay un lugar famoso llamado la Curva 8. Es una serpentina de camino, donde las Hilux se gruñen por subir o bajar primero. Esta vez un camión de cerveza se ha quedado atascado y el tráfico está intenso. Muchos salen de sus autos para intentar animar al conductor y guiarlo.


—Si se cae la chela, va a ser tragedia regional —comento yo.


Varios a mi alrededor me celebran. Finalmente, el camión pudo pasar y todos aplauden entusiasmados. A seguir el camino.


Llegamos a un pueblo un poco grande, llamado Alpamarca. Había preguntado por él como Juan Velasco Alvarado, pero nadie lo conocía así. Todos le dicen Alpamarca. Es largo como una culebra, y en sus alrededores tiene sus propios caseríos, a manera de anexos. Se les puede ver desde el centro. Como en el resto de localidades, la minería y los servicios son la mayor fuente de trabajo. En casi todos los pueblos, la agricultura está limitada para el consumo propio, pero aquí hay muchos sembríos de frutales y hortalizas. Es buen clima, ligeramente templado, consentidor, y hasta tiene mosquitos jodidos. La ganadería no es pequeña. Justamente, veo unos pastores llevando sus huachitos, subiendo una colina. Tienen la carita negra.


—Bonito, ¿no? —me dice el señor Rosendo.


Don Rosendo es hijo de la comunidad, incluso antes de que esta existiera. Recuerda cuando sus padres trabajaban para el hacendado y debían llevarle sus productos. Era la familia Gamarra, me cuenta. Cree que son descendientes de los españoles, y asegura que los españoles eran muy ambiciosos. Buscaban oro por todo Pataz, pero no lo encontraban tan fácilmente. Igual así han saqueado el Perú y ahora lo hacen las empresas mineras. Todo se llevan, se lamenta. Y también se resigna: es la fuente de trabajo de la mayoría de comuneros, e incluso de gente que viene de afuera. No queda otra.


—Yo estoy a favor de la minería ilegal —me dice y hace una pausa. Me mira cómplice y ambos sonreímos—. Por eso quiero que entre Sánchez, para que nos ayude a formalizar. 


Desde que la gran minería trajo una gran cantidad de inversiones, el pueblo no ha dejado de crecer. Don Rosendo me cuenta que han venido gente de muchas localidades de Pataz, pero también de diversas regiones del Perú. El pueblo ha aprendido a convivir con ellos e incluso a integrarlos. Si se casan con una comunera, asegura, entonces también pueden solicitar pertenecer a la comunidad. Vinieron por oro, encontraron oro. Por eso el pueblo es grande y se siente vivo.


—Aquí estamos desde hace un tiempito, vendemos nuestras cositas, cuidamos nuestra casa. Ya nuestros esposos trabajan en la mina —me dice Ester, quien está sentada al lado de la avenida principal de Alpamarca, junto con sus amigas Laura y Pamela—. Por ejemplo, yo vengo de Chillia, conocí aquí a mi esposo y ya me quedé.


—Yo vine por la pandemia, me habían conseguido trabajo. Quedé encerrada y ya luego me enamoré —comenta Laura, ojos cafés brillantes y un niño sobre el brazo—. Pero me separé de mi pareja, él se fue de aquí. Vive en otro lado, tiene su compromiso. Como no tenía nada, me volvieron comunera.


—¿Y qué debes hacer como comunera? —le pregunto.


—República, pues. Debo hacer república. Aquí cuando la comunidad pide apoyo, todos debemos trabajar. Hombres, mujeres; todos. Y yo voy con mi lampa, echamos la coca, empezamos a trabajar. Así es aquí, joven.


Todas las chicas sentadas al lado de la avenida son menores que yo por años y me confiesan que ninguna tiene interés expreso por la política. Se acerca una señora y compra medio kilo de ñuña en la tienda, un frejol marrón color de la vaca, como la del calendario, me señalan. Ellas todavía no saben por quién votar, no están muy convencidas. Les han dicho que Keiko les traerá más estabilidad, inversiones, carreteras, y por eso lo están pensando. Quién sabe y el Estado se anima a pasar por allí alguna vez.


—A lo mejor porque es mujer la elegimos —me comenta una—. Pero creo que es medio mala.

 

Todos nos miramos algo turbados. Una camioneta nos llena de polvo. Es hora de volver.


Un día más en Llacuabamba y esta vez no salgo del pueblo. Allí me quedo. Paseo por calles con ruidos de construcciones, soldaduras, cumbia y gritos de niños. Un cuatrimoto casi se desbarranca por la bajada. Todos respiramos aliviados. En la calle comercial, algunos carteles ofrecen trabajo para mineros, otros para ayudantes de cocina y un local anuncian que se da pensiones. En un segundo piso, desde un balcón, algunos trabajadores de descanso toman cerveza acompañado de chicas. Ríen, gritan, celebran. Abajo suena estridente la cumbia y se ofrece pollo a la parrilla, arroz chaufa, lomo saltado. El vendedor de chips bosteza, cansado. No he dormido bien, le dice a su amiga.


Camino siguiendo el torrente del río Llacuabamba, flaco, débil, apenas botando un chorro de saliva por la pendiente. El coliseo de gallos se encuentra abierto. Me asomo y es una redondela increíble, iluminada, asientos rojos y azules sobre varios niveles. Solo hay silencio. A lo largo de la calle, las construcciones son recientes, tres a cuatro pisos, multifuncionales. No encuentro ninguna casa de adobe o tapial, tampoco por las zonas más céntricas. ¿Cómo habrá sido este pueblo hace veinte años?


—Era pequeño, todos nos conocíamos prácticamente —me dice Gerardo, comunero adulto de mi edad, técnico de formación, siempre minero.


Más o menos a inicios de los 2010, la comunidad le exigió a la empresa minera mayores cupos de empleo y utilizar las concesiones sobre su propio territorio para extraer oro artesanalmente y vendérselo. Las negociaciones dieron frutos, permitiendo que estallara un boom de trabajo. Las personas que llegaron prefirieron la extracción artesanal, porque les podría generar mayores ingresos, más allá de los riesgos sobre su seguridad y salud. Pequeño detalle, claro. Dinero es dinero, me dice Gerardo, aquí la gente tiene necesidades y con en esa minería encuentran una salida. Me muestra los callos de sus manos marcados por los años.


La migración ha sido tan fuerte que hasta venezolanos y colombianos se asentaron por la zona. Algunos ya tienen buen tiempo en esta parte de Pataz e incluso han formado familias mixtas. Otros trabajan eventualmente en venta de servicios dentro del pueblo y se sostienen con un sueldo mínimo, o la esperanza de que algo mejor pueda pasar. De todas formas, sobre ellos recae un control muy fuerte: deben registrarse donde el agente municipal y alquilar una habitación en la casa de un comunero; las rondas los conocen a todos, me explica Gerardo. Y así, en todo ese conglomerado de pueblos, Llacuabamba se sostiene con vitalidad… hasta que se acabe el oro. Pero cuando la empresa minera se retire, ¿qué pasará?


—Seguiremos extrayendo oro. No hay otra forma. En pequeña escala, pero lo seguiremos haciendo —Gerardo es optimista sobre el futuro.


El señor Miguel no. También es comunero, ya con varios años encima, y teme que todas estas calles desbordantes a futuro queden vacías, como un pueblo fantasma. 


—Ni siquiera podríamos volver a la agricultura, porque todo quedará contaminado, patas arriba. Este pueblo será puro polvo y con casas vacías. Nadie va a querer vivir acá cuando se acabe el oro. Vamos a tener que vender todo.


En Llacuabamba, la campaña política no responde a sus necesidades a futuro. Bueno, prácticamente ni siquiera parecería que hubiera elecciones. Juntos por el Perú no tiene ningún operador político o representante de campaña aquí. El fujimorismo lo tiene en Tayabamba y, desde allí, mantiene vínculos con líderes comunales de diversas zonas. Todo se sostiene con babas, dice don Miguel, por lo que el voto se dará por inercia, con la convicción que cada comunero tenga para elegir su futuro. O quizá no. A veces sencillamente cada uno piensa, rendido, que es el único que podrá salvarse a sí mismo de la pobreza. Total, así viene creciendo el pueblo. Otros, en cambio, apuestan por combatir el miedo. Sus miedos:


—Sinceramente, la única opción es Keiko —nos dice el señor Abel. Es un viejito de voz ronca, dos bastones para caminar y brazos que aún siguen siendo fuertes—. El otro está trayendo exterroristas, gente de la Izquierda Unida, Antauro Humala. Quizá su programa de nacionalización, por ahí, pero no preparan a la gente. Mira lo que pasó con Juan Velasco. Fracasó. 


Me da una mirada, curioso. Yo no interpelo, solo parpadeo lentamente.


Un día más. Ahora vamos por La Soledad, curioso nombre. Es una comunidad vecina a Llacuabamba, a solo quince minutos en camioneta. La cantidad de obras que se hacen en este pueblo es impresionante: desde un moderno colegio hasta una plaza de armas con balaustres neoclásicos. Contrastan las calles cargadas de barro, los desmontes y las motos a toda velocidad. Unos mineros toman afuera de una tienda, entre música chicha y el sonido de una mezcladora. Huelo a leña fuerte y mi mente la asocia con Padre Abad. Un poco de tristeza, y también estoy cansado. Camina hacia mí un hombre y me saluda efusivo:


—Soy Pablo, ¿qué tal?


No se puede estar solo en La Soledad. El señor Pablo me cuenta que hay diversas hipótesis sobre el nombre de la comunidad. Uno por una viejita solitaria, que vivía en la banda del río. Y como por años fue la única habitante de la zona, pues le quedó el nombre. Dos por una virgen que era la guardiana del vallecito, hasta que finalmente nadie sabe cómo ni por qué, decidieron cambiarla por otra. Cosas de la vida. Y así, en La Soledad todo está en constante cambio: nada deja de moverse, fluir, golpear y transformarse. Es la materia plena. Y en política, eso también resuena:


—Aquí está peleado, pero creo que la mayoría le apostamos al JP —me dice don Pablo, quien por cierto forma parte de Alianza para el Progreso, el partido de César Acuña.


—¿Y por qué le van al JP?


—Bueno, personalmente, porque creo que nos daría mejores cosas que el fujimorismo. Es más cercano a las necesidades de los campesinos, de los mineros. Nos sentimos un poco representados allí. 


 Un poco. Don Pablo también me cuenta un poco de su historia y la de su familia, una de las más antiguas de la comunidad. Son varias generaciones que han habitado La Soledad en tiempos menos duros, me dice. Conversamos de largo, mientras miramos un partido de voley entre dos grupos de mujeres. Risas, gritos, abrazos. Aquí también todo fluye, intentando olvidar la pesadez del día, de los días.


Busco mi camioneta para regresar y la han empujado a las afueras del pueblo, para que no interrumpa el camino. En el lugar donde la encuentro, hay un pedregal donde un grupo de mujeres se reúne y golpea las rocas. Son las pallaqueras. La mayoría de ellas no son de La Soledad, vienen de pueblos cercanos y se dedican a seleccionar fragmentos rocosos que contienen oro. Le venden a un recolector que tiene su chancadora cerca del pueblo y este, a su vez, se lo vende a la empresa minera. Aquí nada se desperdicia.


—¿Y gana bien con este trabajo?


—Un día bien trabajado puedes sacar como 200 soles. Sí se gana bien aquí. Tienes que llevarle varios kilos al señor —me responde una mujer joven, Ana, que trabaja con su pequeño hijo. 


El niño es un poco tímido. Le pregunto si juega fútbol y me responde que lo hace bien, mete goles como Alex Valera. Le creo. Él sigue hurgando entre las piedras; allí también es bueno. La mujer joven, Ana, me comenta que no le interesa mucho la política, total, quien le da de comer es su esfuerzo. Pero me cuenta que sus amigos y vecinos van a apostar por el sombrerito. A ver si algo de fe nos trae, sonríe y sigue trabajando. 


Encima del barranco, unos hombres ordenan costales que van a ser transportados en una rampa corredora. Es el oro de la empresa, me aseguran. Juntan el oro que sacan con las máquinas y también el de los artesanos, todo se lo llevan. Miro sorprendido el mecanismo, las poleas, los costales. Nadie más que yo le sigue prestando atención. Llegan más curiosos con bolsas grandes a buscar en el pedregal, que es nuevo, y empiezan a chancar las rocas. Allí está la suerte, el destino, hasta que en algún momento se acabe. Pero eso por ahora no importa. Una señora parte una piedra y me enseña los pequeños polvillos dorados que tiene por dentro. Hay que agarrarle maña, me dice. Inténtalo. Y sí, también lo hago. No tengo suerte.


He regresado a Llacuabamba, cabizbajo, tierra en el pulmón, con el dedo anular hinchado porque un mosquito así lo quiso. No hay mucho que buscar. Preparo el retorno.


De madrugada, luego del sereno, el pueblo tiene una atmósfera peculiar, mientras se despereza del color azulino. Los foráneos somos como sombras con la cabeza gacha, protegiéndonos del frío. Las ronderas no nos prestan atención y bambolean sus binzas por costumbre. Los mineros caminan en grupo con sus botas firmes, pantalones de seguridad y, esta vez me aseguro, cascos amarillos. Subo al Hillux y arrancamos por el camino, mientras en los alrededores los mineros siguen llegando a paso lento. Un convoy de camionetas, con personas en la tolva, pasa apurado como si empezara la guerra. Pero no la hay. Empieza a asomarse fuerte el sol. El pueblo y sus alrededores no son fantasmas, están vivos. Y lo seguirán estando, imagino, hasta que dejen de contar nuestros días.


Llegar al aeródromo de Pías, a las siete de la mañana, es como buscar una pausa en el cansancio y dar un salto desde la tierra, huyendo, con montañas mirándote severamente desde abajo. Los Andes, claro. Las avionetas que despegan parecen esos cacharros de la Segunda Guerra Mundial, frágiles y a la vez firmes. Pero no me voy. En el restaurante, converso con una señora sobre política. Me pregunta por quién voté en primera vuelta y se lo cuento. Me mira cómplice: yo también, me lo dice voz bajita. ¿Y los señores de aquí?, le pregunto. Mira para los costados: esos no, me dice. Solo les interesa la plata.


Y ahora ella se retira. Yo también, en algún momento. O eso creo… No llores, es un momento salvaje para estar vivo, me dicen mis audífonos. Me recuesto en una columna de madera de la sala de espera. Hay horizonte, pero no sé hasta dónde llega.


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